La promesa de la tecnología cívica

La promesa de la tecnología cívica
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¿Puede usarse internet para mejorar la práctica de la democracia en todo el mundo?

Micah Sifry, fundador del Personal Democracy Forum, lanzó la última andanada en este animado debate con su provocador libro, The Big Disconnect: Why the Internet Hasn’t Transformed Politics (Yet). Sostiene que, a pesar de las predicciones optimistas de principios del siglo XXI, internet no ha logrado transformar la política ni trasladar el poder a la ciudadanía común.

Mientras tanto, miles de activistas sociales de todo el mundo —desde Loomio hasta SeeClickFix y ActionPath hasta mySociety— intentan desarrollar lo que llaman «tecnología cívica»: herramientas de internet que permiten a la ciudadanía influir más fácilmente en la esfera pública. En muchas de estas conversaciones sobre tecnología cívica falta una verdad fundamental sobre las herramientas que sí permiten impulsar el cambio.

Las herramientas son más poderosas cuando transforman la capacidad de acción de las personas, es decir, su capacidad para actuar y alcanzar sus objetivos. Esta capacidad depende de una compleja combinación de competencia, motivación y autonomía: las personas deben saber cómo actuar para alcanzar sus objetivos, querer hacerlo y tener espacio para ello.

Demasiadas herramientas de tecnología cívica disponibles hoy simplemente facilitan la participación al reducir los costos de involucrarse para quienes ya tienen capacidad de acción. No hacen nada por desarrollar esa capacidad entre quienes aún no la tienen. Por eso, el alcance de la tecnología cívica es limitado. ¿Por qué importa esto? Tres historias del mundo empresarial, de la salud y de la política ilustran la importancia de transformar la capacidad de las personas para actuar.

¿Por qué algunas empresas son más rentables que otras?

En 1982, Thomas J. Peters y Robert H. Waterman, Jr. publicaron por primera vez su libro, In Search of Excellence: Lessons from America’s Best-Run Companies. El libro se convirtió de inmediato en un éxito de ventas y desde entonces NPR lo ha calificado como «uno de los tres mejores libros de negocios del siglo», Bloomsbury UK como uno de los «mejores libros de negocios de todos los tiempos», y en 2004 se publicó una nueva edición. El libro sintetiza las lecciones que Peters y Waterman aprendieron al estudiar cuarenta y tres de las empresas con fines de lucro más exitosas de Estados Unidos.

¿Qué aprendieron? En el centro de su argumento estaba la idea de que las empresas más exitosas invertían en desarrollar la capacidad de sus trabajadores. Estas empresas «promoverían a muchos líderes y muchos innovadores en toda la organización» y «tratarían a la plantilla como la fuente fundamental de la calidad y las mejoras de productividad».

En otras palabras, estas empresas tuvieron éxito al transformar la capacidad de acción de sus empleados: se esforzaron por crear entornos agradables, dar voz a los empleados en toda la organización y dotarlos de las habilidades necesarias para desarrollar su propia estrategia. Al desarrollar la competencia, la motivación y la autonomía de sus empleados, estas empresas mejoraron sus resultados financieros.

¿Cómo aprenden las personas con VIH a manejar su enfermedad?

Durante los últimos años, la socióloga Celeste Watkins-Hayesde la Northwestern University ha estudiado a un grupo diverso en términos raciales y económicos de mujeres con VIH en la zona de Chicago, para comprender cómo manejan tanto su salud como su situación económica.

En un grupo de treinta mujeres afroamericanas con VIH, observa que aprendieron a pasar de sentir que estaban «muriendo de» sida a sentir que estaban «viviendo con» el VIH. Según Watkins-Hayes, el factor crucial para lograr esa transición es la existencia de vínculos organizativos que las ayudaron a desarrollar su capacidad para sobrellevar la enfermedad.

Muchas de las mujeres del estudio de Watkins-Hayes habían sufrido falta de vivienda, desempleo y otras privaciones. Para ellas, recibir un diagnóstico de VIH «no fue lo peor que me había pasado». De hecho, irónicamente, fue el diagnóstico de VIH lo que les permitió dar un giro a sus vidas y alcanzar una estabilidad que antes parecía inalcanzable.

Tres cuartas partes de las mujeres del estudio de Watkins-Hayes afirmaron que «no solo sobrevivían, sino que prosperaban pese a tener VIH». El diagnóstico de VIH les permitió acceder a numerosos apoyos institucionales —abonos de autobús para desplazarse por la ciudad, comunidades de vivienda para personas con enfermedades terminales, apoyo sanitario para gestionar la alimentación y la adicción— que les proporcionaron las habilidades y la autonomía de las que antes carecían. Las mujeres que anteriormente habían vivido en barrios inestables se mudaron a entornos más estables y aprendieron a cuidar su salud. En otras palabras, estos apoyos institucionales ayudaron a las mujeres a desarrollar las habilidades, la motivación y la autonomía que necesitaban para cuidar de su propia salud.

¿Por qué algunas organizaciones logran formar a más activistas que otras?

Las lecciones aprendidas del estudio empresarial de Peters y Waterman y del estudio sobre salud de Watkins-Hayes también se aplican a la política. En mi libro reciente How Organizations Develop Activists: Civic Associations and Leadership in the 21st Century, expongo los resultados de un estudio que compara las organizaciones de Estados Unidos más eficaces para lograr que las personas participen en la política sanitaria y medioambiental con las menos eficaces.

Algunas personas sostendrían que inspirar el activismo depende de contar con un líder carismático, un mensaje pegadizo o mejores capacidades para aprovechar los macrodatos y la tecnología a fin de identificar a posibles activistas. Aunque todo eso importa, descubrí que lo que realmente distinguía a las organizaciones con alta participación de sus homólogas con baja participación era su capacidad para transformar la motivación y la capacidad de las personas para involucrarse en el activismo.

En la misma línea de investigación, Elizabeth McKenna y yo escribimos un libro en el que examinamos por qué las campañas de Obama de 2008 y 2012 lograron movilizar a más personas que cualquier otra campaña en la historia. Descubrimos que la campaña de Obama, a diferencia de las anteriores, invirtió en desarrollar el liderazgo de los voluntarios interesados en participar.

Así, durante los meses previos a las elecciones, la campaña no solo exigió a sus organizadores que respondieran por la cantidad de puertas a las que llamaban o de votantes a quienes telefoneaban. También debían dar cuenta de cuántas personas habían reclutado para puestos de liderazgo y cuántas habían capacitado. Tanto si hablamos de una campaña para elegir al presidente como del esfuerzo por construir un movimiento social en torno al cambio climático, lo que unía a estas organizaciones políticas era su capacidad para transformar la motivación, las habilidades y las capacidades de sus activistas.

¿Y qué?

Ya sea que quieras construir una empresa exitosa, mejorar la salud de las personas o involucrarlas en el activismo, emerge una verdad fundamental sobre las personas: tienen más probabilidades de alcanzar el éxito cuando cuentan con herramientas que desarrollan su capacidad de acción, es decir, su capacidad para actuar en pos de sus objetivos.

Expresada de forma tan sencilla, la verdad parece evidente, pero a menudo se subestima su importancia en la tecnología cívica. En la era de los macrodatos, suele ser más eficiente encontrar a personas que ya tienen capacidad de acción —porque crecieron en familias políticamente activas, porque tuvieron modelos de referencia o porque forman parte de otras organizaciones transformadoras— que hacer el difícil trabajo de desarrollar esa capacidad en las personas.

Para que la tecnología cívica transforme la política como muchos esperaban a principios del siglo XXI, tendrá que aprender a desarrollar herramientas que fomenten la capacidad de acción de las personas, del mismo modo que lo han hecho las organizaciones exitosas del mundo empresarial, la salud y la política.

Resulta que, independientemente de las herramientas que usemos o de los sectores en los que trabajemos, las personas son personas. A la tecnología cívica le convendría invertir no solo en desarrollar las herramientas, sino también en las personas que las usan.

Publicado en colaboración con The Conversation

Autora: Hahrie Han es profesora asociada de Ciencia Política en Wellesley College.

Imagen: Manifestantes descansan en la plaza Tahrir de El Cairo durante una protesta contra el veredicto sobre Mubarak. REUTERS/Suhaib Salem

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