En 1959, el físico y novelista británico C.P. Snow pronunció una conferencia célebremente polémica en la Universidad de Cambridge. Describió una escisión de posguerra entre dos grupos — los científicos y el mundo literario.
Snow identificó esto como una división recién surgida, a ambos lados de la cual cada parte estaba más que dispuesta a burlarse de la otra: científicos orgullosos de no poder citar ni una frase de Shakespeare, y gente del mundo literario a la que no inquietaba la segunda ley de la termodinámica.
Las divisiones dentro de la universidad parecen ahora más arraigadas que nunca. Y quienes trabajan en las artes y las ciencias se enfrentan a un tercer antagonista en la sociedad: el populismo, acompañado de una creciente desconfianza hacia los intelectuales.
Este polvorín surge en un contexto de creciente desigualdad económica y, paradójicamente, de un papel cada vez mayor de las innovaciones tecnológicas en nuestra vida cotidiana.
Soy informático y estudio la cultura digital. Hago todo lo posible por tender puentes entre estas divisiones, pero me pregunto constantemente: ¿Cómo pueden las universidades formar a científicos, tecnólogos e ingenieros para que se impliquen en la sociedad, como sugería Snow, en lugar de funcionar como engranajes de la maquinaria del desarrollo económico?
Creo que nuestro sistema educativo debe hacer que los estudiantes se impliquen en cuestiones de ética y responsabilidad en la ciencia y la tecnología. Deberíamos considerar los cursos obligatorios de artes y humanidades no como un vago intento de «abrir la mente», sino como un debate necesario sobre la moral, los valores, la ética y la responsabilidad.
Identificar los grandes desafíos de la sociedad
Hace poco participé en una conversación en el Instituto Fields de la Universidad de Toronto en la que se planteó otra pregunta: «¿Qué significa la A en STEAM?»
STEAM añade las artes al acrónimo STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas). Decidí entender las artes en un sentido más amplio, que incluyera las humanidades, y pregunté a los asistentes: ¿Cómo identificamos los desafíos en los que queremos trabajar?
En la década de 1960, Alan Ginsberg lamentaba lo que consideraba la opresión de la creatividad artística por parte de la cultura dominante. Si se escribiera hoy, su poema Aullido podría clamar algo así:
«Vi a las mejores mentes de mi generación pasarse la vida recortando microsegundos de sus algoritmos de negociación de alta frecuencia o ideando algoritmos de enrutamiento para burritos entregados por drones».
¿Son estos los problemas más importantes de nuestra sociedad?
Es comprensible que los graduados de ciencias e ingeniería busquen puestos en empresas emergentes o empleos financieros muy bien pagados. Sus conocimientos de desarrollo de algoritmos, análisis de datos o, sencillamente, pensamiento científico estructurado pueden brindarles excelentes empleos en diversas empresas del sector privado.
Pero los problemas que abordan, aunque afecten a un gran número de ciudadanos, quizá no mejoren su situación.
Nuestros graduados podrían pasar toda su carrera desarrollando software publicitario que llegue a millones de personas, sin abordar las grandes cuestiones de nuestra época que afectan a esas mismas personas.
La tecnología plantea cuestiones morales
En nuestras comunidades científicas y tecnológicas hay importantes temas de debate, con preguntas de fondo sobre sesgos, poder y control.
Veamos algunos ejemplos que han aparecido en los titulares este año:
Cada vez vemos más la influencia de algoritmos de software en aplicaciones con efectos que pueden cambiar vidas, como la imposición de penas o la contratación. Estos sistemas de software siguen siendo «cajas negras» sin supervisión que pueden verse influidas por prejuicios raciales, intereses particulares o, sencillamente, una ciencia deficiente. No podemos saberlo, porque la legislación sobre propiedad intelectual protege los sistemas del escrutinio. En el caso del aprendizaje profundo, además, son sistemas que han evolucionado hasta volverse demasiado complejos para que ni siquiera sus propios desarrolladores puedan descifrarlos.
En biotecnología se debate el uso de CRISPR para editar la línea germinal — un ámbito en el que las modificaciones genéticas afectan no solo a un paciente, sino también a las generaciones futuras. Otros debaten sobre los impulsores genéticos, una forma de eludir los mecanismos de control y equilibrio de la naturaleza que permite que las modificaciones genéticas se propaguen a toda una población mucho más rápido de lo que podría hacerlo la evolución natural.
Vemos a la comunidad científica y a las principales naciones intentar abordar el desafío del cambio climático mediante la geoingeniería, modificando a gran escala los sistemas más fundamentales de nuestro planeta.
No son cuestiones tecnológicas. Encierran aspectos tecnológicos, pero no son fundamentalmente tecnológicas. Son cuestiones éticas. Requieren que expertos con sólidos conocimientos debatan sobre ética y sociedad— para planificar qué necesitamos crear, y si necesitamos crear algo.
Es como si nos hubiéramos encontrado ante varios proyectos Manhattan simultáneos, impulsados por la financiación militar de la DARPA, las inversiones de capital riesgo y los avances en computación en la nube. Estamos viendo cómo una multitud de tecnologías capaces de cambiar vidas se hacen realidad tras décadas de investigación básica, y las herramientas de prototipado rápido y las cadenas de producción de la era moderna nos han permitido llevar estas nuevas invenciones a escala más rápido que nunca.
Y, al igual que las preguntas sobre ética y la bomba atómica que llevaron a la creación de la Federación de Científicos Atómicos, de pronto nos enfrentamos a importantes cuestiones morales sobre las que solo sus creadores tienen conocimientos singulares y valiosos.
Debemos asegurarnos de que los graduados de STEM que trabajan en estos campos puedan abordar las preguntas más difíciles de nuestro tiempo: ¿Qué uso deberíamos dar a nuestras nuevas invenciones, dónde y cómo?
Fundamentar los experimentos en la empatía
Me gustaría que se ampliaran los planes de estudio universitarios de las disciplinas STEM para debatir si deberíamos desarrollar ciertas tecnologías, con las preocupaciones éticas como hilo conductor de todos nuestros estudios. Los riesgos que cualquier otra opción supondría para la sociedad parecen enormes.
No sostengo que todos los responsables de formular políticas deban ser científicos, sino que los científicos deberían incluir en su ámbito de trabajo las políticas públicas y el impacto social. Deberían poder reflexionar de manera creíble sobre esos impactos y debatirlos con el resto del mundo.
Snow pensaba que la mente científica era «impaciente por ver si algo se puede hacer», lo que recuerda la «predisposición a actuar» tan extendida en la cultura de las empresas emergentes.
La acción puede ser importante, y hasta los gobiernos, que no se caracterizan por actuar con agilidad, empiezan a adoptar el aprendizaje mediante la práctica. Finlandia, por ejemplo, tiene un departamento de experimentación cuyo objetivo es incorporar la experimentación basada en el pensamiento de diseño al trabajo sobre políticas públicas.
Pero hasta el pensamiento de diseño, la metodología de moda, fundamenta los experimentos en la empatía. Quienes desarrollan soluciones deben implicarse en el trabajo con las personas afectadas por ellas, creando conjuntamente mediante la colaboración directa con los usuarios, los clientes, los usuarios de servicios y la ciudadanía.
Enseñar ética a través de las artes
¿Y de qué otra forma enseñan nuestras universidades la empatía, la ética y la ciudadanía, sino a través de las artes y las humanidades?
Puede haber preguntas concretas sobre ciudadanía y responsabilidad que consideremos necesario que aborden todos los graduados de STEM (del mismo modo que todo ciudadano de la era digital que no haya recibido formación en STEM quizá necesite conocimientos básicos de aritmética, estadística o ciencias).
No pretendo conocer en detalle el contenido de estas clases ni prescribir el plan de estudios de nuestro programa de grado. Debemos desarrollarlas en conjunto. Entre los ejemplos concretos se encuentra esta lista colectiva de cursos de ética en informática elaborada por Casey Fiesler en la Universidad de Colorado en Boulder.
Crisis en la investigación médica, como el estudio de la sífilis de Tuskegee, ayudaron a impulsar las disciplinas de la ética médica y la bioética, así como conceptos como el consentimiento informado. Hoy, los profesionales médicos se ocupan de cuestiones complejas de inclusión, representación, voz y capacidad de acción.
Estos no son aspectos de dosis o medición, sino que se refieren a ideas más abstractas sobre derechos, valores y significado, elementos centrales de nuestro estudio de las humanidades. Es hora de que el resto de las disciplinas STEM aborde estas mismas cuestiones.


