A estas alturas, podemos ver que la cuarta revolución industrial puede ofrecer una sólida ventaja competitiva a las empresas que crean modelos de negocio innovadores gracias a las tecnologías avanzadas. Pero, en lo que respecta a las economías nacionales, ¿dónde y cómo está aumentando la competitividad la cuarta revolución industrial (4IR)?
Si usamos la innovación como indicador de la adopción de tecnología digital en las economías desarrolladas, la competitividad de los países mejor posicionados parece corresponderse bastante bien con la innovación. Por ejemplo, casi todos los 10 primeros países del Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial también encabezan el Índice Mundial de Innovación de INSEAD y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.
Esto no sorprende, ya que países como el Reino Unido y Singapur, que aparecen entre los 10 primeros de ambas listas, son economías nacionales con puntuaciones altas en los indicadores que conforman tanto los índices de competitividad como los de innovación. Entre ellos figuran factores como una infraestructura sólida, un alto nivel de preparación tecnológica y una fuerza laboral bien formada, considerados generalmente los pilares de la competitividad y, al parecer, también de la innovación.
Este patrón también se mantiene, en general, en los países considerados economías emergentes o de menores ingresos. Estos países suelen obtener puntuaciones más bajas en indicadores como la infraestructura, la preparación tecnológica y la educación. Por tanto, sus puntuaciones de innovación se corresponden con las de competitividad.
Sin embargo, si nos fijamos en ejemplos concretos de innovación, el panorama es algo menos claro. En otras palabras, hay empresas realmente exitosas y muy competitivas que utilizan tecnologías avanzadas, pero operan en países cuyo desempeño competitivo nacional es claramente deficiente.
Una brecha digital cada vez mayor
Países en desarrollo como Kenia, Argentina y Brasil cuentan con empresas locales que aprovechan plenamente los modelos de negocio innovadores que posibilitan las tecnologías avanzadas. Kenia, a menudo llamada «la sabana del silicio», es la sede de la influyente M-Pesa, que ha revolucionado sectores como la banca y el comercio minorista en África mediante el uso de tecnologías digitales y móviles. Sin embargo, la posición de Kenia como nación en la clasificación de competitividad ha caído en los últimos dos años.
Del mismo modo, Argentina alberga a la mayoría de los unicornios tecnológicos de América Latina. Pero, una vez más, su posición en la clasificación de competitividad nacional pasó del puesto 94 en 2013 al 104 en 2017. Brasil es el mayor fabricante de aviones regionales del mundo y uno de los cinco principales fabricantes mundiales en este sector de alta tecnología. Sin embargo, su posición en la clasificación de competitividad nacional ha descendido del puesto 48 en 2013 al 81 en 2017.
Incluso en economías más maduras, las empresas innovadoras no son necesariamente un presagio de competitividad nacional. Corea, donde Samsung se considera líder en innovación, ha perdido competitividad nacional en los últimos años, pasando del puesto 19 en 2013 al 26 en la actualidad. China, sede de 6 de las 50 empresas más innovadoras de la lista de Fast Company de 2017, sigue teniendo dificultades para entrar entre los 25 primeros puestos del índice de competitividad nacional.

Parece haber otro factor que afecta a la competitividad nacional de todas estas economías, pese a los logros innovadores de sus empresas: el entorno empresarial. Desde las políticas laborales y la inflación hasta los impuestos y la corrupción, se trata de economías nacionales donde hacer negocios es difícil.
En China y Corea, las políticas laborales y la burocracia ineficiente son factores clave que dificultan hacer negocios en esos países. En Brasil y Kenia, la corrupción es un problema importante, junto con la inestabilidad de las políticas. La inestabilidad de la moneda está generando incertidumbre en Argentina y también en China. De estos países, solo Corea figura entre los diez primeros de la encuesta Facilidad para hacer negocios del Banco Mundial de 2017 (aunque cayó un puesto respecto de 2016). Ninguno de los demás aparece siquiera entre los 50 primeros.
¿Qué significa todo esto? Sin duda, nos muestra que existen empresas extraordinarias que, de algún modo, son innovadoras y competitivas pese a los obstáculos que afrontan sus economías nacionales. Aunque sea una gran historia, no es un modelo sostenible. En general, las empresas innovadoras impulsan la competencia, y esta fomenta nuevos modelos de negocio que, gracias a las tecnologías avanzadas (pensemos en la 4IR), crean nuevos mercados.
Pero solo es posible ampliar este tipo de competitividad e innovación a toda una economía nacional mediante políticas públicas favorables a las empresas, como impuestos bajos, una regulación eficiente del trabajo y de las empresas, y poca corrupción; así como mediante la estabilidad económica, por ejemplo, una moneda estable, bajo desempleo y empleos de calidad.
La verdadera lección podría ser esta: las empresas que adoptan modelos de negocio innovadores gracias a las tecnologías avanzadas de la 4IR juegan en otra categoría. La esencia misma que impulsa la 4IR es una mentalidad disruptiva, posibilitada por una tecnología accesible y barata, y no necesariamente por entornos empresariales favorables o altas puntuaciones en los factores de competitividad. Por eso, las empresas innovadoras de la 4IR parecen capaces de superar el rendimiento de las economías nacionales en las que operan. Sin embargo, con un entorno empresarial sólido, este éxito podría muy bien traducirse en competitividad nacional.


