Los Padres Fundadores de Estados Unidos consideraban tan importante la propiedad intelectual que le reservaron un lugar especial en la Constitución: «Para promover el progreso de la ciencia y las artes útiles, garantizando por tiempo limitado a los autores e inventores el derecho exclusivo sobre sus respectivos escritos y descubrimientos».
Los redactores de la Constitución de EE. UU. no estaban equivocados. Las patentes sí cumplían una función importante cuando los avances tecnológicos se producían a lo largo de décadas o siglos. Sin embargo, en la era actual, en la que las tecnologías avanzan de forma exponencial, las patentes se han convertido en el mayor obstáculo para la innovación y están frenando a Estados Unidos. La única manera de mantenerse a la vanguardia es innovar más que la competencia; la rapidez de llegada al mercado y la reinvención constante son fundamentales. Las patentes hacen lo contrario: desincentivan la innovación y frenan a quienes innovan, al permitir que quienes se quedan atrás tecnológicamente y quienes recurren a la extorsión los demanden.
Un nuevo artículo, ¿La concesión de licencias de patentes significa innovación?, de Robin Feldman, de la Facultad de Derecho de la Universidad de California en Hastings, y de mi colega Mark Lemley, de la Facultad de Derecho de Stanford, disipa las dudas que pudiera haber sobre el valor de las patentes para la innovación. Analizaron la experiencia de empresas reales para determinar con qué frecuencia las licencias de patentes impulsan realmente la innovación o la transferencia de tecnología cuando los titulares de patentes las hacen valer contra empresas. Descubrieron que casi nunca se producía una innovación nueva. Cuando se concedían licencias de patentes, ya fuera por parte de empresas, trolls de patentes o universidades, estas eran prácticamente inútiles para facilitar la innovación.
El estudio subraya la necesidad de ampliar el enfoque de los esfuerzos de reforma de las patentes.
En lugar de examinar los ingresos por licencias y las solicitudes de patentes, como hacen la mayoría de los estudios académicos, Feldman y Lemley hicieron algo inusual: encuestaron a 188 empresas de desarrollo tecnológico de 11 sectores industriales diferentes, entre ellos informática y electrónica, semiconductores, productos farmacéuticos, dispositivos médicos, biotecnología, comunicaciones y energía. Formularon preguntas detalladas sobre licencias de patentes, demandas y la frecuencia con que estas licencias impulsan la innovación o la transferencia de tecnología. En otras palabras, sobre el valor que aporta la tecnología cuya licencia se concedió.
Descubrieron que, cuando los titulares de patentes se ponían en contacto con empresas para exigirles que obtuvieran una licencia, incluso si estas accedían, rara vez se generaban productos nuevos u otros indicadores de innovación (como transferencias de tecnología o de personal y empresas conjuntas). La mayoría de las empresas simplemente pagaba por tener libertad para seguir haciendo lo que ya hacía con tecnología que había desarrollado de forma independiente.
Las entidades que no practican (NPE, por sus siglas en inglés) son empresas que compran patentes para obtener de terceros pagos por licencias. Se han hecho famosas por comportarse como una mafia moderna que extorsiona a quienes innovan. La justificación que suele ofrecerse para las NPE es que actúan como intermediarios eficientes al llevar nuevas tecnologías de los inventores a quienes pueden ponerlas en práctica. Como era de esperar, Feldman y Lemley confirmaron que no lo hacen. Las tecnologías que licencian —en los casos en que logran extorsionar pagos por licencias a las empresas— casi nunca se utilizan en productos nuevos o existentes.
Si las NPE no actúan como intermediarios eficientes, quizá contribuyan al bien social al transferir dinero a pequeños inventores cuyas ideas han sido apropiadas, plantearon los autores como hipótesis: el titular de la patente ha contribuido debidamente a la innovación al publicar sus ideas en forma de patente, y la empresa que fabrica el producto simplemente ha tomado la idea de la divulgación de la patente. Por tanto, la NPE actuaría como recaudadora de impuestos para facilitar la transferencia de un pago adecuado a la persona que dio la idea a conocer al mundo.
Feldman y Lemley concluyeron que esta hipótesis no se sostenía. En primer lugar, gran parte de la actividad de las NPE se produce en tecnologías de rápida evolución, como la informática y las telecomunicaciones, donde la patente suele referirse a una tecnología que guarda poca semejanza con el producto del demandado. En estas circunstancias, la NPE afirma que la patente abarca cualquier forma de resolver un problema, aunque la implementación del demandado no se parezca en nada a la idea original del titular de la patente. La distancia entre la divulgación de la patente en estos casos y el producto acusado hace poco probable que la empresa que lo fabrica haya aprendido la idea a partir de esa divulgación.
Según los autores, la hipótesis de que se paga al verdadero inventor también presupone un nivel de calidad de las patentes y una suficiencia de su divulgación que, por lo general, los académicos y comentaristas no atribuyen al sistema de patentes moderno. Por ejemplo, los ingenieros del sector de las tecnologías de la información rara vez leen patentes para intentar aprender nuevas tecnologías. Y, lo que es más importante, las pruebas anteriores sugieren que casi ninguna demanda de patentes fuera de los sectores de las ciencias de la vida se presenta contra personas acusadas de copiar la tecnología. Casi siempre, los titulares de patentes demandan a otros innovadores que desarrollaron su propia tecnología de forma independiente.
El problema no se limita a las NPE. Los resultados fueron los mismos cuando las solicitudes de licencia o las demandas procedían de empresas fabricantes de productos y universidades: las licencias de patentes rara vez daban lugar a productos nuevos o a transferencias de tecnología. Ocurría tanto con las empresas informáticas y electrónicas como con las de ciencias de la vida: la investigación muestra que conceder licencias en respuesta a exigencias de patentes apenas cumple una función de promoción de la innovación, independientemente del tipo de parte que inicie la exigencia de licencia. Esto pone seriamente en duda una justificación habitual de una gran parte de la actividad relacionada con las patentes.
Aunque el estudio no examinó las licencias que se producen cuando una empresa se pone por iniciativa propia en contacto con un titular de patentes, ni la considerable actividad de licencias cruzadas entre competidores, es probable que el efecto neto sea el mismo.
Las patentes sencillamente no tienen cabida en la era de las tecnologías exponenciales. No necesitamos carreteras de peaje para la innovación; necesitamos autopistas más rápidas.
Este artículo se publica en colaboración con LinkedIn. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Vivek Wadhwa es miembro del Arthur & Toni Rembe Rock Center for Corporate Governance de la Universidad de Stanford.
Imagen: La oficina de HowDo, una aplicación de «cómo hacerlo uno mismo». REUTERS/Thomas Peter.


