A pesar de su omnipresencia, la palabra «datos» sigue siendo para muchos de nosotros un término intimidante y de uso general, que no siempre comprendemos del todo, pese a que somos conscientes de que nuestra huella digital diaria alimenta las grandes y pequeñas máquinas de la vida cotidiana. Incluso cuando utilizamos mapas en línea, pedimos viajes, alquilamos bicicletas y patinetes y nos desplazamos mediante estas aplicaciones de movilidad, se recopilan nuestra ubicación y la marca de tiempo. En algunas partes del mundo, incluso podría recopilarse mientras esperamos pacientemente el semáforo de una intersección especialmente concurrida o subimos a un autobús; en el futuro, los vehículos autónomos podrían «observar» todo lo que los rodea, incluidos nosotros.
La información que proporcionan nuestros datos encierra la clave de un nuevo futuro de la movilidad, ya sea liderado por el sector público o por el privado. Ayuda a determinar el número adecuado de trenes en las horas punta o la ubicación idónea para una estación de bicicletas que nos permita desplazarnos con mayor facilidad. «Datos» es casi un nombre en clave para la promesa de un mundo que puede llegar a ser verdaderamente eficiente y fluido, y que puede mejorar notablemente nuestras vidas, siempre que lo utilicen las entidades adecuadas de la forma correcta.
Un mundo en movimiento
La movilidad es una parte fundamental de esta promesa. Un nuevo futuro de la movilidad no consiste solo en desplazarse del punto A al punto B; se trata de que todas las personas puedan llegar a su trabajo soñado, llevar a los niños al colegio con seguridad, hacer ejercicio en el gimnasio de camino y acudir a sus citas médicas a tiempo. Sin embargo, esta visión no se hará realidad fácilmente para todos: atender a distintas necesidades físicas y mentales, así como a las de los jóvenes y de las clases socioeconómicas más bajas, por citar algunas, requerirá un esfuerzo concertado. Además, el coste que la movilidad supone para los recursos públicos, como el espacio viario, la calidad del aire y el calentamiento global, también deberá abordarse antes de que pueda ofrecer una verdadera sostenibilidad a nuestras ciudades.
Pues bien, si dispone de datos sobre la renta media de los hogares locales, el coste de los seguros y los precios de los automóviles y del combustible, puede empezar por calcular la huella real que la movilidad deja en la sociedad. Después, si dispone de datos sobre las rutas del transporte público, el rendimiento de las rutas (incluidos retrasos, cancelaciones y accidentes) y las estaciones para soluciones de micromovilidad, podrá saber si existen alternativas más sostenibles y eficaces. Si superponemos esta información con más datos sobre la ubicación de hospitales, productos frescos, colegios, grandes empleadores y parques, podríamos aumentar el alcance de las opciones de movilidad sostenibles y más asequibles. Por último, si nos convertimos en defensores del movimiento de datos abiertos, como Londres y Helsinki, una ciudad podría combinar la información de los usuarios con datos de proveedores privados de movilidad, lo que permitiría a los usuarios negociar el trayecto perfecto para ellos y para el bien común.
Dadas las numerosas posibilidades, no sorprende que las ciudades de todo el mundo se hayan convertido en una de las fuerzas impulsoras de las soluciones de movilidad basadas en datos. Muchas ya han empezado a elaborar solicitudes normalizadas de datos a los proveedores de servicios de movilidad, entre ellas la ciudad de Nueva York y Los Ángeles. Finlandia es quizá el país que más lejos ha llegado en la nueva era de la regulación de datos gracias a la Ley de Servicios de Transporte, que exige normas de software abiertas para los datos esenciales de todas las partes interesadas, así como la venta de billetes y los pagos para todos los proveedores de servicios de transporte de pasajeros. El objetivo de la ley es permitir servicios de movilidad centrados en el usuario para todos, a la vez que se pretende garantizar unas condiciones equitativas para todas las partes interesadas y una inteligencia más completa en todo el sistema de transporte.
Pero surge la pregunta: ¿están nuestras ciudades preparadas para los datos potenciales a los que pueden acceder? La falta de personal y la dificultad para competir en este ámbito con el sector privado plantean un desafío clave. Esta es una de las razones por las que el sector privado ha intervenido para cubrir buena parte de las carencias en el diseño, el desarrollo y el lanzamiento de soluciones basadas en datos para el sector de la movilidad. Sin embargo, esta contribución tiene un coste: los datos recopilados para crear nuevos productos y soluciones, y para optimizar las infraestructuras existentes, tienen un precio elevado. De hecho, los conjuntos de datos pueden comprarse, alquilarse, venderse o compartirse con fines comerciales. ¿Pueden guiarnos hacia un futuro de viajes sostenible?
¿Cómo deben orientar sus datos una nueva movilidad sostenible?
El precio que se asigna a todos estos datos no es más que una suposición: una estimación de lo que nosotros, los usuarios, estamos dispuestos a ceder. Los datos son un activo financiero que todavía no cuenta con un marco de fijación de precios maduro que incluya las numerosas externalidades del transporte, es decir, los efectos colaterales sociales, económicos y medioambientales de la movilidad. Corresponde a todos nosotros, a los usuarios y a las personas, tomar una decisión informada sobre el valor que debe asignarse a nuestros datos. La decisión de incluir factores que no se han incorporado a los costes actuales de la movilidad: la calidad del aire y los riesgos sanitarios que conlleva, el espacio viario y el consiguiente deterioro de la calidad de vida, el cambio climático y las amenazas que supone para la humanidad, por citar algunos.
En 2014, un estudio cualitativo ofreció una galleta a cualquier desconocido que caminara por una calle de Nueva York a cambio de información personal, como la fecha de nacimiento, una copia del permiso de conducir o una dirección. Ese día, trescientas ochenta personas cambiaron su información personal por una galleta. Más de la mitad aceptó que le hicieran una fotografía, y 117 personas permitieron al investigador tomarles las huellas dactilares. El investigador ni siquiera explicó el motivo por el que solicitaba la información. ¿Estamos hoy más informados y preparados para mantener una conversación global, cinco años después?
La propuesta que se nos presenta ahora no es exactamente una galleta. Si supiera que el valor colectivo de los datos de movilidad generados al deslizar los dedos podría traducirse en un beneficio capaz de cambiar vidas para el bien público, reducir de forma significativa las emisiones de carbono o dar a un bebé acceso a la atención sanitaria, ¿renunciaría a los suyos? No responda todavía y tómese un momento para entender a qué renuncia y qué debería tener derecho a esperar a cambio. Después, practique hasta volver a tener el control.
Autora colaboradora: Krista Huhtala-Jenks, directora de Ecosistema y Sostenibilidad, MaaS Global


