Por qué el metaverso desafía nuestras nociones de privacidad

A young person wears a virtual reality set: The metaverse means people's lives are no longer just online or offline, physical or virtual.
The metaverse means people's lives are no longer just online or offline, physical or virtual.Image: Unsplash/UK Black Tech
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  • A medida que evolucionan los espacios del metaverso, se recopilan en segundo plano enormes cantidades de datos sobre aspectos cada vez más numerosos y detallados de nuestra vida.

  • Al mismo tiempo, la proliferación de leyes de privacidad basadas en nociones binarias de lo público o lo privado ha dado lugar a un número creciente de avisos de privacidad que los usuarios corren el riesgo de no leer.

  • Las leyes de privacidad no se concibieron para la actual fusión de los espacios físicos y digitales, y deben adaptarse para proteger la integridad contextual de los usuarios.

Las formas actuales del metaverso están surgiendo como entornos digitales en evolución en los que una parte cada vez mayor de la vida, el trabajo, el tiempo de ocio y las relaciones de las personas transcurre en línea, en un espacio de existencia paralelo que conecta nuestras economías y sociedades físicas y digitales.

Con una realidad tan avanzada en desarrollo, muchas de las ventajas de internet crecerán, pero el metaverso también hace que aprender sobre las personas y hacer seguimiento de ellas a través de su actividad digital sea más habitual, hasta el punto de que enormes cantidades de datos se reúnen y se cotejan en segundo plano.

Esta forma de digitalización plantea desafíos cada vez mayores en materia de protección de datos y privacidad, porque las leyes de privacidad actuales se concibieron para los archivadores físicos y se han actualizado para internet. Aplicarlas a una sociedad virtual que ofrece a los usuarios una experiencia persistente, en directo y sincrónica exige una profunda reconsideración de algunas teorías y conceptos existentes.

La mayoría de las leyes de privacidad en todo el mundo se basan en el supuesto de que las personas deben elegir si son privadas o públicas. Como resultado, las leyes de privacidad exigen que las personas sepan cómo se utilizan sus datos, quién los utiliza y con qué fines. En las últimas décadas, estos requisitos se han intensificado con un catálogo creciente de detalles que las organizaciones deben comunicar a los clientes. Esta evolución podría llevar a que las personas reciban numerosos avisos de privacidad que explican cómo se utilizan los datos de los usuarios, lo que desalentaría incluso a las personas más preocupadas por la privacidad a intentar leerlos siquiera.

Este paradigma necesita replantearse en el metaverso por diversas razones. Cada vez más, las identidades de las personas ya no son meramente fuera de línea o en línea, físicas o virtuales. En cambio, persisten en ambos (o en muchos) mundos, donde los consumidores pueden hacer algo en el espacio físico, por ejemplo, comprar una camiseta de Lionel Messi, lo que podría ayudarles a obtener una copia digital o el derecho a un simulacro virtual, por ejemplo, un token no fungible (NFT); a la inversa, encontrarse con una versión digital de un producto podría incitar a un cliente a comprar su equivalente físico.

Más allá del acceso al contenido

Estas experiencias pueden fusionarse en el metaverso y dar lugar a otras nuevas. Por ejemplo, un aficionado al tenis puede usar la realidad virtual para volver a vivir un momento de su juego favorito, capturado y reproducido en línea, y comprobar si es capaz de hacer el mismo golpe que su jugador favorito.

Sin embargo, cuando el intercambio de información y las conexiones en el espacio en línea pueden complementar o sustituir los encuentros presenciales, y la identidad virtual de una persona influye en su aceptación social, los usuarios deben poder gestionar, y no solo limitar, los flujos de información en función de los grupos y públicos destinatarios.

Por ejemplo, si alguien quiere compartir su experiencia e impresiones sobre un evento de fin de semana, como visitar una galería de arte renombrada en el metaverso, debería poder publicar contenidos diferentes para públicos diferentes. Algunos de sus seguidores pueden sentir interés y elogiar su visita, mientras que otros muestran un interés genuino por las imágenes de paisajes; otros, en cambio, pueden desdeñar su intento de atraer la atención o su interés por la cultura popular.

En tales contextos, los públicos pueden ocultarse mientras el contenido compartido por los usuarios está a la vista de todos. Por tanto, la privacidad debe encontrarse dentro de los entornos públicos en lugar de hacerlo desde el exterior; es decir, los usuarios deberían poder controlar el acceso al significado y al contexto, y no el acceso al contenido. Los derechos de los usuarios, como el derecho a «optar por no participar» o a suprimir datos personales, deben conciliarse con convenciones sociales distintas que rigen la información en diferentes entornos. Y debe implicar el control de la forma en que se transmite la información personal.

Consideremos, por ejemplo, que alguien podría sentirse cómodo compartiendo datos personales de salud con una enfermera en un centro médico, pero desaprobaría que la enfermera comunicara la misma información a desconocidos durante una comida. De igual modo, la privacidad en el metaverso debe incluir la integridad contextual, en la medida en que los usuarios de un entorno determinado son responsables de no difundir esa información más allá de dicho entorno.

Las futuras controversias sobre el alcance de los derechos de los usuarios a «optar por no participar» o a suprimir datos personales serán fundamentales para avanzar en la privacidad en el metaverso.

Adrian Kuenzler, catedrático de Derecho de la Competencia y de la Propiedad Intelectual, Universidad de Zúrich

Ampliar el alcance de la privacidad

Navegar simultáneamente por los espacios públicos y privados exige que las propiedades representadas en el metaverso permitan a los usuarios crear límites en torno a estos espacios para retratar de forma significativa los matices de quiénes son ante públicos diferentes y potencialmente contrapuestos.

Dado que el metaverso genera una enorme cantidad de datos, que impulsa sus servicios y experiencias fundamentales, compuestos por perfiles de usuario, identidades, transacciones, datos de salud e información financiera, conceptualizar la privacidad ya no puede basarse en una «expectativa razonable de que se nos deje en paz». En cambio, la privacidad se rige por una combinación de distintos grupos, una mezcla de procesos y funciones técnicas y convenciones sociales diferenciadas, donde los distintos contextos son inseparables, inestables y cambiantes, porque el contenido y el significado son cocreados por multitud de otros usuarios de forma simultánea y secuencial.

El eje principal de las funciones integrales del metaverso, por tanto, es que los reguladores deberían adoptar un enfoque mucho más estricto respecto a la recopilación, el uso, los derechos y las vías de reparación de los datos, para que los usuarios estén en condiciones de segmentar de forma significativa su público, limitar los flujos de información y restringir los destinatarios que pueden interpretar o malinterpretar la información. Gestionar las impresiones, los flujos de información y el contexto puede ser al menos tan importante en el metaverso como limitar el flujo de información personal en el mundo físico.

En este sentido, las futuras controversias sobre el alcance de los derechos de los usuarios a «optar por no participar» o a suprimir datos personales serán fundamentales para avanzar en la privacidad en el metaverso. Los datos que generan y tratan las plataformas centradas en el metaverso pueden abarcar desde la dimensión de nuestro salón, el detalle de nuestras huellas dactilares y retinas, nuestras expresiones emocionales, nuestro rendimiento laboral y salarios, nuestros movimientos y ubicación, hasta lo que decimos y hacemos.

Para centrar la confianza de los usuarios en el metaverso en experiencias valiosas y satisfactorias, debemos adoptar una noción más amplia de privacidad, capaz de hacer frente a los complejos desafíos de una sociedad virtual.

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