En teoría, el mundo del emprendimiento debería ser ajeno al género. Se juzga a las empresas emergentes por si sobreviven o fracasan, y cabría pensar que se aplica la misma definición tajante a los propios emprendedores. Pero el debate sobre cómo se desenvuelven los empresarios en este entorno tan exigente no ha logrado desprenderse de los estereotipos más amplios sobre el sexo, y empieza a resultar agotador.
En el imaginario popular sobre el emprendimiento, en la prensa y en la investigación, ciertos atributos se presentan como «exclusivamente masculinos». Entre estos rasgos asociados a la creación de una empresa figuran la autoestima, la asunción de riesgos, la toma autónoma de decisiones, el exceso de confianza, la necesidad de control, la resiliencia y el ego. Al reunirlos, se obtiene un arquetipo conocido… el del emprendedor hombre.

El problema es que el emprendimiento femenino suele describirse en oposición a estos rasgos. Por eso, se espera que una mujer que pone en marcha una empresa muestre afinidad por la toma colaborativa de decisiones, se centre en el servicio y evite los riesgos. La dependencia de estos estereotipos no refleja la realidad y refuerza ideas falsas sobre lo que hace falta para crear y hacer crecer una empresa.
La verdad es que las mujeres emprendedoras se identifican plenamente con los llamados atributos «exclusivamente masculinos». Utilizan estos rasgos para aprovechar al máximo las oportunidades empresariales, igual que los hombres. Para reflejarlo adecuadamente, corresponde a todas las personas vinculadas al mundo del emprendimiento cambiar proactivamente las etiquetas y replantear el debate.
No será fácil. A las mujeres emprendedoras incluso sus propios mentores les dicen, al igual que los programas de desarrollo dirigidos exclusivamente a mujeres, y otras personas que no deben volverse como los hombres para tener éxito ni compartir los rasgos asociados a los emprendedores hombres. Esto es absurdo. No hay comportamientos que puedan considerarse estrictamente masculinos que las mujeres emprendedoras y profesionales ambiciosas no tengan ya o no vayan a adquirir en el camino hacia el éxito en un entorno competitivo.
Hay una salvedad. Las mujeres suelen «obtener mejores resultados» en programas diseñados exclusivamente para mujeres, pero puede deberse a que no tienen que preocuparse por cómo manejar los comportamientos estereotípicos que se esperan de ellas. La participación de mujeres en el emprendimiento puede aumentar considerablemente si evitamos alejarlas con un lenguaje, unas expectativas y unos arquetipos que les hagan sentir que «actúan como hombres» al mostrar ciertos atributos.
La teoría del aprendizaje emprendedor—que estudia qué aprenden los emprendedores y cómo lo hacen mientras exploran oportunidades— sugiere que quienes no tienen experiencia empresarial adoptan comportamientos que les permiten ser vistos como personas creíbles y exitosas. Nos enfrentamos a la realidad de que las diferencias de género siguen impregnando la investigación y la percepción pública, por lo que las mujeres emprendedoras sienten la presión de adaptarse a las expectativas sociales al tratar con inversores y otras partes interesadas, porque hay mucho en juego.
¿Y qué ocurre con las emociones? La idea de las emociones emprendedoras como la pasión, el orgullo y el miedo puede resultar engañosa. Estas emociones influyen en ambos géneros y pueden ser duraderas o pasajeras.
Las diferencias de género en las emociones siguen existiendo y tienen una gran influencia en la creación de nuevas empresas (se ha demostrado que el amor de un emprendedor por sus empresas es igual al amor de un progenitor por su hijo). El sentido del orgullo de un hombre puede parecer mayor que el de una mujer, pero el neurocientífico Antonio Damasio sostiene que las emociones influyen por igual en las decisiones de todas las personas. El contexto en el que se encuentran los emprendedores es clave en este debate.
Por ejemplo, cuando la familia y la empresa entran en conflicto esto puede provocar una ansiedad o una culpa más intensas en las mujeres, mientras que los emprendedores hombres pueden manifestar con mayor claridad esas mismas emociones cuando fracasa una idea de negocio, porque la interacción entre el trabajo y el hogar es menos intensa.
En la mayoría de los debates, las actitudes ante el riesgo siguen diferenciándose según el sexo . Al iniciar un negocio, los hombres aceptan más riesgos que las mujeres. Sin embargo, las mujeres que han asumido los mismos riesgos financieros y empresariales que los hombres suelen pasar inadvertidas para investigadores y profesionales porque son un grupo más reducido y no influyen significativamente en las estadísticas. Es hora de reconocer a estas mujeres para abordar los estereotipos en este ámbito. Al mismo tiempo, podemos escuchar a Sheryl Sandberg, directora de operaciones de Facebook, sobre cómo las mujeres pueden plantear y asumir los riesgos.
No podemos cambiar de la noche a la mañana los juicios de la sociedad, pero debemos reconocer que atributos emprendedores como el ego y una autoestima elevada, que impulsan la necesidad de tener éxito, no son propios de un género. Muchas personas son culpables de juzgar con criterios distintos a una mujer emprendedora que antepone su empresa a su familia que a un hombre en la misma situación. Se puede considerar que una mujer que asume un riesgo financiero al ofrecer la vivienda familiar como garantía va en contra de los rasgos emprendedores «exclusivamente femeninos», en lugar de mostrar atributos que comparte con los demás emprendedores.
Importa cómo entendemos y etiquetamos los rasgos que conducen al éxito empresarial. Debe haber más debate sobre la convergencia de los atributos y las emociones de las mujeres y los hombres emprendedores, y hay que alejarse decididamente de la idea de que esto representa de algún modo a mujeres que «actúan como hombres». Son mujeres audaces y profesionales, que toman decisiones autónomas, asumen riesgos calculados y necesitan tener el control. Son emprendedoras.


