La gobernanza de la economía digital fue un tema clave de la agenda mundial en Davos 2019, desde los debates en paneles hasta el anuncio de Shinzo Abe de una línea de trabajo del G20 sobre gobernanza de datos. Parece que estamos al comienzo de una nueva era de globalización, en la que el comercio mundial de datos no deja de crecer, mientras que el comercio de bienes físicos se estanca. Se necesitan nuevas ideas sobre el desarrollo económico; de lo contrario, volverán a repetirse viejas dinámicas y la globalización digital favorecerá a los pocos países que logren pronto una posición dominante en los eslabones adecuados de la cadena de valor.
¿Importa la dominancia?
Empecemos por el panorama general: la tecnología beneficia a quienes la utilizan de forma más productiva. Puede parecer algo obvio, pero la dominancia tecnológica importa porque puede consolidarse con facilidad, quizá más que antes en la economía digital.
Una tendencia llamativa de los dos últimos siglos es que los países en desarrollo —aquellos que más necesitan aumentar su productividad— son los que menos se benefician de las nuevas tecnologías. Hace doscientos años, en los albores de la primera revolución industrial, la hiladora Jenny, utilizada para tejer telas, y el proceso Bessemer, empleado para fabricar acero, tenían un impacto económico tan grande en Asia y África como en Gran Bretaña. Pero investigaciones recientes muestran que las nuevas tecnologías, como internet, se utilizan con mucha menos intensidad en los países en desarrollo. Las ganancias de productividad derivadas de la tecnología benefician de forma desproporcionada a las naciones que ya llevan ventaja.

Esto podría dar lugar a una dinámica perniciosa. Si los rendimientos de la tecnología son mayores en los países que ya llevan ventaja, la economía digital emergente podría simplemente agravar las desigualdades geopolíticas y económicas. En lugar de una convergencia continua, los países ricos podrían empezar a distanciarse aún más de los países en desarrollo y los menos adelantados.
Empresas dominantes
Las empresas que se benefician de la economía digital son aquellas capaces tanto de acumular grandes volúmenes de datos como de analizarlos para crear una ventaja competitiva. Dado el valor de estas empresas, es fácil pensar que los datos son un producto de gran valor. Sin embargo, los datos aislados prácticamente no valen nada por sí solos. Aunque tuviera un montón de datos —por ejemplo, el historial de navegación de todo un año—, no sabría cómo obtener beneficios de ellos. Google sí. Las empresas digitales convierten datos «brutos» de escaso valor en una ventaja competitiva de gran valor: un producto mejor o un proceso más eficiente. Tanto si el cliente compra publicidad en línea como si reserva un viaje al aeropuerto, los datos pueden ayudar a mejorar el servicio.
Las empresas dominantes son aquellas que disponen de más datos para respaldar los modelos de negocio más rentables. En la práctica, Alphabet y Facebook son actualmente gigantes mundiales. Alphabet opera varios servicios con miles de millones de usuarios activos, como Android, Google Search y Google Maps, al igual que Facebook (que también es propietaria de Instagram). De hecho, una muestra reciente de 1.000 kenianos mostró que la mitad del uso de datos móviles de los usuarios se realizaba a través de aplicaciones propiedad de estas dos empresas. Otras empresas aprovechan el poder de los datos para abrirse un nicho (por ejemplo, en los seguros, el transporte, las finanzas o la búsqueda de empleo), pero es poco probable que una gran especialización en un solo ámbito les permita dominar otras categorías de negocio.
Cabe mencionar a las empresas chinas: WeChat (propiedad de Tencent), Alibaba y Baidu ya operan a una escala similar a la de Facebook y Google, pero no persiguen con el mismo empeño que los gigantes estadounidenses a los miles de millones de personas que acaban de conectarse en África y Asia. Su dominancia mundial dependerá de hasta qué punto amplíen sus miras más allá de las fronteras chinas y de que su enorme caudal de datos sobre los ciudadanos chinos (sus rutas de conducción, hábitos de compra e historiales de búsqueda) pueda impulsar modelos de negocio en otros mercados.
Naciones dominantes
Si una gran parte del nuevo valor de la era digital procede de empresas radicadas en un puñado de países, estos se enriquecerán con los beneficios. No es necesariamente un juego de suma cero: es probable que los servicios digitales impulsen la prosperidad y la calidad de vida en los países en desarrollo. Pero este panorama halagüeño de beneficios mutuos para todos podría ocultar un empeoramiento de la desigualdad entre países, a medida que las naciones ricas se distancien aún más de los países en desarrollo. Nunca es bueno quedar atrapado en la parte baja de una cadena de valor; peor aún es producir gratis el producto básico (los datos brutos).
En su nuevo libro AI Superpowers, el inversor chino de capital riesgo Kai-Fu Lee enumera cuatro insumos que impulsan la revolución de los datos: «abundancia de datos, emprendedores ambiciosos, científicos de IA y un entorno normativo favorable a la IA». También deberíamos añadir otro insumo: el hardware y las herramientas necesarios para procesar datos. Aquí, los ingenieros de chips de silicio y las fábricas de California y China pueden llevarse una parte de cada beneficio digital.
De todos estos insumos, los datos brutos son los más abundantes y los más baratos. Los demás generan beneficios económicos, y su falta es lo que debería preocupar a los países. Gran parte del debate actual aborda los datos desde el lado de la oferta y plantea cuestiones de propiedad y privacidad. Sin duda, son preguntas importantes. Pero los países deben reflexionar a fondo sobre el lado de la demanda: ¿están desarrollando industrias locales que aprovechen los datos? De lo contrario, se verán condenados a exportar datos brutos e importar servicios digitales caros.
¿Qué valor tienen los datos?
Se dice que los datos son como el petróleo. Pero, en realidad, no lo son. Para empezar, los datos no son «fungibles»: no se puede intercambiar una información por otra cosa. Conocer mi historial de compras en Amazon no ayudaría a un coche autónomo a identificar una señal de stop. Esto sigue siendo cierto incluso cuando se trata exactamente del mismo tipo de datos: mi historial de navegación quizá no tenga tanto valor como el tuyo.
Esta naturaleza no fungible se refleja en mis estimaciones de los ingresos mensuales medios por usuario de Facebook (que amplían el análisis de 2017 de Caribou Digital), que muestran que el usuario canadiense medio genera 100 veces más ingresos que el usuario etíope medio. Los datos de cada persona no tienen el mismo valor, al menos en un modelo de negocio basado en la publicidad. Esto resulta intuitivo: el valor de un anuncio depende del poder adquisitivo de quien lo ve.

Sin embargo, la publicidad representa una pequeña parte de la producción mundial. La próxima ola de producción basada en datos será aún más difícil de comprender: no se tratará de sitios web para consumidores, sino de robots industriales o radiología automatizada. Desde hace años contamos con teorías económicas útiles para describir las cadenas globales de valor en la industria manufacturera. Es fundamental que desarrollemos teorías y métodos similares para describir el flujo y el procesamiento de los insumos en la economía digital.
La dominancia de los datos no consiste simplemente en preguntarse quién acapara más datos. También se trata de quién domina el suministro de hardware, talento y sistemas que procesan el suministro infinito de información bruta del mundo.


