El mundo está cada vez más digitalizado e interconectado, y depende más de Internet para generar oportunidades y crecimiento económico. Hoy hay 7.400 millones de suscripciones a teléfonos celulares en el mundo, lo que significa que los ciudadanos de los países más pobres pueden acceder a teléfonos celulares con más facilidad que a inodoros y servicios de saneamiento.
El Internet de las cosas (IoT), que trae consigo las promesas (y los peligros) de dispositivos totalmente interconectados, ya está integrado en nuestra vida cotidiana, con automóviles, teléfonos, medidores de servicios públicos e incluso casas equipados con sensores. Nuestros refrigeradores, equipados con sensores, toman decisiones por nosotros, basándose en su capacidad para analizar datos y ejecutar algoritmos integrados relacionados con las necesidades alimentarias.
Pero ¿cómo pueden estos avances ayudar a garantizar una conectividad más libre, abierta, segura y empoderadora, en lugar de toda una serie de efectos secundarios indeseables?
Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) —que realiza encuestas anuales al sector de las TIC mediante un estudio formal en el que participan organismos reguladores, operadores y fabricantes de equipos originales—, el Internet de las cosas (IoT) está compuesto actualmente por 25.000 millones de dispositivos conectados en todo el mundo. Según la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos (FTC), esta cifra aumentará a 50.000 millones de dispositivos en todo el mundo para 2020. Estos dispositivos recopilan enormes cantidades de información sobre el comportamiento industrial, organizacional y personal, y reúnen las preferencias de los usuarios, que pueden aprovecharse para mejorar la prestación de productos y servicios, así como la salud, la educación, el entretenimiento y las compras.
Por lo tanto, el IoT aportará importantes ventajas socioeconómicas a quienes estén conectados, pero sin orientación, políticas adecuadas, legislación y códigos de conducta adoptados a escala mundial («netiqueta», como solíamos llamarla), también podría plantear una serie de desafíos.
Hasta la fecha, la seguridad y la privacidad del IoT se han logrado en gran medida mediante la autorregulación y las asociaciones público-privadas (APP). Pero los gobiernos examinan cada vez más los riesgos para la privacidad y la seguridad asociados al IoT. Pensemos, por ejemplo, en las redes terroristas, que prosperan reclutando personas en línea a través de las redes sociales, o en los ciberdelincuentes que emplean tácticas de guerra cibernética para derribar sistemas de información de gestión que controlan infraestructuras críticas (electricidad, transporte y agua), instituciones financieras o instalaciones gubernamentales.
El Informe sobre el desarrollo mundial de este año, centrado en Internet y su impacto en el desarrollo, destaca algunas de las tendencias del sector de las TIC, que hoy representa aproximadamente US$5 billones del PIB mundial anual. Esto coincide con lo que la sociedad civil ha venido señalando a los responsables de formular políticas durante los últimos 10 años, desde que se celebró en Túnez la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información: las inversiones en Internet solo pueden aprovecharse plenamente si Internet es gratuito o asequible, abierto, útil y seguro.
En un artículo de junio de 2014, The Economist publicó un artículo sobre los ciberdelitos y los ataques informáticos contra el IoT, que citaba una estimación entonces reciente del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, según la cual el costo mundial de la ciberdelincuencia y el espionaje industrial en línea ascendía a US$445.000 millones al año, aproximadamente tanto como el PIB de Austria. El estudio es bastante esclarecedor.
Tener una Internet libre (o asequible), abierta y segura es, por tanto, una gran aspiración, pero será muy difícil lograrlo sin colaboración mundial entre múltiples partes interesadas. El ciberespacio libera un enorme potencial para generar riqueza y bienestar en una sociedad cada vez más conectada. Para poder seguir beneficiándonos de Internet como motor del desarrollo y la innovación, debemos garantizar la seguridad y la privacidad de sus miles de millones de usuarios. Se necesita un consenso mundial.
Con varios miles de millones de dólares invertidos en aplicaciones del sector de las TIC en toda la organización, uno de los mandatos del Grupo Banco Mundial es proteger adecuadamente las inversiones que nuestros clientes realizan en desarrollo digital. Al emprender los nuevos Objetivos de Desarrollo Sostenible y promover un identificador legal único para cada ciudadano del mundo, garantizar la seguridad y la privacidad de la identificación de los ciudadanos es primordial para el uso virtuoso de los identificadores legales, tanto para mejorar los servicios prestados a los ciudadanos como para fomentar la confianza entre estos y el gobierno. Sencillamente, no podemos eludir el tema de la ciberseguridad.
A principios de este mes, participé en la Conferencia Mundial sobre el Ciberespacio (GCCS) en La Haya, Países Bajos. Los organizadores hicieron un trabajo brillante al gestionar la complejidad del tema y ofrecer soluciones inspiradoras de la mano de expertos experimentados. Incluso consiguieron a veces que un asunto sombrío resultara bastante entretenido, e incluso apasionante, con juegos de escenarios y minivídeos de suspenso. Por desgracia, el tema es real, con millones de víctimas cada día.
La GCCS es la cuarta de su serie: comenzó en Londres (2011), luego se celebró en Budapest (2012), Seúl (2013) y, después, La Haya. En Budapest, se puso en marcha la «Declaración de Budapest», creando una plataforma común para que los responsables de formular políticas abordaran la legislación sobre ciberdelincuencia.
Se trata de un asunto mundial, relacionado con temas de gobernanza de Internet, censura, privacidad, seguridad, protección infantil, terrorismo y seguridad pública. Es necesario movilizar a toda la sociedad para abordar y mitigar los peligros de la ciberseguridad, para los que estamos totalmente desprovistos de preparación. Nos espera un mundo feliz. ¡Ayudemos a nuestros clientes a estar preparados!
Este artículo se publicó originalmente en el blog IC4D del Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autora: Samia Melhem es funcionaria principal de políticas de la Práctica Global de Transporte y TIC.
Imagen: Una ilustración muestra una proyección de código binario sobre un hombre que sostiene una computadora portátil en una oficina de Varsovia, el 24 de junio de 2013. REUTERS/Kacper Pempel.


