Como oceanógrafa y exastronauta de la NASA, estoy especialmente bien situada para apreciar las perspectivas que el espacio puede ofrecernos sobre la vida en la Tierra. Mi primera vista de nuestro planeta azul me dejó sin aliento y nunca lo he recuperado.
Desde entonces, he trabajado para profundizar nuestra comprensión y valoración de este planeta. Los datos de observación —muchos de ellos procedentes de satélites— que alimentan nuestro conocimiento del planeta son fundamentales para esa comprensión. Entre otras cosas, las observaciones satelitales nos ayudan a entender cómo cambia el clima, predecir fenómenos meteorológicos peligrosos y dar aviso temprano de posibles pérdidas de cosechas o escasez de agua dulce.
La revolución de los macrodatos podría dar lugar a usos hoy inimaginables de los datos que recibimos de los satélites. Los emprendedores podrían idear nuevas aplicaciones y formas de combinar datos. Pero creo que los datos mismos deben considerarse un bien público. Cómo garantizarlo en un mundo donde los presupuestos públicos se ven restringidos y la exploración espacial es cada vez más asequible para los actores privados es una cuestión que merece reflexión seria y participación activa.
De los peces en Perú a la sequía en Australia
Vale la pena reflexionar sobre el hecho aleccionador de que somos la primera generación de seres humanos que siquiera puede tener esta conversación. Hace poco más de cuatro décadas, nadie habría pensado siquiera en relacionar, por ejemplo, las variaciones en las capturas de las pesquerías peruanas con períodos inusualmente secos en el centro de Australia. Solo cuando se dispuso de imágenes instantáneas tomadas por satélites en la década de 1970 pudimos identificar y empezar a comprender el fenómeno que las vinculaba: El Niño.
Desde entonces, nuestros usos de los datos espaciales se han vuelto cada vez más sofisticados. Por ejemplo, roza lo milagroso que podamos tener un grado razonable de confianza en los pronósticos meteorológicos a largo plazo. Los patrones meteorológicos son tan complejos que el caos debería imponerse sobre la previsibilidad en cuanto miramos apenas uno o dos días hacia delante. Sin embargo, al analizar patrones obtenidos durante años a partir de miles de distintos tipos de observaciones diarias, hemos mejorado nuestra capacidad para discernir los patrones más probables.
Ningún satélite por sí solo puede realizar todas las observaciones necesarias para elaborar un pronóstico meteorológico fiable. De hecho, tampoco pueden hacerlo los satélites de un solo país. Por eso se ha establecido una convención de intercambio de datos entre programas espaciales gubernamentales, para que las oficinas meteorológicas de cada país puedan acceder a toda la información que necesitan para predecir el tiempo.
Los datos como bien público
Esto es lo que quiero decir al considerar los datos un bien público. La capacidad de pronosticar huracanes, tifones, sequías y olas de calor beneficia claramente a toda la humanidad, y los datos en los que se basa se consideran, con razón, parte de los bienes comunes globales.
Creo que deberíamos aplicar el mismo enfoque a todo tipo de «inteligencia ambiental» que aportan los datos satelitales, combinados con sensores terrestres, siempre que tenga implicaciones que trasciendan las fronteras nacionales y estén en juego la vida y los medios de subsistencia de la población. Por ejemplo, al analizar los reflejos de microondas dirigidas hacia los bosques, podemos saber cuándo sus ecosistemas están bajo estrés; las mediciones de las temperaturas oceánicas nos ayudan a predecir dónde habrá peces; las observaciones desde el espacio pueden advertir de problemas en las condiciones del suelo y ayudar al mundo a prepararse para malas cosechas.
A medida que avanza la tecnología, también aumenta la capacidad de generar información práctica. En los últimos años, por ejemplo, los satélites nos han permitido cartografiar las diferencias de gravedad en la superficie terrestre con tal precisión que podemos calcular cuánta agua subterránea se almacena en los acuíferos, algo que antes era imposible. Dado el potencial de la escasez de agua dulce para afectar todo, desde la seguridad alimentaria hasta el suministro de energía y las tensiones geopolíticas, claramente conviene que esta información sea de dominio público.
«El precio podría pagarse con vidas humanas»
La cuestión de cómo garantizar que el conocimiento basado en el espacio se utilice en beneficio común se ha vuelto apremiante con el inicio de una nueva era espacial, en la que los satélites se han vuelto asequibles para los intereses privados. Al mismo tiempo, las finanzas públicas de los países que tradicionalmente han financiado grandes programas espaciales están bajo presión. Cada vez hay más presión para que los gobiernos compren datos a proveedores privados en lugar de financiar ellos mismos programas satelitales.
A primera vista, esto tiene sentido. Pero algunos cambios en el papel del sector privado en el espacio plantean hipótesis preocupantes. Imaginemos, por ejemplo, que un operador de materias primas monopolizara los datos que permiten predecir las cosechas. Podría ganar una fortuna en los mercados de futuros, pero el precio podría pagarse con vidas humanas si la falta de acceso a esos datos impidiera que los organismos públicos se prepararan para una hambruna.
A medida que proliferan los satélites privados y avanza la revolución de los macrodatos, debemos debatir los papeles público y privado en el espacio. Un modelo que cabe considerar es Climate Corporation, propiedad de Monsanto. Toma datos disponibles públicamente y les añade valor analizándolos de formas que generan recomendaciones por las que las personas están dispuestas a pagar: por ejemplo, cuándo debería un agricultor regar un campo. Los datos públicos subyacentes siguen estando disponibles gratuitamente —e incluso se pueden consultar en el nivel gratuito del servicio web de la empresa— y, por tanto, continúan sirviendo al público en general mediante alertas tempranas de sequías graves o pronósticos precisos de inundaciones estacionales.
En las próximas décadas, las nuevas tecnologías y modelos de negocio ampliarán radicalmente los datos disponibles de los satélites y los usos que se les pueden dar. Nuestro desafío es garantizar que las observaciones sobre nuestro planeta beneficien a todas las personas que viven en él.
Autora: Kathy Sullivan es subsecretaria de Comercio de Estados Unidos para los Océanos y la Atmósfera, y exastronauta de la NASA.
Imagen: Imagen facilitada por la NASA, tomada por el satélite GOES-13, que muestra la tormenta tropical Katia (centro, derecha) sobre el océano Atlántico el 30 de agosto de 2011. REUTERS/NASA/NOAA/GOES Project/Handout



