Hay una foto de nuestra primera hija que mi esposa no soporta ver. Se tomó el Domingo de Pascua de 2008, el día en que nació. Aunque acababa de empezar la primavera, nevaba en Londres. Mientras tanto, nuestra hija, con apenas unas horas de vida, yacía sobre una manta blanca en una incubadora de una unidad de cuidados intensivos neonatales (UCIN), con tubos y cables que salían de su cuerpo.
Habíamos hecho todo bien, o eso creíamos. Sophie se había puesto de parto de forma natural una o dos semanas antes de la fecha prevista. Cuando llegamos al hospital a la mañana siguiente, un médico no tardó en escuchar los latidos del corazón de la madre y del bebé. Algo iba mal. El latido del bebé era demasiado lento.
En mi recuerdo, el médico pulsó un gran botón rojo en la pared, encima de la cama. Ahora eso parece poco probable, pero el efecto fue el mismo. De pronto me dijeron que me pusiera ropa quirúrgica, mientras las enfermeras entraban en tropel en la habitación y empezaban a preparar a Sophie para una cesárea de emergencia. Todavía me estaba poniendo los pantalones azules y finos cuando sacaron su cama de la habitación y la llevaron por el pasillo. Una enfermera me indicó las puertas dobles del quirófano. Sentía cada vez más un nudo en el estómago.
Minutos después nació Edith. No lloró, como se supone que hacen los bebés cuando su primera respiración les llena los pulmones. En silencio, la colocaron sobre una mesa bajo una lámpara térmica, rodeada de personal médico que nos impedía verla. Por fin logró soltar un chillido. Alguien la levantó para que viéramos su carita, tan seria, y enseguida se la llevaron. Cuando volví a casa esa noche, Sophie estaba en la sala de maternidad recuperándose de la operación y Edith estaba en la UCIN. Nuestra primera noche como familia, y los tres dormíamos en lugares distintos.
Con apenas 2,1 kg (4 lb 10 oz), Edith pesaba bastante menos de lo esperado para una bebé que no había nacido especialmente prematura, así que la llevaron a la UCIN para observarla y asegurarse de que su cerebro no hubiera sufrido por falta de oxígeno cuando su corazón latía despacio. Como no aparecieron problemas evidentes, solo estuvo allí cuatro días. Bastaron para acostumbrarnos a la luz tenue, los pitidos constantes de los monitores, la ansiedad colectiva y el miedo punzante que acompañaba cualquier cosa fuera de lo normal. Pero cuatro días no son nada comparados con las semanas y los meses que algunos bebés y sus padres pasan en la UCIN.
La mayoría de los bebés ingresados en una UCIN están gravemente enfermos, tras nacimientos muy prematuros o traumáticos. Alrededor del 70 % corre riesgo de sufrir daño cerebral. Es notoriamente difícil predecir cómo evolucionarán y, pese a la mejor atención especializada disponible, a menudo no queda más que esperar para ver si sobreviven y qué secuelas, si las hay, tendrán. Y aunque a un paciente adulto se le haría una resonancia magnética en cuanto se sospechara daño cerebral, muchos de estos bebés nunca llegan a hacerse esa prueba básica.
Los equipos de resonancia magnética son enormes y ruidosos, y pesan una tonelada. O más bien, unas 10 toneladas. Ocupan una sala considerable y necesitan aún más espacio para los ordenadores y para el operador, que debe permanecer fuera del intenso campo magnético; además, son muy sensibles a las vibraciones. Por eso suelen instalarse en la planta baja de un hospital o en el sótano. Las UCIN, en cambio, al igual que las salas de maternidad, suelen estar en pisos superiores, apartadas, seguras y protegidas. Pero los bebés más delicados no pueden arriesgarse a recorrer el hospital, subir y bajar en ascensores y atravesar pasillos, pasando junto a visitantes, pacientes y personal que podrían portar infecciones, mientras se alejan cada vez más de la atención especializada que necesitarían si algo empezara a salir mal durante el trayecto. Así que, aunque la exploración sería totalmente segura, la resonancia magnética está literalmente fuera de su alcance. En su lugar se usa la ecografía, mucho más barata, portátil y práctica, pero que no ofrece imágenes tan nítidas como la resonancia magnética.
Si el bebé no puede ir al equipo de resonancia, ¿puede el equipo ir al bebé? Como conocía un poco la vida dentro de una UCIN, me intrigó descubrir que GE Healthcare estaba desarrollando un prototipo de resonancia magnética específicamente para recién nacidos. ¿De verdad podían fabricar un escáner lo bastante pequeño y seguro para caber en una UCIN promedio? De ser así, podría transformar la atención sanitaria de estos pacientes tan vulnerables.
La siguiente vez que entro en una UCIN es en 2014, en el ala Jessop del Royal Hallamshire Hospital de Sheffield. Los mismos sonidos interrumpen el silencio que recuerdo de nuestra experiencia en Londres, y me siento incómodo al recorrerla como observador. Estos padres no necesitan público mientras afrontan el tedio ansioso del lugar. Sé que lo único que realmente quieren es poder llevarse a sus bebés a casa.
Julie Bathie es coordinadora de cuidados especiales aquí. Su trabajo consiste en atender a los bebés que salen de la UCIN. «A veces los mando a casa cuando quizá les quedan pocas semanas de vida, o con esa incertidumbre, pero aun así es bonito mandar a los bebés a casa, sea por el tiempo que sea», dice. «Pero la mayoría de las veces mando a mis bebés a casa para que vivan, crezcan, engorden y vuelvan a verme para saludarme».
Bathie tiene el pelo oscuro, es muy conversadora y transmite la eficiencia compasiva de una enfermera profesional. Tiene cinco hijos, todos pasaron un tiempo en una unidad neonatal, así que puede identificarse con los padres con quienes trabaja. «No suelo contar lo que he vivido, pero puedo decir que sé cómo se sienten porque yo misma he pasado por eso», dice. «Da miedo y creo que a veces no nos damos cuenta de lo asustados que están los padres».
La incertidumbre alimenta el miedo, y si un mejor acceso a las resonancias magnéticas pudiera reducirla, ayudaría por igual al personal, a los padres y a los bebés. Actualmente hay dos opciones para realizar una resonancia aquí, y ambas implican poner a un bebé diminuto en una máquina grande diseñada para adultos. Si el bebé está relativamente estable, pueden trasladarlo al hospital principal. Para ello hay que pedir cita en el departamento de radiología, asegurarse de que la enfermera que lo atiende pueda ausentarse durante una hora y solicitar a un camillero que lo traslade. «Muy pocas veces decimos: “Resonancia”, y se hace ese mismo día», dice Bathie.
La situación se complica más si el bebé está conectado a un respirador y recibe aire u oxígeno a través de un tubo. El departamento de radiología para adultos no cuenta con el equipo ni la experiencia necesarios para atender a un bebé con respirador. En ese caso hay que trasladarlo al Hospital Infantil, a unos cientos de metros, explica Helen Cowan, otra coordinadora de la UCIN.
«Mañana tengo un bebé que va a hacerse una resonancia», dice. «Como está conectado a un respirador, hay que incluirlo en la lista de anestesia para que un anestesista del Hospital Infantil se ocupe de sus vías respiratorias. Así que esta mañana he remitido al bebé a nuestro servicio de transporte y al Hospital Infantil para que preparen su historial. Mañana por la mañana, el servicio de transporte vendrá a buscarlo, lo pasará a su incubadora y lo conectará a su respirador, con su equipo y su personal. Lo llevarán en ambulancia al Hospital Infantil, que, es cierto, no está muy lejos, pero se requiere el mismo servicio tanto si son 800 metros como si son 32 kilómetros. Allí le harán la resonancia y luego volverá aquí».
Muchos bebés están demasiado enfermos para soportar el estrés de ese procedimiento, así que no pueden hacerse una resonancia hasta que estén más fuertes; para entonces, quizá ya no sea tan útil. Contar con un escáner exclusivo en la UCIN lo cambiaría todo. «Podrán explorar a los bebés enfermos en el momento oportuno, en vez de esperar», dice Bathie.
Cowan está de acuerdo: «Hay ocasiones en que queremos hacer una resonancia y tenemos que conformarnos con lo que hay disponible, que puede ser la semana que viene o cuando sea. Lo aceptamos porque era la única opción». Pero con un escáner en el centro, «no tengo que sacar a un miembro del personal de la unidad durante quién sabe cuántas horas ni las familias tienen que despedir a su bebé mientras se lo llevan en ambulancia. Bastará con llevar al bebé por el pasillo en una camilla».
No es una ilusión. El ala Jessop se prepara para recibir uno de los primeros escáneres prototipo para UCIN del mundo. El responsable de que llegue es Paul Griffiths, profesor de radiología en la Universidad de Sheffield. Lleva más de una década intentando que más bebés tengan acceso a la resonancia magnética. Él y sus colegas incluso construyeron un escáner para bebés de baja intensidad, aunque las imágenes que producía no eran lo bastante buenas para uso clínico y solo podía utilizarse con fines de investigación.
En su despacho, adornado con un cartel de un concierto temprano de Joy Division, certificados académicos, entradas de partidos de fútbol (es hincha del Crewe Alexandra) y una imagen de la mítica Sibila a punto de hacer una profecía, Griffiths expone el reto y el potencial del nuevo prototipo: «Se trata, obviamente, de explorar a recién nacidos e intentar diagnosticar con precisión qué les pasa en el cerebro», dice. «La preocupación es que la ecografía no muestra todos los problemas con la precisión que quizá ofrecen otras pruebas, y siempre se ha considerado la resonancia magnética como el siguiente paso».
«El problema siempre ha sido la seguridad al intentar hacer esa resonancia magnética. Inevitablemente, hay que sacar al bebé de la unidad neonatal y, por supuesto, está el problema de tener que manipularlo físicamente; esa es, de hecho, la parte más peligrosa».
Ante este problema, se podría construir una UCIN nueva con espacio suficiente para un escáner de resonancia magnética de tamaño completo, pero esa opción está realmente fuera del alcance de todos los hospitales salvo los más ricos. También se podría prescindir por completo de las resonancias y depender únicamente de la ecografía. O, como en Sheffield, se pueden sopesar constantemente los posibles beneficios de una exploración más precisa frente a los riesgos de sacar al bebé de la UCIN.
«Seleccionan los casos en que quizá la situación clínica no concuerda con lo que han visto en la ecografía. Si no se considera que el bebé corre un riesgo excesivo, lo llevan a hacerse una resonancia», explica Griffiths. «En cambio, a un bebé prematuro de apenas 27 o 28 semanas que deja de respirar con solo mirarlo todavía no se le puede hacer la exploración».
En 2011, Griffiths, junto con un físico de Sheffield y un colaborador de GE, recibió financiación de Wellcome Trust para desarrollar un nuevo escáner para recién nacidos. Como otras personas de GE y de otros lugares también llevaban años hablando de fabricar un escáner para bebés con la misma intensidad que los de adultos, se reunieron y decidieron que juntos podían lograr más.
Así nació el Proyecto Firefly. El objetivo: construir un escáner pequeño pero potente, diseñado para recién nacidos y que pudiera instalarse en una UCIN promedio. El prototipo de Sheffield pondría a prueba el concepto. En última instancia, descubrirían si dar a más bebés vulnerables acceso a la resonancia magnética realmente se traduce en una mejor comprensión de sus afecciones, un mejor tratamiento y, como resultado, una mejor salud.
En abril de 2014, Edith ya ha cumplido seis años y, aunque todavía es bastante pequeña para su edad, no ha tenido problemas de salud derivados de su nacimiento traumático. Está en casa con su hermana de dos años (otro nacimiento lleno de sobresaltos, pero esta vez sin necesidad de UCIN) y con Sophie, mientras yo estoy a 4.000 millas, en Milwaukee, Wisconsin. Apenas llevo un día fuera, más o menos, pero ya me cuesta imaginármelas: siempre se me han dado mal los rostros, así que agradezco todas las fotos que puedo guardar en el teléfono. Pero no sustituyen a tenerlas delante y extraño a mi familia.
Aunque acaba de empezar la primavera, aquí sigue haciendo un frío glacial. El río Menomonee está cubierto de hielo y tengo las yemas de los dedos entumecidas, por mucho que me las meta en los bolsillos. Milwaukee es una ciudad industrial, hogar de las motocicletas Harley-Davidson, la cerveza Miller y GE Healthcare, que tiene un centro de resonancia magnética en el suburbio de Waukesha. Aquí es donde están tomando forma los prototipos del Proyecto Firefly.
En la oficina del Proyecto Firefly hay una maqueta a tamaño real del nuevo escáner. Desde luego, es compacto en comparación con un escáner corporal convencional, donde un adulto se tumba en una camilla y se desliza dentro de una abertura de 70 cm de diámetro. Este tiene más o menos mi estatura, pero no lleva una camilla incorporada y el diámetro de la abertura del imán es de 18 cm, justo lo suficiente para la cabeza de un bebé grande. O para una naranja, como estoy a punto de comprobar.
Me llevan al área de ingeniería 3, donde está instalada la primera versión funcional del nuevo diseño. Supongo que esto convierte el lugar en la sala de partos de los prototipos, aunque la gestación ha sido larga y propensa a complicaciones.
En el corazón de cada equipo de resonancia magnética hay un enorme imán en forma de rosquilla que genera un campo magnético unas 100.000 veces más potente que el de la Tierra. Funciona obligando a los protones del agua presente en los tejidos a alinearse con ese campo; luego, unas bobinas especiales estimulan los protones emitiendo pulsos de ondas de radio, y los sensores de resonancia detectan las diferencias en su respuesta cuando se interrumpe la corriente. Esto permite distinguir entre distintos tipos de tejido y crear una imagen tridimensional.
En 2011, GE ya había desarrollado un imán pequeño que, con algunos ajustes, podía generar un campo magnético de 3 teslas, la misma intensidad que un equipo estándar para adultos. Se había diseñado para explorar brazos y piernas, así que también tenía el tamaño adecuado para bebés, pero había que adaptarlo para trabajar con cerebros en vez de extremidades simples. Añadir una nueva bobina de gradiente para enfocar el campo magnético y bobinas de superficie para amplificar las señales de radiofrecuencia fue relativamente sencillo, aunque implicó combinar componentes de distintos equipos de resonancia. Sin embargo, siguieron surgiendo problemas inesperados. Resultó que debían pensar mucho más en cómo llegarían los bebés al escáner.
Algunas soluciones fueron deliciosamente sencillas. Para manejar las vías —los cables de los monitores y los tubos conectados a los goteros—, simplemente hicieron una muesca en el lateral de la puerta de la sala de exploración. Las vías caben en la muesca y la puerta puede cerrarse sin desconectar al bebé. Más ingenioso aún fue un arrullo especial con una eslinga para levantar al bebé de la incubadora y trasladarlo a una pequeña camilla que se desliza dentro del escáner. Pero, al probarlo con las enfermeras, les advirtieron que el ruido de abrir el cierre de velcro que sujetaba a los bebés podía alterarlos.
Para el personal de enfermería fue toda una novedad que una empresa como GE le consultara sobre el diseño de equipos de este tipo. Julie Bathie recuerda que pudo pedir materiales resistentes y que tantos componentes como fuera posible fueran desechables o muy fáciles de limpiar; de lo contrario, no se usaría. Ahora, la eslinga tiene un forro interior desechable y una capa exterior más resistente, envuelve al bebé firmemente para ayudar a mantenerlo quieto durante la exploración y lo sujeta con una banda de velcro especial, más silenciosa. También se añadieron accesorios nuevos para agrupar ordenadamente los cables y las vías. Las enfermeras están muy satisfechas con el diseño actualizado.
También hubo varios retos más técnicos. El primero fue el ruido. Se supone que nadie que se someta a una resonancia magnética debe estar expuesto a más de 99 decibelios, pero estos equipos pueden superar fácilmente ese nivel, sobre todo si se intenta explorar a un bebé inquieto y sensible lo más rápido posible. Por eso los bebés necesitan protectores y tapones de silicona para los oídos, a fin de mantener el ruido dentro de los límites.
Luego estaba la ventilación. El equipo no sabía si se acumularía dióxido de carbono en la abertura del escáner cuando hubiera un bebé dentro. La cabeza de un bebé ocupa mucho más espacio dentro del imán que la de un adulto (o, de hecho, la de un bebé) en un escáner corporal completo. La solución fue bombear aire para evitar que se acumulara CO₂, pero sin hacerlo demasiado rápido, porque podría enfriar o resecar al bebé. Tras adaptar componentes de ventilación utilizados en equipos más grandes, ahora deben esperar a que se explore a bebés para saber con certeza qué tan bien funciona.
Como no se pueden usar recién nacidos de verdad para probar un escáner para bebés en desarrollo, resulta que los cítricos son un muy buen sustituto. Una naranja, por ejemplo, tiene más o menos el tamaño de la cabeza de un feto de 26 semanas y contiene mucha agua, como el cerebro de un recién nacido. Además, tiene estructuras internas —gajos, vesículas de zumo y una columna central— que permiten apreciar la resolución de la imagen.
Jessica Buzek, directora mundial de marketing de aplicaciones clínicas de GE, coloca una naranja dentro de la abertura de la máquina en el área 3 y la eleva a la altura correcta con unas servilletas de papel. El escáner sigue su secuencia cuidadosamente controlada de pitidos, zumbidos y chirridos, y pronto puedo ver en la pantalla del ordenador secciones de la naranja (sin pelar e intacta) con un detalle increíble. Es evidente cómo una exploración así permitiría examinar el cerebro de un bebé, sus ojos e incluso los nervios ópticos. Me explican que los nervios suelen estar rodeados de líquido, así que destacan mucho como una línea negra gracias al contraste entre el líquido y la estructura del cerebro. Se podría detectar fácilmente una rotura o un desgarro, algo que sencillamente no sería posible con una ecografía.
—¿Quiere ver algo más? —pregunta Buzek.
—No —respondo—. La naranja me ha impresionado mucho.
—Se la iba a comer en el almuerzo —bromea alguien más.
—Eso es —dice Buzek—. ¡Parece lo bastante sana como para comérsela!
Después del almuerzo, visitamos el área de ingeniería 7B para ver los primeros prototipos. En el suelo, unas cintas amarillas delimitan la forma exacta de la sala de Sheffield donde se instalará, mientras que una cinta naranja discontinua marca el límite del campo de 5 gauss: es la línea que no se debe cruzar sin quitarse antes cualquier objeto metálico. La máquina ya emite un zumbido constante, y el siseo del compresor de helio indica que el imán está frío y a plena potencia.
Ya he estado en varias UCIN del Reino Unido y de Estados Unidos, todas con habitaciones de luz tenue llenas de incubadoras y los sonidos familiares de bebés llorando, monitores pitando, máquinas zumbando y respiradores bombeando aire. Médicos a cargo de cuidados intensivos neonatales me han contado muchas cosas que creen que serían posibles con un equipo de resonancia magnética para bebés.
Los bebés muy prematuros no son simplemente versiones más pequeñas de los recién nacidos a término: tienen una fisiología distinta, y eso puede hacer que la vida en la UCIN sea muy incierta. Tampoco se pueden recrear sin más las condiciones del útero materno, porque sus necesidades no son las mismas que las de un feto: necesitan mantenerse calientes, respirar por sí mismos y hacer otras cosas que un feto no hace. Por ejemplo, nadie sabe realmente cuál es la nutrición óptima para un bebé muy prematuro, así que poder evaluar su nutrición mediante imágenes cerebrales periódicas, en vez de limitarse a medir el tamaño de su cabeza, podría marcar una gran diferencia.
Otras ideas abarcan desde la monitorización general de la actividad cerebral, la sedación y el alivio del dolor, hasta posibles usos para afecciones concretas que nunca había oído nombrar: atresia paraesofágica, es decir, la ausencia de una parte del esófago que va de la boca al estómago; hidrocefalia poshemorrágica, una acumulación de presión en el cerebro tras una hemorragia interna; enterocolitis necrosante, cuando una infección perfora la pared intestinal. También es habitual enfriar deliberadamente el cuerpo de los bebés que sufrieron traumatismos durante el parto para reducir el riesgo de lesión cerebral. Se los vuelve a calentar después de tres días, pero actualmente no hay forma de medir si alguno podría necesitar más o menos tiempo a baja temperatura.
En todos estos casos, los médicos ven un lugar para la resonancia magnética, siempre que esté en la unidad, donde se toman las decisiones, y no en otra parte del hospital. Y los beneficios de desarrollar mejores tratamientos y cuidados en la UCIN serían enormes: la mayoría de los bebés sobrevive, así que en todos los casos está en juego toda una vida.
Pese al optimismo, no es del todo seguro que hacer más resonancias magnéticas siempre se traduzca en una mejor atención. Dominic Wilkinson es neonatólogo consultor en el Hospital John Radcliffe de Oxford y director de ética médica del Centro Uehiro de Oxford. Aunque reconoce varias razones para ser optimista ante un mayor acceso a la resonancia magnética, también cree que plantea inquietudes importantes. Por ejemplo, si se pueden hacer más exploraciones y generar más información, existe el riesgo de que todo ese caudal adicional aumente la incertidumbre en la UCIN en vez de disiparla.
Las imágenes que produce un equipo de resonancia magnética tienen algo de seductor. Pero, como las fotos de mis hijas, una imagen de resonancia no es la realidad. Es una multitud de datos que se separan, procesan y vuelven a ensamblar para parecerse a un cerebro. Que logre ser tan realista —tratándose de un órgano que la mayoría nunca veremos vivo— es milagroso. Sin embargo, podría inducir a error si los médicos o los padres se sienten tentados a dar demasiado peso a los resultados de la resonancia frente a la ecografía u otras pruebas a la hora de tomar decisiones.
«Una imagen de un cerebro con un gran agujero, un coágulo enorme o zonas que se iluminan es muy impactante para los profesionales clínicos y los padres», me dice Wilkinson. «Puede ser apropiada cuando las imágenes indican un pronóstico muy desfavorable, pero si se observa un cambio en la resonancia de un bebé muy prematuro, ¿significa eso que sería irrazonable continuar con el tratamiento de cuidados intensivos?».
Si a Edith le hubieran hecho una resonancia cerebral aquel Domingo de Pascua de 2008, quizá habría podido volver a casa antes. O tal vez habríamos visto algo inusual en esa imagen que nos habría obligado a tomar decisiones más difíciles sobre su futuro inmediato. Estas no son razones para no seguir adelante con un escáner para bebés, pero la transición de la investigación a la práctica clínica debe hacerse con cuidado.
Tras años de desarrollo y demoras, contratiempos y soluciones, el primer bebé fue explorado en el sistema prototipo de Sheffield el 22 de marzo de 2016. Ahora, en enero de 2017, he vuelto a la UCIN del ala Jessop para ver con mis propios ojos cómo exploran a un bebé.
Alice-Rose Westbrook nació a principios de noviembre, con apenas 24 semanas de gestación. La situación de los bebés que nacen tan prematuramente es muy delicada. Pero, tras casi dos meses y medio en la UCIN (aunque aún faltaban unas semanas para que llegara a término y todavía pesaba menos de 3 lb), ahora está lo bastante estable como para trasladarla a una sala del cercano Hospital Infantil. Antes de que se vaya, sus padres, Rachael y Shaun, han accedido a que le hagan una prueba en el prototipo de resonancia magnética.
Acostada en su incubadora, en la unidad de cuidados intensivos de la UCIN, está acomodada en el arrullo y el cabestrillo hechos a medida. Le abrochan el velcro y le ponen protectores auditivos, pero antes de llevarla al escáner, le dan de comer para ayudarla a relajarse y quizá incluso adormecerla un poco mientras se realiza la prueba.
Cuando termina de succionar la leche del estrecho tubo de alimentación, la sacan en brazos, la colocan bien sujeta en un carrito especial y la llevan fuera de la habitación. Dos enfermeras empujan el carrito entre ambas y avanzan despacio por el pasillo. Salen de la UCIN; la sala de resonancia magnética está justo al otro lado del pasillo.
El carrito encaja perfectamente junto al escáner, y la parte superior se desliza con Alice-Rose hacia el interior del túnel de la máquina. El espacio es justo, pero parece bastante cómoda. Su madre, Rachael, está con ella, junto con una de las enfermeras de la UCIN, que la acaricia suavemente a través del arrullo. Hace un poco de frío en la sala de exploración, así que suben la temperatura un par de grados. Entonces empieza el zumbido áspero de la máquina, que realiza las imágenes en intervalos de 22 segundos. En la pantalla del operador aparecen imágenes en escala de grises y estamos viendo el diminuto cerebro de Alice-Rose.
Con muchas exploraciones como esta se puede evaluar la seguridad, la precisión y la relevancia clínica de los prototipos. Si los resultados son positivos, podrían impulsar a una empresa como GE a desarrollar un nuevo producto: un escáner que transforme la forma en que se atiende y trata en la UCIN a los recién nacidos prematuros y enfermos.
Sin embargo, hasta que empiecen a conocerse los datos, el Proyecto Firefly y la resonancia magnética para bebés aún avanzan con pasos pequeños.
—¿Es mejor? Si he de ser totalmente sincero, no lo sé —admite Paul Griffiths—. Creo que mostrará más cosas con mayor certeza, pero no estoy del todo seguro de que eso se traduzca en cambios reales en el tratamiento y los resultados. Por eso es investigación: si lo supiera, no plantearía la pregunta.


