Albert Einstein tenía 16 años cuando coqueteó por primera vez con la idea de la relatividad especial.
Era un soñador. La teoría pionera que lo llevó a sentar las bases de la física moderna surgió en realidad de uno de sus muchos experimentos mentales célebres.
En concreto, se preguntó qué ocurriría si cabalgara sobre una onda de luz en movimiento a velocidad constante, como un surfista, por ejemplo. Puesto que en ese caso viajarían a la misma velocidad, predijo que la onda de luz le parecería inmóvil.
Entonces no lo sabía, pero aquel sencillo pensamiento llevaría al derrumbe de algunos de los trabajos más impresionantes realizados en física durante los siglos anteriores. Lo cambió todo.
Lo curioso es que no son únicos los relatos de ideas brillantes surgidas de una reflexión profunda. A lo largo de la historia, figuras ilustres como Charles Darwin y Friedrich Nietzsche han atribuido gran parte de su genialidad a las muchas horas que pasaban absortos en sus pensamientos.
Darwin tenía un «sendero para pensar» por el que caminaba mientras reflexionaba, y se dice que Nietzsche paseaba por la naturaleza durante horas y horas para dar sentido a sus ideas.
Las conductas que hoy una cultura obsesionada sobre todo con resultados medibles, como las horas trabajadas y los informes elaborados, censura por improductivas parecen ser, en realidad, de las más productivas. Esto plantea una pregunta interesante.
¿Es solo una coincidencia? Si no, ¿a qué se debe?
El poder del pensamiento reflexivo
Fiona Kerr, divulgadora científica y miembro del profesorado de la Universidad de Adelaida, nos explica cómo y por qué funciona este tipo de pensamiento reflexivo.
«Dejar vagar la mente, como ocurre al reflexionar, permite que divague»,explica «El resultado es sistemáticamente más productivo cuando se abordan problemas complejos o se buscan soluciones e ideas creativas» .
No es la única que interpreta así los estudios. Por ejemplo, en el ámbito de la educación, desde la década de 1980 se ha investigado mucho la idea del pensamiento reflexivo y hoy se considera un componente fundamental para ser un docente eficaz.
En esencia, una dosis saludable de ensoñación y reflexión facilita la consolidación de la memoria y permite que se establezcan conexiones no lineales. Ambas cosas nos ayudan a desglosar y abordar los problemas y a observarlos desde una nueva perspectiva.
Divagar mentalmente de vez en cuando, como nos ocurre a la mayoría en el día a día, contribuye a ello, pero un esfuerzo más profundo e intencional puede dar una recompensa mucho mayor en proporción.
La regla de las dos horas
Una vez a la semana, por lo general los jueves, reservo dos horas de mi día simplemente para pensar.
Por la noche, elimino todas las distracciones posibles, sobre todo los dispositivos electrónicos, como el teléfono y el portátil, y básicamente me encierro en una habitación con un bolígrafo y un cuaderno para cuestionar mi trabajo y mi estilo de vida.
Dos horas es mucho tiempo, y una parte puede parecer improductiva y no todo estará estructurado, pero casi siempre empiezo con algunas preguntas generales que me ayudan a ponerme en marcha.
Estas son algunas preguntas sobre las que reflexiono:
¿Me entusiasma hacer lo que hago o estoy avanzando sin rumbo?
¿Está bien equilibrado el intercambio entre el trabajo y mis relaciones?
¿Cómo puedo acelerar el paso desde donde estoy hasta donde quiero llegar?
¿Qué grandes oportunidades no estoy aprovechando y podría aprovechar?
¿Qué pequeña cosa podría producir un impacto desproporcionado?
¿Qué podría salir mal, según las probabilidades, en los próximos seis meses de mi vida?
Puedo decir con toda sinceridad que esta es la actividad que más rendimiento me da en la vida. Me obliga a equilibrar el corto y el largo plazo. Detecto los problemas antes de que se conviertan en problemas y he descubierto eficiencias e ideas que de otro modo no habría encontrado.
Curiosamente, gran parte del valor no surge de las preguntas habituales, sino del tiempo que me queda cuando ya no se me ocurre nada más en qué pensar. Es entonces cuando dejo vagar la mente.
No soy partidario de las soluciones fáciles que pretenden servir para todos, pero creo que esta idea puede ser útil para muchas personas. Todos pensamos, claro, pero no todos lo hacemos deliberadamente y sin distracciones ni culpa.
Reservar tiempo para ello tiene un valor inmenso.
La conclusión
Einstein no sería Einstein sin sus experimentos mentales, del mismo modo que Darwin y Nietzsche probablemente habrían tenido dificultades con su creatividad y productividad si no hubieran salido a caminar.
Aunque eso por sí solo constituye una muestra pequeña y no significa necesariamente que sea una solución mágica, los estudios también parecen respaldar los beneficios del pensamiento reflexivo y de dejar vagar la mente de vez en cuando.
Dos horas puede parecer mucho tiempo para dedicarse simplemente a pensar, y quizá a ti te funcione mejor un período más breve, pero reservar al menos una hora o algo así es una buena inversión. Permite que la mente juegue y, si te haces buenas preguntas, también la agudiza. Ese efecto suele acumularse con el tiempo.
Es fácil descuidar, por considerarla una pérdida de tiempo, una idea tan sencilla y directa como reservar un rato para pensar. Al fin y al cabo, la mayoría solemos estar absortos en nuestros pensamientos, pero hay una enorme diferencia entre diez minutos de distracción al azar y un período dedicado a la reflexión.
Y, seamos sinceros, por muy ocupados que creamos estar, la mayoría desperdiciamos fácilmente ese tiempo en cosas triviales que no aportan nada a nuestras vidas. Si una persona promedio puede pasar dos horas al día en las redes sociales, dedicar unas horas a la semana a organizar la vida no es pedir mucho. Es un pequeño precio por una recompensa constante.
¿Quién sabe? Incluso puede que descubras que te cambia la vida.


