La tarea fundamental de los astrofísicos y los astronautas es explorar el universo y descubrir qué hay ahí fuera. Este año, el universo nos exploró a nosotros.
El 19 de octubre, el Pan-STARRS 1 observatorio de rastreo en Hawái captó un tenue rastro de luz durante su búsqueda nocturna de asteroides y cometas. El astrónomo Rob Weryk se dio cuenta de que tenía una trayectoria nunca vista y los datos de seguimiento obtenidos durante las noches siguientes confirmaron que procedía de fuera de nuestro sistema solar. La humanidad había identificado a su primer visitante alienígena procedente de otra estrella.
¿Qué es exactamente este objeto interestelar, llamado ‘Oumuamua, nombre que en hawaiano significa «el primer mensajero que nos tiende la mano desde lejos»? Es difícil responder a esta pregunta porque no estaba claro cómo se comparaba ‘Oumuamua con otros cuerpos de nuestro sistema solar. Su inusual forma alargada incluso ha llevado a algunos a preguntarse si podría haber sido creado artificialmente por una civilización alienígena.
Pero mis colegas y yo hemos descubierto ahora que, aunque parece un asteroide rocoso inusualmente alargado, en realidad podría ser un cuerpo helado cubierto por una corteza protectora de sustancias químicas orgánicas.
Ya estábamos bastante seguros de que ‘Oumuamua no era artificial. Se han utilizado radiotelescopios para buscar señales de ‘Oumuamua, pero no se ha oído nada. Su trayectoria por el espacio también indica que solo se mueve por efecto de la gravedad. Por tanto, todas las primeras líneas de investigación apuntaban a que era un objeto natural.
Sin embargo, aún quedaba un enigma. El visitante más probable de nuestro sistema solar sería un enorme bloque de hielo. Al acercarse al Sol, un cuerpo helado así debería empezar a derretirse y dejar tras de sí una cola de gas. Sin embargo, pese a acercarse a 23 millones de millas del Sol, ‘Oumuamua no mostró ningún indicio de este tipo de desgasificación. ¿Por qué, en cambio, parecía un asteroide?
Nuestro equipo reaccionó rápidamente al descubrimiento y consiguió tiempo de observación en el Very Large Telescope de Chile y el William Herschel Telescope de La Palma en un plazo de 48 horas. Utilizamos estas instalaciones para medir cómo refleja ‘Oumuamua la luz solar, observando la longitud de onda de la luz reflejada. Esta potente técnica puede revelar la composición de un objeto y determinar si su superficie contiene minerales rocosos o hielos.

Nuestros datos revelaron que su superficie era roja en luz visible, pero parecía más neutra o gris en luz infrarroja. Experimentos de laboratorio anteriores han demostrado que este es el tipo de lectura que cabría esperar de una superficie compuesta por hielos cometarios y polvo expuestos al espacio interestelar durante millones o miles de millones de años. Las partículas de alta energía llamadas rayos cósmicos resecan la superficie al eliminar los hielos. Estas partículas también provocan reacciones químicas en el material restante que forman una corteza de compuestos químicamente orgánicos (basados en el carbono).
Así que, aunque ‘Oumuamua parecía un punto de luz similar a un asteroide en nuestros telescopios, su interior podría ser helado. Y su superficie roja, aislante y parecida a la roca podría ser consecuencia de su solitario viaje entre las estrellas. De hecho, otro estudio realizado con el telescopio Gemini North de Hawái mostró que su color es similar al de algunos «objetos transneptunianos» que orbitan en los confines de nuestro sistema solar y cuyas superficies podrían haberse transformado de manera similar.
¿De dónde procede?
La otra gran pregunta es de dónde procede ‘Oumuamua. Una posibilidad es que surgiera durante un proceso de formación de planetas. Los planetas se forman a partir de asteroides rocosos más pequeños y cometas helados, pero es un proceso caótico. Muchos billones de objetos habrían sido expulsados al espacio interestelar mientras nuestros planetas se formaban y se asentaban en sus órbitas actuales. Además, se han perdido cometas de la nube de Oort que rodea nuestro sistema solar, arrastrados por estrellas que pasaban cerca y por las mareas de la galaxia de la Vía Láctea en la que vivimos.
Si todas las estrellas desperdician tanto material como nuestro Sol al formar sistemas planetarios, debería haber grandes cantidades de objetos interestelares en nuestra galaxia. Pero solo los veríamos si se acercaran lo suficiente al Sol y a la Tierra como para detectarlos con nuestra generación actual de telescopios. A principios de este año, formé parte de un estudio que mostró que podría haber 1015 (1.000 billones) de esos objetos por año luz cúbico.
Varios astrónomos han descubierto que no es posible rastrear el origen de ‘Oumuamua hasta ninguna estrella conocida, pero que se acercó desde la dirección hacia la que se desplaza el Sol. Es la dirección más probable de la que procedería cualquier objeto interestelar, como nubes de insectos que chocan contra el parabrisas de un coche cuando conduces a través de ellas.
‘Oumuamua ya ha pasado la órbita de Marte y se aleja por encima del cinturón de asteroides. Este invierno, si logras encontrar el Gran Cuadrado de Pegaso en el cielo nocturno, puedes despedirte de nuestro primer visitante interestelar. Sin embargo, la combinación de estudios anteriores con el descubrimiento de ‘Oumuamua indica que en todo momento debería haber un objeto similar en algún lugar dentro de la órbita de Marte, aún sin detectar. El universo está más cerca de lo que pensábamos.


