Los paradigmas económicos están cambiando y las tecnologías digitales impulsan un cambio transformador, escribe el economista Zia Qureshi.
En las distintas economías, la participación en las nuevas oportunidades que crea la transformación digital es desigual. Muchos se están quedando atrás.
Se necesitan nuevas formas de pensar y adaptaciones para realinear las políticas y las instituciones con la economía digital.
Vivimos una época de apasionantes innovaciones tecnológicas. Las tecnologías digitales impulsan un cambio transformador. Los paradigmas económicos están cambiando. Las nuevas tecnologías están remodelando los mercados de productos y factores y alteran profundamente las empresas y el trabajo. Los avances más recientes en inteligencia artificial y en innovaciones relacionadas están ampliando las fronteras de la revolución digital. La transformación digital se está acelerando tras la pandemia de COVID-19. El futuro llega más rápido de lo esperado.
Un libro publicado recientemente, “Shifting Paradigms: Growth, Finance, Jobs, and Inequality in the Digital Economy,” analiza las implicaciones de la metamorfosis digital en curso para las economías y las agendas de política pública.
Transformación digital: promesas y escollos
Las nuevas tecnologías encierran una gran promesa. Abren nuevas vías y oportunidades para un futuro más próspero. Pero también plantean nuevos desafíos. Si bien las tecnologías digitales han deslumbrado por la brillantez y el poder de sus aplicaciones, hasta ahora no han generado plenamente el dividendo esperado en forma de un mayor crecimiento de la productividad. De hecho, el crecimiento de la productividad agregada se ha ralentizado en las últimas dos décadas en muchas economías. En consecuencia, el crecimiento económico ha tendido a la baja.
Para materializar la promesa de las máquinas inteligentes actuales, las políticas también deben ser más inteligentes
Al mismo tiempo, la desigualdad de ingresos y las disparidades conexas han aumentado, sobre todo en las economías avanzadas, lo que alimenta el descontento social y la agitación política. En las distintas economías, la participación en las nuevas oportunidades que crea la transformación digital es desigual. Muchos se están quedando atrás, en todos los sectores y empresas, en la fuerza laboral y en los distintos segmentos de la sociedad.
Las empresas situadas en la frontera tecnológica se han distanciado del resto, han logrado una posición dominante en mercados cada vez más concentrados y se apropian de la mayor parte de los rendimientos de las nuevas tecnologías. Mientras que el crecimiento de la productividad en estas empresas ha sido sólido, se ha estancado o ralentizado en otras, lo que lastra el crecimiento de la productividad agregada. La automatización creciente de tareas de baja y media cualificación ha desplazado la demanda de trabajo hacia competencias de nivel superior, perjudicando los salarios y los empleos en el extremo inferior del espectro de cualificaciones. Dado que las nuevas tecnologías favorecen al capital, los resultados empresariales de «el ganador se lo lleva todo» y las competencias de nivel superior, la distribución tanto del ingreso del capital como del ingreso del trabajo ha tendido a volverse más desigual, y el ingreso se ha ido desplazando del trabajo al capital.
Una razón importante de estos resultados es que las políticas y las instituciones han tardado en adaptarse a las transformaciones en curso. Para materializar la promesa de las máquinas inteligentes actuales, las políticas también deben ser más inteligentes. Deben responder con mayor agilidad al cambio para captar plenamente las posibles ganancias de productividad y crecimiento económico, y abordar la creciente desigualdad a medida que las disrupciones tecnológicas generan ganadores y perdedores.
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A medida que la tecnología remodela los mercados y altera las dinámicas de crecimiento y distribución, las políticas deben garantizar que los mercados sigan siendo inclusivos y favorezcan el amplio acceso a las nuevas oportunidades para empresas y trabajadores. La economía digital debe ampliarse para difundir las nuevas tecnologías y oportunidades entre las empresas más pequeñas y los segmentos más amplios de la fuerza laboral.
Empresas, trabajadores y responsables de políticas se enfrentan a numerosas preguntas. Si bien las tecnologías digitales ofrecen grandes ganancias de productividad, plantean nuevos desafíos para las empresas, a medida que cambian los procesos de producción, las fuentes de ventaja competitiva y las estructuras de mercado. ¿Es inevitable que, con estas tecnologías, aumente la concentración industrial, como refleja el creciente dominio de mercado de los gigantes tecnológicos, o sus beneficios pueden compartirse más ampliamente entre las empresas para impulsar la productividad agregada y fomentar un crecimiento económico más sólido? En cuanto al rápido cambio que se observa en los mercados financieros, ¿cómo se puede aprovechar la promesa de las innovaciones digitales en las finanzas gestionando al mismo tiempo los riesgos? ¿Deben los trabajadores temer la nueva automatización, a medida que cambian la naturaleza del trabajo y las necesidades de competencias y desaparecen muchos empleos y tareas tradicionales? ¿Cómo deberían adaptarse? ¿De qué maneras los cambios impulsados por la tecnología en las empresas y el trabajo están provocando que se amplíen las disparidades económicas? ¿Cómo debería responder la política pública?
Renovar las políticas para la era digital
“Shifting Paradigms” aborda estas cuestiones demostrando que las políticas importan. Se necesitan nuevas formas de pensar y adaptaciones para realinear las políticas y las instituciones con la economía digital. Entre los ámbitos que requieren atención se encuentran la política de competencia y los regímenes regulatorios, el ecosistema de innovación, la infraestructura digital, el desarrollo de la fuerza laboral, los marcos de protección social y las políticas fiscales.
La política de competencia debe renovarse para la era digital. Deben reforzarse las leyes antimonopolio y su aplicación. La economía digital plantea nuevos desafíos regulatorios que deben abordarse, entre ellos las cuestiones en torno a la regulación de los datos (la sangre vital de la economía digital), los problemas de competencia relacionados con las plataformas digitales que han surgido como guardianes del mundo digital y la concentración de mercado resultante de los gigantes tecnológicos, que se asemejan a monopolios naturales o cuasinaturales debido a las economías de escala y a los efectos de red asociados a las tecnologías digitales. Al igual que en los mercados de productos, los responsables de políticas deben garantizar que los mercados financieros sigan siendo suficientemente competitivos y abordar los desafíos regulatorios relacionados con el nuevo mundo de los productos, plataformas y algoritmos financieros digitales. Asimismo, se necesitan nuevos marcos de colaboración internacional en ámbitos como la regulación de los flujos de datos transfronterizos y la tributación de los negocios digitales transfronterizos.


