Esto es lo que frena la investigación sobre el alzhéimer

An elderly man makes his way down Primrose Hill in London as the sun sets November 12. As the approaching Winter shortens daylight in Britain, many were out in the park making the most of the remaining daylight on a crisp and clear day.BRITAIN WEATHER
The obstacles that are preventing a cure for Alzheimer's need to be recognised to progress in research.Image: REUTERS/Kevin Lamarque
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Hace treinta años, los científicos comenzaron a desentrañar los misterios relacionados con la causa de la enfermedad de Alzheimer. Este conocimiento dio paso a una época de gran entusiasmo ante la posibilidad de que los científicos desarrollaran nuevas terapias para prevenir el alzhéimer o ralentizar significativamente los síntomas una vez que aparecieran.

A pesar de los continuos avances y de la renovada esperanza de que algunas terapias que ahora se prueban en humanos modifiquen el curso de la enfermedad, la realidad ha moderado considerablemente el optimismo inicial de neurocientíficos como yo. Numerosas terapias, la mayoría con sólidos fundamentos científicos, se han probado y han demostrado ser ineficaces en personas con síntomas de la enfermedad de Alzheimer.

Al igual que la guerra contra el cáncer, la lucha contra la enfermedad de Alzheimer no se ganará en una única «batalla» gloriosa. En cambio, creo que los avances graduales, pero transformadores, acabarán conduciendo al éxito. A diferencia del cáncer, la comunidad científica aún no tiene «historias de supervivencia» que impulsen nuestros esfuerzos, y será necesario un esfuerzo concertado de los científicos, las empresas farmacéuticas, el Gobierno y la sociedad para hacer realidad el fin de la enfermedad de Alzheimer. Solo si reconocemos y afrontamos todos los obstáculos que impiden desarrollar terapias contra el alzhéimer podremos confiar en que nuestra lucha tendrá éxito.

Image: Informe Mundial sobre el Alzheimer 2015

Como médico científico y director del McKnight Brain Institute de la Universidad de Florida, y tras comenzar a estudiar la enfermedad de Alzheimer en la facultad de Medicina a finales de los años ochenta, valoro la magnitud de los avances científicos que hemos logrado colectivamente. También he llegado a la sobria conclusión de que convertir estos avances en terapias reales que marquen una diferencia para los pacientes que padecen esta devastadora enfermedad es un asunto de enorme complejidad que no se limita a la ciencia.

Hay dos importantes obstáculos ajenos a la ciencia —la falta de financiación y la legislación sobre patentes— que exigirán un esfuerzo concertado de los científicos, los ciudadanos preocupados, la sociedad y nuestros legisladores para superarlos.

La financiación mejora, pero sigue siendo insuficiente

Los Gobiernos de los países industrializados han reconocido que la financiación de la investigación sobre la enfermedad de Alzheimer y las demencias relacionadas es insuficiente. Esta falta de fondos está recibiendo cada vez más atención. De hecho, Bill Gates reconoció públicamente hace poco la necesidad de aumentar la financiación y se comprometió a aportar 50 millones de dólares estadounidenses a la investigación sobre el alzhéimer.

Solo en Estados Unidos, la financiación de los Institutos Nacionales de Salud ha aumentado en los últimos cinco años, de 503 millones de dólares al año a 1.391 millones de dólares al año, y se propone un aumento adicional de unos 400 millones de dólares para 2018.

A muchos, incluso 500 millones de dólares al año pueden parecerles una suma enorme, pero, teniendo en cuenta que los costes actuales del alzhéimer para la sociedad estadounidense ascienden a unos 200.000-250.000 millones de dólares al año , el dinero destinado a la investigación es una gota en el océano. Además, si lo comparamos con la financiación para el cáncer (unos 6.000 millones de dólares al año de los Institutos Nacionales de Salud), creo que este aumento de fondos es apropiado y necesario.

Debido al aumento de la esperanza de vida de los estadounidenses, los grupos de defensa de las personas afectadas por el alzhéimer y otras entidades estiman que el número de personas con demencia podría casi triplicarse, de 5 millones a 13,5 millones.

Vamos por buen camino, pero si podemos gastar 6.000 millones de dólares al año en el cáncer, quizá tengamos que gastar esa misma cantidad en la demencia para marcar la diferencia.

La prevención: un objetivo importante aún no alcanzado

Uno de los retos del tratamiento de la enfermedad es que, cuando una persona presenta síntomas de alzhéimer, el cerebro ya está plagado de lesiones patológicas. Por eso, muchos esfuerzos de investigación se centran en la prevención.

Ahora sabemos que las patologías que impulsan la enfermedad —depósitos de proteínas llamados placas amiloides y ovillos neurofibrilares— aparecen unos 20 años o más antes de que se manifiesten síntomas evidentes de demencia.

Estas se acumulan gradualmente y en secuencia en el cerebro: el amiloide precede a la patología anormal de los ovillos, y esta última parece estar más estrechamente relacionada con el deterioro cognitivo.

Por tanto, si podemos prevenir estos depósitos con fármacos de molécula pequeña, anticuerpos o incluso terapias génicas, quizá podamos prevenir la enfermedad de Alzheimer. Hay varios estudios en curso, pero aún no existen terapias preventivas.

También se están investigando intervenciones en el estilo de vida, como el ejercicio y los juegos mentales para «mejorar la memoria», como posibles formas de evitar o ralentizar el deterioro cognitivo. Sin embargo, no hay pruebas de que estas medidas alteren la patología subyacente y hay pocas pruebas de que ralenticen el curso de la enfermedad.

He conocido a demasiadas personas que llevaron un estilo de vida muy saludable y se mantuvieron activas intelectual y socialmente toda la vida, pero aun así desarrollaron alzhéimer. Son un testimonio de por qué necesitamos terapias que alteren realmente el proceso patobiológico subyacente a la enfermedad.

Un obstáculo inesperado: la legislación sobre patentes

Un impedimento importante, del que apenas se habla, para probar y desarrollar las mejores terapias preventivas es la legislación vigente sobre patentes.

Costes de los ensayos clínicos concluyentes necesarios para probar incluso una terapia para personas con síntomas pueden superar los 1.000 millones de dólares, y los costes de los ensayos de prevención serán muy superiores a esa cifra.

Es probable que los ensayos de prevención duren entre cinco y diez años —o más— antes de dar una respuesta sobre si el fármaco o la intervención funciona. La protección de la patente y la exclusividad de mercado podrían haber caducado para cuando se apruebe un fármaco, o quedarles solo unos pocos años de vigencia.

Esto limita gravemente la capacidad del sector farmacéutico para invertir en estudios de prevención del alzhéimer: desde el punto de vista empresarial, no puede justificar el coste.

El Dr. Todd Golde, director del McKnight Brain Institute de la Universidad de Florida, habla sobre la investigación del alzhéimer.

Esto plantea un enorme dilema. Los investigadores y las personas a quienes esperamos ayudar necesitan inversión del sector privado, pero este no tiene un incentivo financiero claro para realizar estos estudios. Los científicos de las empresas farmacéuticas sencillamente no pueden justificar desde el punto de vista empresarial arriesgar miles de millones de dólares para desarrollar y probar una terapia preventiva contra el alzhéimer que quizá funcione o quizá no, si solo pudiera aprobarse para su uso después de que caducara la patente que la protege. La empresa nunca podría recuperar los costes de desarrollo.

Por eso, nuestra sociedad necesita un nuevo modelo financiero para desarrollar terapias preventivas que incentive las inversiones arriesgadas a largo plazo que se requieren. Un modelo que podría considerarse permitiría a los organismos reguladores conceder exclusividad de mercado, incluso sin protección de patente, durante un periodo que permita a la empresa obtener el rendimiento típico de la inversión en una terapia «superventas». Esto podría negociarse caso por caso, con una fórmula del rendimiento de la inversión establecida de antemano.

Hacia un futuro más prometedor

Aunque avancemos hacia la prevención del alzhéimer, los investigadores reconocen que debemos seguir esforzándonos por ayudar a quienes ya padecen la enfermedad y a quienes probablemente la desarrollen antes de que dispongamos de medidas preventivas eficaces.

Como campo de investigación, estamos aprendiendo de nuestros fracasos pasados. Nuestro conocimiento de la enfermedad aumenta de forma inexorable y nunca habíamos contado con herramientas mejores.

Además, el aumento de la financiación está atrayendo a nuevos investigadores con ideas nuevas que podrían cambiar las cosas. Gracias a estos avances, sigo siendo optimista: no solo prevendremos el alzhéimer, sino que podremos ayudar a quienes desarrollen la enfermedad en un futuro próximo. De hecho, esperamos que, trabajando juntos, podamos cambiar el modo de hablar del alzhéimer y las demencias relacionadas, y pasar de considerarlas inevitables e intratables a prevenibles y tratables.

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