La historia de la humanidad suele narrarse como el auge y la caída épicos de grandes imperios, los enfrentamientos entre civilizaciones y conflictos que marcaron épocas. Pero es posible otro relato: uno que describa el progreso humano como un camino fluido y continuo hacia una vida mejor para todos. Este es el relato de las ideas y, en particular, de las ideas científicas.
La ciencia es universal y unificadora. Una manzana cae de la misma manera tanto si cae en un jardín inglés del siglo XVII e inspira a Isaac Newton a formular sus leyes de la gravitación universal como si cae en cualquier lugar de la Tierra y en cualquier momento de la historia. Esta universalidad, unida al amor por el conocimiento y la comprensión que comparte toda la humanidad, es lo que confiere a la ciencia el poder de trascender las diferencias culturales y de otro tipo.

Muchas de las ideas que contribuyeron en gran medida a dar forma al mundo moderno surgieron hace mucho tiempo en la antigua Grecia. A los griegos debemos el concepto de atomismo, desarrollado a principios del siglo V a. C. y tan importante en mi propio campo, la física de partículas. Y a pensadores como Platón y Aristóteles debemos buena parte de los fundamentos filosóficos del razonamiento científico. Si avanzamos hasta la Alta Edad Media, vemos que el desarrollo de las ideas se trasladó a Oriente Medio, mientras Europa languidecía en un período marcado por guerras. Fueron grandes eruditos de Oriente Medio quienes nos legaron conceptos como el álgebra y, mediante la traducción, garantizaron que no se perdiera el conocimiento de los antiguos griegos. Cuando Europa salió de la Edad Media, las contribuciones de Oriente Medio al desarrollo de las ideas sentaron las bases de un renacimiento científico en Europa.
Las ideas fluyen entre culturas a lo largo del tiempo; cada una contribuye al acervo del conocimiento humano y mejora la calidad de vida de todos. Aunque las culturas puedan enfrentarse, el conocimiento científico sigue avanzando.
En la Europa de posguerra de la década de 1940, un pequeño grupo de científicos visionarios y diplomáticos propuso la idea de la ciencia como un valor universal y unificador, capaz de trascender todo tipo de fronteras y de ofrecer un futuro pacífico al continente. Como resultado, en 1954 se fundó en Ginebra la Organización Europea para la Investigación Nuclear, el CERN. Concebido como un centro de excelencia para la investigación fundamental en física en Europa, el CERN tenía además una segunda misión: promover la colaboración pacífica entre naciones que habían estado recientemente en guerra.
El convenio fundacional del CERN es una obra maestra. De una sencillez engañosa, proporciona un marco sólido, estable y flexible para la colaboración internacional. Durante los más de 60 años de existencia del CERN, se ha puesto a prueba en muchas ocasiones y otras organizaciones científicas lo han adoptado con éxito. El modelo de colaboración internacional del CERN consiste en reconocer la fuerza de la diversidad, el poder de compartir y los beneficios que se obtienen cuando los países vecinos trabajan juntos para alcanzar objetivos comunes.
El resultado de todo esto es que el CERN ha prosperado y se ha consolidado como el principal instituto del mundo dedicado a la investigación en física de partículas. Ha atraído talento científico de todo el mundo. De los 12 Estados miembros fundadores originales, ha pasado a contar hoy con 22 miembros y ocho miembros asociados; además, cerca de 17.000 científicos de más de 100 nacionalidades acuden aquí para realizar sus investigaciones.
En la década de 1960, el CERN colaboró tanto con Estados Unidos como con la URSS. De ello se derivó un resultado algo sorprendente: el laboratorio desempeñó un papel secundario, pero importante, cuando en la década de 1970 comenzaron en Ginebra las conversaciones sobre limitación de armas estratégicas. El CERN ofreció un terreno neutral. El modelo del CERN también ha demostrado su eficacia en un ámbito en el que los plazos para llevar a cabo proyectos son largos y la continuidad es esencial. Quizá más importante aún, el modelo del CERN ofrece una plantilla para la cooperación en un mundo fracturado.

Así como en la Europa de la década de 1940 se recurrió a la ciencia, a través del CERN, como instrumento de paz, hoy se aplica la misma idea en Oriente Medio. La principal diferencia es que, mientras los protagonistas de la Segunda Guerra Mundial habían depuesto las armas antes de la creación del CERN, muchos de los socios del proyecto SESAME siguen en conflicto. SESAME es un laboratorio acogido por Jordania, cuyos miembros son Chipre, Egipto, Irán, Israel, Jordania, la Autoridad Palestina y Pakistán. Pese a las diferencias entre sus miembros, el ideal de renovar la cooperación científica en Oriente Medio ha perdurado durante más de 20 años desde que se planteó por primera vez la idea de crear un CERN para la región. El laboratorio ha perseverado y obtuvo sus primeros resultados científicos a finales de 2017.
La ciencia sienta las bases del progreso y la comprensión mutua, pero no puede reparar por sí sola un mundo fracturado. La sociedad en su conjunto puede aprender del modo en que funciona la ciencia. Al dar pasos hacia un futuro incierto, hay algo de lo que podemos estar seguros: hagamos lo que hagamos, la ciencia no conoce fronteras y siempre habrá personas dispuestas a tender puentes entre países para ampliar el acervo del conocimiento humano en beneficio de todos. Asegurémonos de que el próximo capítulo de la historia de la humanidad se base en el relato de las ideas y no en el relato del conflicto.


