La Tierra es ahora un planeta humano. Nuestra especie utiliza una gran proporción de la superficie terrestre para vivir, cultivar y extraer minerales. Domesticamos y transportamos multitud de especies vegetales y animales entre continentes. Captamos y desviamos agua dulce.
Nosotros explotamos intensamente las plantas, los animales y los ecosistemas del mundo, incluidos los océanos. Estamos alterando la atmósfera y cambiando el clima.
Así que, si la humanidad quiere preservar para siempre la «naturaleza salvaje», parece razonable sostener que debemos impulsar políticas y acciones para revertir estos factores del cambio global. Este argumento ha sido un pilar de la defensa del medio ambiente durante décadas.
Esta perspectiva motiva la preocupación por la «bomba demográfica» y los «límites del crecimiento», y sustenta ideas que proponen la transición de las sociedades de consumo hacia cooperativas más sencillas y ecológicamente sostenibles.
En una tesis recién publicada, «An Ecomodernist Manifesto», me uno a otros 17 destacados especialistas en medio ambiente para defender un enfoque alternativo de la conservación, centrado en la tecnología. Subrayamos la necesidad de adoptar la desvinculación del desarrollo humano de los impactos ambientales, buscando soluciones que intensifiquen actividades como la agricultura y la producción de energía en algunas zonas y dejen otras intactas.
Estos procesos son fundamentales para la modernización económica, la mejora del bienestar humano y la protección ambiental. En conjunto, ofrecen la posibilidad de permitir que las personas mitiguen el cambio climático, preserven la naturaleza y alivien la pobreza mundial.
Un desarrollo desequilibrado
Nuestra propuesta es una declaración de principios para un nuevo ecologismo. Debe considerarse un documento de trabajo abierto a revisión. Pero también se basa en pruebas.
Por ejemplo, consideremos el consumo de energía sumamente desequilibrado entre distintos países, como destaca un comentario sobre el ecomodernismo del columnista de The New York Times Eduardo Porter. Un ciudadano nepalí típico consume 100 kilovatios hora de electricidad al año, escribe Porter, mientras que un estadounidense consume 13.000.
Es probable que las propuestas de «desarrollo sostenible» que exigen vías de bajo consumo energético y baja tecnología caigan en saco roto mientras los países en desarrollo aspiran a niveles de vida similares. Esta es una realidad que debemos afrontar si queremos abordar seriamente el cambio climático.
Desvinculación consciente
Intensificar el uso de recursos puede desvincular los impactos ambientales del desarrollo humano. Hay muchos ejemplos exitosos de intensificación y desvinculación.
Por ejemplo, grandes extensiones de Norteamérica y Europa han vuelto a cubrirse de bosques, después de que la sustitución de cultivos y las mejoras de productividad agrícola impulsadas por la tecnología llevaran al abandono de tierras de cultivo marginales.
Esta tendencia podría reforzarse aún más con la adopción de granjas verticales y cultivos bioingenierizados. La tecnología emergente de antorcha de arco de plasma puede reciclar y recuperar casi por completo materiales de los residuos sólidos.
También hay muchos casos en los que la desvinculación no se ha producido (todavía), o en los que el progreso tecnológico ha permitido prácticas ambientales cada vez más destructivas. Entre los ejemplos figuran la continua tala de bosques primarios para producir biocombustibles y el vínculo entre el aumento de la riqueza nacional y el impacto ambiental neto. Esto ha alimentado las críticas a la «solución tecnológica».
Los ecomodernistas reconocen que la tecnología por sí sola no es una panacea, pero sostenemos que su aplicación prudente y la transferencia de conocimientos asociada pueden ser increíblemente eficaces. Las soluciones alternativas de «reducir el consumo energético» han demostrado tener un respaldo social y político limitado.
El problema energético
El consumo de energía es un aspecto del desarrollo humano cuyo historial de desvinculación es dispar.
Cuando las comunidades pasan de depender de la biomasa (por ejemplo, madera, residuos agrícolas y estiércol) a los combustibles fósiles, suele reducirse el daño ambiental local y mejorar en términos netos los resultados económicos y sanitarios. Pero, a escala mundial, esta práctica fomentará problemas duraderos como el cambio climático.
La alternativa es utilizar tecnologías avanzadas, como la energía nuclear , que, al igual que el carbón y el gas, pueden proporcionar una forma fiable, rentable y concentrada de energía en forma de electricidad, pero sin las emisiones de carbono y de otro tipo asociadas.
El desarrollo y la conservación son posibles
El mensaje principal de nuestro manifiesto es:
Tanto la prosperidad humana como un planeta ecológicamente vibrante no solo son posibles, sino también inseparables. Al comprometernos con los procesos reales, ya en marcha, que han comenzado a desvincular el bienestar humano de la destrucción ambiental, creemos que es posible alcanzar ese futuro. Por ello, adoptamos una perspectiva optimista sobre las capacidades humanas y el futuro.
En resumen, debemos dotar a la sociedad mundial tanto de la voluntad como de la capacidad para conservar la naturaleza. No es una tarea fácil.
Pero sostenemos que una filosofía basada en la dignidad humana universal es la vía más plausible para asegurar a las generaciones futuras un planeta próspero y lleno de vida silvestre.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Barry W. Brook es profesor de Sostenibilidad Ambiental en la Universidad de Tasmania.
Imagen: Gonnawarra, un koala de 9 años, come en el zoo de Planckendael, cerca de Malinas. REUTERS/Yves Herman


