En el mundo desarrollado, el acceso a internet se acerca al punto de saturación en toda la población, y la proporción de personas conectadas en muchos países de Occidente se aproxima al 80 %en el acceso de banda ancha fija y al 30 % en los teléfonos móviles.
Por otro lado, en el mundo en desarrollo la proporción es mucho menor, aunque el menor coste de desplegar redes de telefonía móvil hace que el acceso a través de los teléfonos supere al de las líneas fijas.
A pesar de la reducción de los costes de la tecnología, parece existir una brecha en todos los ámbitos que es difícil de cerrar, y esto parece reflejar un precio por debajo del cual las empresas de telecomunicaciones no están dispuestas a bajar.
Se han llevado a cabo algunos experimentos en los que los gobiernos han proporcionado acceso a internet o se han puesto en marcha iniciativas sin ánimo de lucro. Estos parecen demostrar que, para las personas que aún no tienen acceso a internet y realmente desean conectarse, hay buenas razones para proporcionárselo y formas de hacerlo.
En primer lugar, que el mayor número posible de personas que desean estar en línea lo esté beneficia a la sociedad, y ese beneficio puede medirse en términos económicos. En el Reino Unido, la economía de internet vale 82.000 millones de libras al año, y cada libra invertida genera cinco libras. Se ha estimado que podrían ahorrarse tres mil millones de libras al año si los servicios públicos del Reino Unido se prestaran en línea. En los países en desarrollo, la información sobre el pronóstico del tiempo o el mejor precio de mercado para los productos tiene un enorme valor para los agricultores. También se reconoce, aunque no de forma universal, el valor educativo del acceso a internet.
Gratis, en el sentido de que no cuesta nada
La respuesta obvia es proporcionar acceso a internet gratis. Pero quizá no sea lo ideal. En Estados Unidos, cuando los gobiernos locales lo intentaron, los proveedores comerciales de acceso a internet llevaron el caso ante los tribunales, alegando competencia desleal. En el Reino Unido, el experimento del servicio de wifi de acceso público (PAWS) en zonas urbanas desfavorecidas tuvo muy poca acogida entre el público destinatario, aunque despertó mucho más interés en las zonas rurales.
Esto implica que debemos reflexionar detenidamente sobre los incentivos, así como sobre las salvaguardas sociales y económicas. Hace un año se fundó un nuevo grupo dentro de la comunidad de estándares de internet para abordar estos problemas. Con miembros de todo el mundo, el grupo de investigación Global Access to the Internet for All (GAIA) estima que sería posible ofrecer las velocidades típicas actuales de acceso a internet móvil y fijo por alrededor de una décima parte de los precios actuales habituales en los países desarrollados, mediante un mayor uso compartido de las conexiones y un uso más intenso entre pares para reducir las exigencias sobre la red troncal. Esto contribuiría en gran medida a que quienes hoy no están conectados puedan beneficiarse de lo que el resto ya damos por sentado.
Compartir los costes
En el marco del proyecto PAWS demostramos que era perfectamente viable compartir la infraestructura de banda ancha fija existente, como los routers domésticos que usan ADSL o cable para acceder a internet, mediante wifi. Reutilizar los costosos equipos y la infraestructura ya existentes —la red telefónica, las centrales, los cables y los routers— es una forma de reducir el coste de incorporar usuarios a la red.
Al dar prioridad a los usuarios principales frente a los usuarios secundarios que se incorporan después, los costes se reparten sin afectar indebidamente a ningún usuario, al tiempo que se pueden aprovechar las redes de forma más eficiente cuando los usuarios principales están inactivos (por ejemplo, cuando están en el trabajo y no utilizan sus conexiones domésticas a internet).
Otra barrera de costes es la facturación. Algunos usuarios no tienen cuentas bancarias ni tarjetas de crédito. Sin embargo, tendrán números de la seguridad social que permitirán sufragar el coste de proporcionarles acceso a internet mediante otros servicios conectados; por ejemplo, añadiéndolo a las facturas de impuestos o deduciéndolo de las prestaciones.
Del mismo modo, podríamos reducir los costes de transacción agrupando el servicio con los de empresas comerciales. Así, por ejemplo, al viajar en tren o avión tiene sentido incluir el coste del acceso a internet en el precio del billete. También podría reducirse o compensarse cualquier cargo adicional cobrando a los anunciantes.
Beneficio público, dinero público
Por último, no todo tiene que regirse por las fuerzas del mercado. Además de la búsqueda de beneficios o de reducir los costes para los contribuyentes, algunas comunidades se han unido para desplegar y compartir recursos de internet como un bien común. Gran parte de los primeros 15 años de evolución de internet —incluida la conexión de muchas escuelas y pequeñas localidades de Estados Unidos— fue posible gracias al trabajo voluntario.
De hecho, la gran mayoría de las redes de telecomunicaciones fijas y del despliegue de banda ancha que existen hoy en Europa dependen de los cables que tendieron inicialmente las compañías telefónicas, entonces totalmente estatales, como British Telecom o Bell Telephone. Gran parte de la investigación que sustentó sus tecnologías centrales se llevó a cabo en universidades financiadas con fondos públicos. Y buena parte del contenido de alto valor de internet también se crea de forma similar: por ejemplo, en empresas de radiodifusión pública como la BBC, ABC y CBC, en los cursos en línea masivos y abiertos (MOOC) o en programas educativos de acceso gratuito, como los de la Open University.
Así pues, el dinero público construyó la red, y puede utilizarse con criterio para ayudar a todos a beneficiarse de lo que ofrece.
Publicado en colaboración con The Conversation
Autor: Jon Crowcroft es profesor Marconi de Sistemas de Comunicaciones en la Universidad de Cambridge.
Imagen: Personas utilizan ordenadores en un cibercafé de la zona de Hodan, en Mogadiscio. REUTERS/Feisal Omar


