Vivimos en un momento decisivo, a las puertas de la oportunidad y la calamidad. La Cuarta Revolución Industrial promete avances tecnológicos capaces de transformar radicalmente la naturaleza de la vida en la Tierra a un ritmo sin precedentes.
Al mismo tiempo, nos enfrentamos a numerosos desafíos críticos que amenazan con desestabilizar radicalmente las sociedades y la ecología del planeta. Entre ellos figuran la aceleración del cambio climático, el aumento de la desigualdad, la agitación política, las alteraciones de los mercados laborales y los desplazamientos masivos de personas, por mencionar solo algunos.
¿Están nuestras instituciones preparadas para afrontar con éxito los desafíos y las oportunidades del siglo XXI? ¿Pueden garantizar que la Cuarta Revolución Industrial avance de una manera que maximice los beneficios y minimice los perjuicios para las personas y el planeta?
Lamentablemente, no están preparadas ni pueden hacerlo. Las pruebas están a nuestro alrededor. Los gobiernos carecen de recursos, están sobrecargados y se ven limitados por los intereses empresariales de los que dependen para obtener recursos. Las empresas están atrapadas en un entorno donde el sistema les exige comportarse de una manera que maximice los beneficios, a menudo a costa de la sociedad y el medio ambiente, aunque la mayoría de las partes interesadas, desde los directores ejecutivos hasta los consumidores, prefieren seguir un camino más responsable, con propósito y sostenible.
Las organizaciones sin ánimo de lucro padecen una grave falta de recursos y se enfrentan a una demanda creciente de sus servicios, mientras las empresas externalizan aún más los costos sociales y ambientales y los gobiernos dejan de proporcionar redes de protección social adecuadas.
Las mejoras graduales no bastan
Los sistemas económicos y modelos organizativos dominantes de hoy en todo el mundo han quedado obsoletos. Nacieron en la era industrial, cuando los recursos naturales eran relativamente abundantes, los derechos humanos se concebían de forma limitada y la globalización apenas comenzaba. Estas realidades han cambiado drásticamente en los últimos siglos, y sobre todo en las últimas décadas, lo que ha creado una enorme presión para adaptarse.
En respuesta, se han puesto en marcha innumerables iniciativas. Responsabilidad Social Corporativa, sostenibilidad, marketing con causa, filantropía de riesgo, inversión de impacto, capitalismo consciente, economía circular, empresa inclusiva, empresa social, auditoría social, privatización, financiación combinada: la lista continúa. Pero, pese a los enormes avances logrados gracias a estas iniciativas en las últimas décadas, la escala y la urgencia de los mayores desafíos del mundo han aumentado a un ritmo alarmante, superando los progresos. Esto se debe en gran medida a la arquitectura actual del sistema, en la que el crecimiento económico, convertido en el motor del progreso, agrava involuntariamente muchos de los problemas que afrontamos. Es sencillamente suicida seguir intentando crecer para salir de estos problemas sin abordar las deficiencias estructurales subyacentes del sistema.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), adoptados en 2015 por los líderes de todos los países, son un claro llamamiento a la acción. Los ODS comprenden 169 metas agrupadas en 17 objetivos amplios para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y garantizar la prosperidad para todos, como parte de una agenda integral de desarrollo sostenible que debe cumplirse en todo el mundo para 2030. Ofrecen un buen marco para comprender la amplitud, la escala y el ritmo del esfuerzo necesario para afrontar los desafíos que tenemos por delante.
A casi dos años del inicio del plazo de 15 años, los avances han sido decepcionantes. Cada vez se reconoce más que, si queremos alcanzar estas metas y construir un mundo mejor para todos de aquí a 2030, no bastarán las prácticas habituales ni la continuación de las reformas graduales. En cambio, necesitamos un progreso exponencial, a partir de ahora.
Esto solo podrá lograrse si actualizamos nuestros modelos organizativos heredados y nuestros sistemas económicos mediante una arquitectura fundamentalmente nueva [véase la nota al pie], diseñada para ofrecer una buena calidad de vida a todos y proteger el planeta, incluso mientras afrontamos las disrupciones tecnológicas, económicas, políticas y ecológicas que sin duda nos esperan. En resumen, una economía sostenible, inclusiva y resiliente.
Un camino a seguir: desarrollar el cuarto sector
La buena noticia es que esta transformación ya está en marcha de manera orgánica y ahora tenemos la oportunidad de acelerarla.
La mayoría de las economías modernas del mundo han evolucionado hasta convertirse en sistemas de tres sectores, compuestos por los sectores público, privado y tercero (es decir, el gobierno, las empresas con fines de lucro y las organizaciones sin ánimo de lucro). En las últimas décadas, este panorama ha cambiado. Muchas empresas con fines de lucro han ampliado su propósito para perseguir objetivos sociales y ambientales, mientras que numerosas organizaciones sin ánimo de lucro y gubernamentales han adoptado enfoques basados en el mercado para avanzar sus objetivos.
Al mismo tiempo, ha surgido un nuevo cuarto sector de la economía en la intersección de los tres sectores tradicionales. Está compuesto por organizaciones con propósito social, que adoptan una gran variedad de modelos, todos con dos características comunes. Al igual que las organizaciones sin ánimo de lucro, su propósito principal es promover el beneficio social y, como las empresas con fines de lucro, generan una parte sustancial de sus ingresos mediante actividades comerciales. La Fundación Schwab para el Emprendimiento Social apoya una red mundial de varios cientos de empresas ejemplares con propósito social que trabajan en una amplia variedad de temas y sectores.
Aunque hay una escasez de datos sobre el cuarto sector, hay indicios de que podría representar hasta el 10% del PIB y registrar una tasa de crecimiento del empleo casi dos veces superior a la de las empresas tradicionales con fines de lucro en Estados Unidos y Europa. Numerosos estudios apuntan a una demanda considerable de enfoques propios del cuarto sector entre consumidores, inversores y otras partes interesadas. Según un informe del Monitor Global de Emprendimiento, cada año se lanzan millones de empresas emergentes con propósito social en todo el mundo. El sector está preparado para crecer rápidamente.

Esto es importante porque desarrollar el cuarto sector es esencial para abordar los desafíos mundiales y construir economías más inclusivas y sostenibles. El Banco Mundial ha estimado que, para alcanzar los ODS en 2030, deben fluir billones de dólares de capital privado hacia empresas de todo el mundo que generen un fuerte impacto social, ambiental y económico. Muchas de ellas tendrán que ser empresas con propósito social, cuyo objetivo sea generar esos impactos, en lugar de empresas tradicionales que buscan maximizar los beneficios.
Sin embargo, existen obstáculos importantes. Cada uno de los tres sectores tradicionales cuenta con su propio sistema especializado de apoyo, que facilita la creación y el funcionamiento de las organizaciones que lo integran. Por ejemplo, las empresas con fines de lucro y las organizaciones sin ánimo de lucro tienen, cada una, entornos normativos y mercados financieros propios.
En cambio, el ecosistema del cuarto sector está en una fase muy incipiente y sumamente fragmentado. Aunque lleva décadas desarrollándose, el sector aún no está bien reconocido ni comprendido. Por ejemplo, varios países han promulgado nuevas leyes para reconocer formalmente a las empresas con propósito social como una categoría de organización, pero su alcance es muy limitado, son experimentales y no satisfacen las necesidades de la abrumadora mayoría de las organizaciones del cuarto sector. Por consiguiente, la mayoría de las empresas con propósito social siguen constituyéndose legalmente dentro de los límites de los tres sectores tradicionales.
En casi todos los demás aspectos, las empresas con propósito social deben adaptarse a los sistemas de los otros sectores para sobrevivir, lo que a menudo las obliga a desviar recursos y energía de sus misiones principales. Ninguno de los tres sectores tradicionales está diseñado para apoyar a organizaciones que buscan integrar en una sola entidad las lógicas institucionales empresariales y una misión social o ambiental. A menudo existen restricciones o desincentivos específicos para hacerlo. Por consiguiente, en ese entorno las organizaciones con propósito social se encuentran en desventaja frente a las empresas tradicionales con fines de lucro y las organizaciones sin ánimo de lucro, a menos que acepten compromisos que diluyan su misión o dificulten su crecimiento a escala.
Para cumplir con éxito sus objetivos comerciales y de impacto, las empresas con propósito social necesitan sistemas de apoyo sólidos, como los de los otros sectores, pero adaptados a sus requisitos específicos. Necesitan acceso a mercados financieros que busquen impactos sociales y ambientales positivos, entornos normativos y regulatorios propicios, normas y herramientas integradas de evaluación e información, asistencia técnica y jurídica especializada, programas de capacitación y mucho más. En resumen, los mecanismos que hacen funcionar un mercado.
Un desafío con grandes oportunidades y un papel para todos
Actualmente, todo el sistema del cuarto sector y la arquitectura del modelo de empresas con propósito social se están desarrollando orgánicamente, en tiempo real, mediante numerosos esfuerzos descoordinados en todo el mundo. Si adoptamos un enfoque más deliberado y coordinado para desarrollar el sector, partiremos de una «hoja en blanco» para diseñar y construir un nuevo sistema optimizado que apoye y amplíe soluciones sostenibles, inclusivas y basadas en el mercado para los problemas sociales y ambientales. Los principios de sostenibilidad e inclusión quedarán integrados en el ADN de las empresas con propósito social y de su sistema, de modo que, al crecer el cuarto sector, no generará el nivel de externalidades negativas que observamos en las empresas tradicionales.
Estas son precisamente las reformas sistémicas necesarias para alcanzar los ODS y actualizar nuestras economías a fin de responder a las exigencias del siglo XXI. Además, resulta exponencialmente más fácil lograrlas mediante la creación del cuarto sector que intentando rediseñar los otros tres.
Como el cuarto sector constituye un panorama organizativo diferenciado, podemos poner a prueba y ampliar rápidamente nuevos marcos normativos y regulatorios, estructuras financieras, métricas y otras innovaciones sistémicas en un entorno de pruebas, sin afectar directamente a las organizaciones existentes en los otros sectores. Esto ayudará a evitar los altos niveles de resistencia e inercia institucional que suelen acompañar al cambio sistémico. También contamos con la ventaja de la experiencia acumulada, pues nuestros esfuerzos pueden basarse en las mejores lecciones aprendidas de iniciativas anteriores para estructurar y reformar organizaciones y sistemas económicos en todo el mundo.
Desarrollar este sistema no solo acelerará el crecimiento y aumentará el impacto del cuarto sector, sino que también ampliará la capacidad de los otros sectores para impulsar cambios positivos. Su modelo ofrecerá el entorno de apoyo que buscan las organizaciones de otros sectores y que tienen dificultades para equilibrar su compromiso con el impacto social y la necesidad de obtener beneficios.
Para las empresas, el crecimiento del cuarto sector facilitará el acceso a mercados más amplios, nuevos clientes y oportunidades comerciales y de inversión. Mejorará la participación de las partes interesadas, elevará la productividad y fortalecerá las cadenas de suministro. Puede transformar las posibilidades de los sectores cuyos productos y servicios constituyen un bien público por naturaleza, como la atención sanitaria, las infraestructuras, los servicios públicos, la energía, la educación, el periodismo, el transporte público y la banca.
Para las organizaciones sin ánimo de lucro, el cuarto sector ofrecerá nuevas oportunidades de contratación y colaboración, más recursos filantrópicos y la posibilidad de crear soluciones autosuficientes y escalables. Por último, para los gobiernos, su crecimiento generará mayores ingresos y más inversión privada, además de estimular la creación de empleo y el crecimiento económico, al tiempo que reducirá las obligaciones derivadas del deterioro social y ambiental.
Cuando esté plenamente desarrollado, el cuarto sector estará compuesto por millones de personas y organizaciones de todo el mundo que, desde sus respectivos ámbitos, apoyarán de muchas maneras a las empresas con propósito social. Los responsables de formular políticas, inversores, empresas, consumidores, emprendedores, el mundo académico, la sociedad civil, los medios de comunicación, las comunidades religiosas, los filántropos y otros grupos tienen todos un papel importante que desempeñar. Esto requerirá movilización y colaboración a gran escala.
Afortunadamente, gran parte de la actividad estará impulsada por la demanda. Como se indicó antes, consumidores, inversores y otras partes interesadas de todo el mundo muestran una demanda considerable de organizaciones con propósito social. Esto, a su vez, genera una demanda importante de organizaciones con propósito social y de todos los componentes del sistema de apoyo del cuarto sector: sus leyes y abogados, normas y profesionales de contabilidad, capital de inversión, capacitación, etc. Formar parte del cuarto sector y de su sistema generará enormes oportunidades para muchas personas.
Ha llegado el momento de unirnos e invertir billones de dólares en el desarrollo del cuarto sector de aquí a 2030. Esto desencadenará una ola de innovación y emprendimiento capaz de ofrecer soluciones escalables a los apremiantes desafíos mundiales y reducir la brecha para alcanzar los ODS. La expansión del cuarto sector catalizará la transformación sistémica necesaria para situar nuestras economías en el siglo XXI y encaminarnos hacia una economía mundial sostenible, inclusiva y resiliente.
Por abrumadora que pueda parecer una transformación así, el hecho de que los seres humanos hayamos demostrado una y otra vez nuestra capacidad para realizar tareas audaces y aparentemente imposibles debería darnos el valor para intentarlo. Este es el gran proyecto de nuestra época, comparable a llegar a la Luna.

Nota al pie: una lección de la informática
El cambio sistémico puede parecer muy complejo y abstracto, así que conviene tomar prestada una analogía del mundo de la informática para hacerlo más tangible.
Para abordar los desafíos mundiales a los que nos enfrentamos, necesitamos una transformación fundamental tanto en las organizaciones como en los sistemas económicos. Piensa en las organizaciones individuales de una economía como si fueran aplicaciones, y en el sistema económico en el que operan como su sistema operativo, como un procesador de textos que funciona en Microsoft Windows o un juego que funciona en iOS o Android.
En informática, se puede mejorar el rendimiento de una aplicación hasta cierto punto antes de tropezar con las limitaciones del sistema operativo en el que funciona. Lo mismo ocurre con una economía: solo se puede mejorar hasta cierto punto el desempeño social y ambiental de una empresa antes de encontrarse con las limitaciones del sistema económico en el que opera. Por mucho que intentes mejorar sus productos o servicios, procesos, operaciones o gobernanza para que sea más responsable y genere más impacto, si los mercados financieros, el entorno regulatorio o los mercados de consumo no son compatibles con esos cambios, tus esfuerzos se verán frustrados.
Debemos actualizar nuestros sistemas económicos para poder mejorar suficientemente el desempeño de nuestras organizaciones.
Los sistemas operativos de las computadoras suelen actualizarse de dos maneras: mediante mejoras graduales o mediante grandes actualizaciones. Las mejoras graduales se realizan con lanzamientos periódicos de software que mejoran las funciones y el rendimiento, hasta que los avances en la tecnología del hardware subyacente o ciertas funciones deseadas hacen necesario rediseñar por completo el sistema operativo, incluida una arquitectura totalmente nueva. Para quienes lo recuerden, la transición de Microsoft de MS-DOS a Windows a mediados de la década de 1990 fue una actualización de este último tipo.
Durante décadas, hemos dedicado esfuerzos a mejorar nuestros sistemas económicos de forma gradual, pero las circunstancias exigen ahora una gran actualización hacia una arquitectura rediseñada fundamentalmente. Debemos aceptar esta realidad si queremos afrontar con éxito las oportunidades y los desafíos de la Cuarta Revolución Industrial y lograr una economía mundial sostenible, inclusiva y resiliente.


