Empecemos, con espíritu steampunk, imaginando un pasado nuevo y distinto. Uno que difiere apenas un poco del que tenemos actualmente.
Así que bienvenidos al año 1867. La época victoriana está en su apogeo y una nueva y poderosa clase media adinerada busca en qué gastar su dinero. Las localidades y las ciudades parecen crecer más cada día que pasa, y los horizontes se transforman a medida que aparecen nuevos edificios por todas partes.
Sin embargo, hay un aspecto del paisaje urbano que nunca cambia. Adondequiera que mires, verás uno de los enormes gasómetros que han sido un elemento constante del perfil de la ciudad desde hace casi 20 años. Están llenos del gas hidrógeno, esencial para hacer funcionar las pilas de combustible —o baterías de gas, como las llaman los victorianos—, tan vitales para la economía y para alimentar la vida cotidiana.
Tanto en este pasado imaginado como en el real, la batería de gas fue inventada en 1842 por un joven galés de la entonces localidad de Swansea, William Robert Grove. Fue un dispositivo revolucionario porque, en lugar de utilizar sustancias químicas costosas para producir electricidad, como las baterías comunes, empleaba gases corrientes: oxígeno e hidrógeno.
Sin embargo, en esta línea temporal, a diferencia de la nuestra, en 20 años la asombrosa invención del científico galés había dado paso a una nueva revolución industrial y cultural.
La escena que imaginamos corresponde a la nueva era eléctrica del Imperio británico. Los carruajes sin caballos que recorren carreteras y vías férreas funcionan todos con electricidad procedente de bancos de baterías de gas. También funciona así la maquinaria de las fábricas y las hilanderías de algodón que producen los artículos baratos de los que procede la creciente riqueza de Gran Bretaña. La demanda de carbón para producir el hidrógeno necesario para hacer funcionar las baterías de gas ha transformado lugares como el sur de Gales, la región natal de Grove, donde se amplían las cuencas carboníferas para satisfacer la insaciable necesidad de más energía.
Los hogares de clase media están conectados a esos gasómetros mediante redes de tuberías que suministran el hidrógeno necesario como combustible para toda clase de prácticos aparatos eléctricos. Las máquinas para lavar la ropa —y los platos— han triplicado la carga de trabajo del servicio doméstico al transformar las expectativas de sus empleadores respecto a la higiene diaria. Hay máquinas para limpiar suelos y muebles. Los hornos eléctricos están sustituyendo rápidamente a las cocinas tradicionales en las casas más elegantes. Las baterías de gas también alimentan las linternas mágicas que entretienen a las familias de clase media todas las noches después de cenar.
Por supuesto, nada de esto ocurrió realmente. La verdadera historia de la energía y de la cultura que depende de ella ha sido bastante distinta durante los últimos 150 años, aproximadamente. Fueron el carbón y el petróleo, y no el hidrógeno, los que impulsaron las economías de los siglos XIX y XX.
Una curiosa pila voltaica
La historia real de la batería de gas comienza en octubre de 1842, cuando Grove, recién nombrado profesor de filosofía experimental en la Institución de Londres, escribió una breve nota a el químico y físico Michael Faraday de la Real Institución.
«Acabo de completar una curiosa pila voltaica que creo que le gustaría ver», escribió. El instrumento estaba «compuesto por recipientes alternos de oxígeno e hidrógeno, por cada uno de los cuales pasa una lámina de platino que se sumerge en recipientes separados de agua acidulada con ácido sulfúrico».
El efecto, tal como Grove se lo describió a Faraday, fue sorprendente: «con 60 de estas alternancias recibo una descarga desagradable y descompongo no solo yoduro de potasio, sino también agua, tan claramente que asciende de cada electrodo un flujo continuo de finas burbujas». Grove había inventado una batería que convertía el hidrógeno y el oxígeno en electricidad y agua.
En 1842, Grove se estaba haciendo un nombre en los círculos científicos de la metrópoli. Había nacido en 1811 en el seno de una familia destacada en la vida comercial y pública de Swansea, y creció en un mundo donde se comprendían ampliamente la importancia y la utilidad de la ciencia. Entre los vecinos de los Grove había destacados industriales, como el fabricante de cerámica y botánico Lewis Weston Dillwyny John Henry Vivian —industrial y político—, quienes también eran miembros de la Real Sociedad.
Grove estudió en el Brasenose College de Oxford antes de ir a Londres para prepararse para ejercer la abogacía. Allí se hizo miembro de la Real Institución y, al parecer, fue por entonces cuando empezó a experimentar activamente con la electricidad.
Baterías económicas
Fue entonces cuando empezaron a aparecer algunos de los primeros trabajos científicos de Grove. En 1838 dio una conferencia ante la sociedad en la que describió una batería nueva que había inventado: «una batería económica inventada por el señor Grove, fabricada con placas alternas de hierro y madera fina, como la que usan los sombrereros».
Este énfasis en la economía reaparecería en su trabajo sobre la potente batería de ácido nítrico que desarrolló un año después —y que le valió el nombramiento como profesor mencionado anteriormente y su ingreso en la Real Sociedad—, así como en su trabajo sobre la batería de gas.
Grove describió en una carta a la revista Philosophical Magazine cómo la batería «con la disposición adecuada libera seis pulgadas cúbicas de gases mezclados por minuto, calienta hasta poner al rojo vivo siete pulgadas de alambre de platino de 1/40 de pulgada de diámetro, quema agujas de diámetro similar con hermosas centelleos y afecta proporcionalmente al imán». Esta es una forma típica de demostrar la potencia de una batería. Los científicos mostraban cómo podía descomponer el agua en sus gases constituyentes, hacer brillar alambres o accionar un electroimán.
De manera significativa, Grove también añadió que, puesto que «parece probable que, en un futuro no muy lejano, la electricidad voltaica pueda convertirse en un medio útil de locomoción, la disposición de las baterías para obtener la máxima potencia en el menor espacio posible cobra importancia». De hecho, poco después de que Grove anunciara su invención, el ingeniero de origen alemán Moritz Hermann von Jacobi utilizó un conjunto de baterías de Grove para impulsar una lancha con motor electromagnético por el río Nevá, en San Petersburgo. Más adelante, la industria telegráfica estadounidense también utilizó ampliamente esta tecnología.
Nacida de la necesidad
El trabajo continuo de Grove para hacer que las baterías fueran más eficientes y económicas condujo directamente a la batería de gas, precursora de la moderna pila de combustible. Quería averiguar qué ocurría exactamente durante el proceso de generación de electricidad a partir de reacciones químicas.
Esto mostraba cómo «los gases, al combinarse y adquirir forma líquida, generan fuerza suficiente para descomponer un líquido similar y hacer que adquiera forma gaseosa». Para Grove, este era «el efecto más interesante de la batería; muestra un ejemplo tan bello de la correlación de las fuerzas naturales».
La batería de gas aportó pruebas contundentes a favor de la teoría que Grove había desarrollado sobre la interrelación de las fuerzas, y que describió unos años después en su ensayo, Sobre la correlación de las fuerzas físicas. Allí sostenía:
que los diversos agentes imponderables, o las afecciones de la materia, que constituyen los principales objetos de la física experimental, a saber, el calor, la luz, la electricidad, el magnetismo, la afinidad química y el movimiento, están todos correlacionados o dependen recíprocamente unos de otros. Que ninguno de ellos, considerado de forma abstracta, puede considerarse la causa esencial o inmediata de los demás, sino que cualquiera puede, como fuerza, producir o convertirse en otro; así, el calor puede producir electricidad de manera mediata o inmediata, la electricidad puede producir calor, y lo mismo ocurre con los demás.
En otras palabras, las fuerzas eran intercambiables y cualquiera de ellas podía manipularse para generar las demás.
Pero ¿qué hay de la utilidad y la potencia práctica? Grove creía claramente, al igual que muchos de sus contemporáneos —entre ellos William Sturgeon, inventor del electroimán—, que el futuro era eléctrico. No tardarían en reemplazar la máquina de vapor los motores electromagnéticos como el que Jacobi había utilizado para su embarcación en el Nevá. Solo había que encontrar la manera más adecuada y económica de producir electricidad para ese fin.
Como explicó ante una reunión de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia en 1866, si:
en lugar de emplear productos manufacturados o reactivos, como el zinc y los ácidos, pudiéramos convertir en electricidad toda la fuerza química activa en la combustión de materias primas baratas y abundantes… obtendríamos uno de los mayores bienes prácticos deseables y tendríamos a nuestra disposición una potencia mecánica cuya aplicabilidad sería, en todos los aspectos, superior a la de la máquina de vapor.
En la actualidad, estamos lejos de encontrar un modo práctico de sustituir esa reserva de energía que son las cuencas carboníferas; pero podemos confiar en que, en este caso como en otros, la necesidad dará origen a la invención cuando surja esa necesidad.
Sin embargo, tenía claro que hacer realidad ese sueño concreto no era asunto suyo: «parece una sensibilidad excesivamente refinada que nos ocupemos de proporcionar medios a nuestros descendientes de la décima generación para calentar sus hogares o propulsar sus locomotoras».
Un pasado nuevo
Desde luego, Grove no intentó convertir su batería de gas en un dispositivo económico, pero, como a muchos victorianos, le gustaba mirar al futuro y situar allí sus tecnologías. En muchos sentidos, fueron victorianos como Grove quienes inventaron esa idea del futuro como un país distinto, tan familiar para nosotros hoy. Su futuro iba a ser un país lleno de tecnologías nuevas, en particular tecnologías eléctricas.
Cuando Grove murió en 1896, los comentaristas ya predecían un futuro en el que la electricidad lo haría todo. La electricidad impulsaría los sistemas de transporte. La electricidad haría crecer los cultivos. La electricidad ofrecería entretenimiento. La electricidad ganaría guerras. Parecía casi imposible hablar de electricidad sin evocar el futuro que traería consigo.
Todo esto nos lleva de nuevo, de forma natural, al nuevo pasado de Grove y a la batería de gas que podrían hacer realidad las tecnologías del futuro. Si se cumple el futuro de una tecnología eléctrica nueva y limpia que hoy nos ofrecen quienes promueven la pila de combustible, la oscura historia de una curiosa invención menor, obra de un científico galés casi olvidado, se convertirá en un episodio épico de la historia de la tecnología.
Ese futuro, si llega a hacerse realidad, cambiará nuestro pasado. Cambiará la forma en que entendemos la historia de la tecnología victoriana y cómo los victorianos usaron esas tecnologías para contar historias sobre su propio futuro. No debemos olvidar que seguimos proyectando nuestros futuros de la misma manera que ellos. Proyectamos fragmentos de nuestras tecnologías actuales hacia el futuro de una forma muy similar.
En ese caso, resulta interesante especular por qué ciertos tipos de tecnologías permiten imaginar futuros prometedores y otros, aparentemente, no. A finales del siglo XIX, la batería de gas claramente no parecía a muchos una tecnología capaz de construir el futuro. Ahora sí.






