Con el aspecto delgado de un corredor de fondo, el científico Juan Carlos Izpisúa Belmonte susurra en vez de hablar mientras evoca su infancia en la pequeña localidad de Hellín, en el sureste de España, para explicar el trabajo de su vida. «Tuve una infancia bastante feliz, pero fue difícil», dice. «Mi madre no tenía dinero y no sabía leer ni escribir. Sacó adelante a tres hijos sola porque mi padre no estaba y nunca había estado. Para ella fue muy duro. Quizá verla cuidar de mis abuelos enfermos, sin ninguna esperanza, me llevó a hacerme preguntas como: “¿Qué hacemos aquí? ¿De qué va todo esto? ¿Cuál es el sentido de nuestras vidas?”. Ahora intento entender cómo se desarrolla la vida: cómo pueden generarse 250 tipos de células a partir de una sola para formar un ser humano. Y cómo esto puede descontrolarse y provocar la muerte o una enfermedad».
Uno de los científicos más destacados surgidos de España, Izpisúa lleva 25 años trabajando en el Laboratorio de Expresión Génica del Instituto Salk de Estudios Biológicos, en el sur de California, que ha dado más de una docena de premios Nobel. Al frente de un equipo de investigación de 25 científicos, desarrolla estrategias que allanan el camino para las terapias con células madre destinadas a tratar el envejecimiento prematuro y otras enfermedades relacionadas con la edad.
Impulsada por miles de millones de dólares tecnológicos de Silicon Valley, es una de las áreas más apasionantes de la investigación científica actual. Ahora los científicos se refieren al propio envejecimiento como una enfermedad. Izpisúa, por ejemplo, habla de «curar» la vejez. En sus conferencias por el circuito internacional, ilustra el proceso con tres imágenes: una de Arnold Schwarzenegger de niño, otra del actor convertido en político en su apogeo, cuando interpretó a Conan el Bárbaroy una tercera de cómo es ahora: su enorme cuerpo musculoso, una sombra de lo que fue. La idea: nadie escapa.
Pero entonces Izpisúa cuestiona esta suposición: «¿De verdad es un camino de sentido único o podríamos revertir el proceso?», pregunta antes de ponerse manos a la obra y empezar a explorar un terreno que roza la ciencia ficción: las «quimeras», mutaciones genéticas que, en la mitología griega, dieron lugar a monstruos formados por partes de distintos animales. Los ejemplos de Izpisúa son algo menos dramáticos. Empieza por un ratón al que se le han inyectado células de una rata en estado embrionario. Estas células inyectadas sobreviven en el nuevo huésped y se diferencian. Izpisúa dice que el pequeño roedor quizá sea «la quimera más antigua del planeta».

Izpisúa y su equipo repitieron el experimento, pero esta vez inyectaron células humanas a un cerdo. Estas células también se dividen y diferencian. Incluso ha inyectado células progenitoras extraídas de un riñón humano a un cerdo durante la gestación. ¿El resultado? El animal empieza a desarrollar un riñón humano. «Seguimos en las fases preliminares», dice Izpisúa. «Es muy posible que todos estos experimentos acaben en un accidente. Aún queda mucho trabajo por hacer en el laboratorio».
Una forma de abordar las enfermedades asociadas al envejecimiento consiste en generar células, tejidos y órganos en el laboratorio con el objetivo de prolongar la vida. Otra es modificar el genoma y el pregenoma, es decir, los rasgos heredables de un organismo. Izpisúa lleva tiempo trabajando en este campo, inspirado por el Nobel japonés Shinya Yamanaka, quien logró devolver células adultas a su estado embrionario. Izpisúa es optimista. Habla de rejuvenecer células moribundas, devolver elasticidad a los músculos, de genética de cortar y pegar y de modificar embriones para evitar problemas en generaciones futuras. Nuestra existencia, concluye, puede resumirse en cuatro mil millones de años de mutaciones aleatorias y selección natural. Hasta ahora. «Podemos eludir a Darwin y cambiar el rumbo evolutivo de la humanidad», afirma.
Vivir hasta los 140
En 1900, la esperanza de vida en España era de 35 años. Ahora supera los 83. Pero muere más gente de la que nace. Con los datos en la mano, la bióloga molecular María Blasco augura una sociedad «muy distinta» en el futuro. «Seremos menos que ahora, pero viviremos mucho más», dice la directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de España, que lleva más de 20 años estudiando estructuras microscópicas de ADN y las moléculas conocidas como telómeros.
Los telómeros protegen los cromosomas y su longitud actúa como biomarcador, una medida del envejecimiento y la salud, según Blasco, que tiene cierto aire de cantante grunge. A medida que las células se dividen, los telómeros se acortan cada vez más, hasta quedar tan cortos que nuestras células ya no pueden reproducirse. El cuerpo humano intenta detener este proceso de forma natural con otra enzima llamada telomerasa, una especie de botón de reinicio del telómero. La telomerasa es clave en la investigación de Blasco. En 2008, ella y su equipo inyectaron telomerasa a ratones y prolongaron su vida un 40%, lo que sugiere que puede revertir el proceso de envejecimiento.
«Si hiciéramos esto en seres humanos, sería posible llegar a los 130 años con una salud casi perfecta», dice Blasco. «Obviamente, no podemos extrapolar porque no somos ratones, pero esa es la idea».
En 2016, Blasco publicó un libro titulado Morir joven a los 140. Escrito en coautoría con la periodista Mónica G. Salomone, intenta separar la ciencia real contra el envejecimiento de la pseudociencia y repasa hitos como los primeros experimentos de restricción calórica en roedores, en la década de 1930, hasta Caenorhabditis elegans: un tipo de gusano transparente que pudo vivir un 50% más gracias a la ingeniería genética que Cynthia Kenyon llevó a cabo en 1993.
Kenyon trabaja ahora en Calico, una filial de Google dedicada a investigar el envejecimiento. El proyecto, iniciado en 2013 con un presupuesto de 1.260 millones de euros —el doble que el del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)—, es altamente confidencial. Por supuesto, la búsqueda de la longevidad fascina al sector tecnológico. En una de sus recientes visitas a España, Eric Schmidt, presidente ejecutivo de Alphabet, empresa matriz de Google, concertó una reunión con Blasco para conocer los avances de su investigación.
Pero la fama internacional de Blasco se debe en gran medida a Las características distintivas del envejecimiento, que coescribió en 2013 y en el que señaló los signos moleculares del envejecimiento. «Fue un ejercicio intelectual», observa. «La idea es que la causa molecular de las enfermedades relacionadas con la edad es la misma que la del propio envejecimiento. Cambió el paradigma».
Más de 1.000
El gerontólogo británico Aubrey De Grey, de 54 años, da un sorbo de vino y deja la copa en el suelo antes de explicar los medios y objetivos de su fundación SENS Research Foundation, creada con la mayor parte de los 11,5 millones de euros que le dejó su madre. «Desarrollamos estrategias para hacer retroceder el reloj del envejecimiento», dice, y añade que tiene bastante claro el camino que hay que seguir, una senda que llama «centrarse en el mantenimiento».
Según De Grey, el deterioro humano es comparable al desgaste de un coche. «Es más una cuestión de física que de biología», dice. Envejecemos con el uso. Si pudiéramos reparar lo que se desgasta a medida que avanzamos, nuestras perspectivas serían las de un Ford T, construido para durar 10 años y que, sin embargo, sigue funcionando un siglo después. Se trata de limpiar, hacer ajustes y cambiar piezas. En otras palabras, regenerar células, crear tejidos mediante ingeniería e insertar nanobots en nuestro interior, en un cóctel rejuvenecedor incesante. Cuando le preguntan cuánto tiempo podría seguir funcionando un ser humano con este tipo de mantenimiento, De Grey responde: «En realidad no hay límite».
El aspecto de De Grey está a medio camino entre el de un hippie y el de un vagabundo. Pero cuando sube al estrado para exponer sus teorías, adopta el aire de un visionario. De cerca, se ven las manchas de grasa en su camisa. Tiene los ojos rojos y el rostro congestionado. Es bien conocida su pasión tanto por la bebida —algo que asegura que no afecta a su juicio— como por las mujeres: defiende el poliamory hasta hace poco tenía esposa y dos amantes.
De Grey estudió informática en Cambridge, donde conoció a su esposa, Adelaide Carpenter, genetista de la mosca de la fruta. Años después se doctoró en biología. Hoy probablemente sea el rostro más reconocible de esta rama de la ciencia. Ha aparecido en numerosos artículos con titulares como «Podremos vivir hasta los 1.000 años». Sus charlas TED atraen a cientos de miles de espectadores, pero, según un científico destacado, su credibilidad dentro de la propia comunidad científica es nula. En 2005, la revista de biología molecular EMBO publicó un artículo firmado por 18 científicos que criticaban su trabajo y lo relegaban al terreno de la fantasía.
De Grey también es cofundador de la Fundación Methuselah. Tanto SENS como Methuselah financian experimentos que califican de «alto riesgo, alta recompensa». La sede de SENS está junto a las de Google y Facebook, en Mountain View, California. «Este es el lugar ideal si quieres recaudar dinero», dice. «Hablamos de objetivos muy ambiciosos. Y es difícil financiar objetivos ambiciosos por las vías habituales. Lo mejor es despertar el interés de personas ricas y ambiciosas que pongan el listón alto y persigan sus sueños».
Por ejemplo, en 2006, Peter Thiel, cofundador de PayPal, donó 3 millones de euros; el objetivo es recaudar 42 millones. «Pero no es solo cuestión de dinero», dice De Grey. «Hay entusiasmo general y una mayor conciencia de que esto no es ciencia ficción, sino un campo legítimo que la tecnología puede conquistar. Y eso es lo que vamos a hacer. Estamos dando el primer paso. Tenemos que trabajar tan rápido como podamos y salvar tantas vidas como podamos».
Un sector científico «sexy»
«El envejecimiento se ha convertido en el aspecto “sexy” de la ciencia», dice João Pedro de Magalhães, biólogo molecular de la Universidad de Liverpool. «Google está involucrado. Todo el mundo quiere formar parte».
El estudio genético de Magalhães sobre la ballena boreal —el mamífero más longevo del planeta, que puede vivir hasta 200 años sin desarrollar cáncer— fue cofinanciado por la Fundación Methuselah de De Grey. «Me dirigí al Gobierno británico, pero rechazó el proyecto», dice Magalhães. «Dijeron: “¿Qué van a averiguar? Es demasiado arriesgado”. Pero a estas personas de Estados Unidos [Methuselah] les pareció apasionante. “Nunca se sabe qué podrías encontrar”, dijeron. “Podría ser algo increíble”».
Desde luego, tiene sentido. Izpisúa, por ejemplo, logró desarrollar un riñón humano en un cerdo tras investigar al ajolote, o salamandra mexicana, que tiene la capacidad única de regenerar extremidades amputadas. Como señala Magalhães: «Si logramos arrojar algo de luz sobre los mecanismos innatos de otras especies, quizá podamos imitarlos». En su opinión, De Grey ha sido un pionero que ha dado visibilidad a este campo de trabajo. «Pero no comparto todas sus afirmaciones», dice. «Cree que el envejecimiento puede curarse en 20 años».
Aunque Magalhães cree que tal cura podría ser posible, considera que se trata de una perspectiva a mucho más largo plazo. «Podremos curar todo lo relacionado con el envejecimiento», dice. «Quizá eso ocurra dentro de un siglo. Y eso no significa que vaya a haber una inyección [antienvejecimiento] como la penicilina. No será tan sencillo. Será una combinación de distintos tratamientos». Mientras tanto, los objetivos siguen siendo modestos, como encontrar «un medicamento o una solución dietética que ralentice el proceso un 10%; eso, por sí solo, será un fenómeno comercial, social y médico».
Magalhães no solo estudia animales. También estudia a seres humanos y utiliza UK Biobank, donde tiene acceso a los genomas de 100.000 británicos. Además, realiza estudios con familias estadounidenses en las que hay personas de 100 años o más. «Queremos descubrir por qué algunas personas viven más que otras», dice. «La longevidad es un misterio. Si logramos desentrañarlo, los avances serán enormes. Hay un potencial inmenso, pero pocas respuestas. Sabemos manipular el envejecimiento en animales, y eso nos inspira. Si conseguimos que los gusanos vivan 10 veces más, quizá no sea tan fácil en los seres humanos, pero el potencial existe».
El negocio de la inmortalidad
Izpisúa, Blasco, De Grey y Magalhães se reúnen en Madrid al final del verano, en la primera «Cumbre Internacional sobre Longevidad y Criopreservación». La conferencia dura dos días y se celebra en el CSIC. Atrae a científicos destacados, futuristas y excéntricos, como los llama el organizador de la conferencia y presidente de Vidaplus, Txetxu Mazuelas. Inevitablemente, el mundo científico choca con el futurista. Uno de los debates más acalorados gira en torno a la criopreservación de seres humanos: una especie de plan B que los mantiene congelados mientras se descubre el secreto de la vida eterna.
Para expertos como el cirujano Javier Cabo, que realizó el primer trasplante de corazón a un recién nacido en España en 1994, no hay pruebas de que la criopreservación vaya a funcionar en seres humanos. «No hay criterios científicos», dice. «Es otro ritual funerario. Como el rito egipcio del embalsamamiento [del cadáver]. Pero con hielo».
Aun así, surgen empresas de criopreservación por todas partes. La mayor es el gigante estadounidense Alcor, dirigido por Max More, que ha congelado a 150 pacientes desde la década de 1970 y tiene a más de 1.000 personas inscritas para que las congelen cuando mueran. La práctica es ilegal en España, pero en Arizona se interpreta como una donación del cuerpo a la ciencia.
Según More, la empresa no busca beneficios, pero los pacientes deben desembolsar un mínimo de 170.000 euros para cubrir el proceso, el mantenimiento y la resurrección, si llega a producirse, aunque no hay garantías al respecto.
«Si queremos dejar la Tierra y nuestro sistema solar para visitar las estrellas, necesitamos la criopreservación», dice Valerija Udalova, de CryoRus, que ha congelado a 53 personas y 22 perros. Reconoce que hasta ahora no han intentado reanimar ninguno de los cadáveres. Alcor tampoco, por cierto.
«No esperamos poder hacerlo durante décadas», dice More. «Fracasaríamos. Todavía ni siquiera podemos hacerlo con un órgano entero criopreservado. Podemos reanimar córneas, piel y células y, por supuesto, embriones. Pero la cosa se complica con un organismo entero».
Los defensores de esta práctica suelen citar los avances del investigador Greg Fahy en la vitrificación y el recalentamiento de órganos complejos. En sus conferencias, Fahy suele repasar una selección de elementos que ha resucitado, desde células de ratón y córneas humanas hasta una sección del cerebro de un conejo. Sus experimentos en el instituto 21st Century Medicine están financiados por la empresa de suplementos antienvejecimiento Life Extension. Esta empresa, vinculada también a Alcor, financió la construcción de la Iglesia de la Vida Perpetua en Florida, el principal templo de los transhumanistas: personas que creen que el ser humano, en su forma actual, no representa el final del desarrollo de la especie, sino una fase relativamente temprana.
El movimiento se ha convertido en abanderado de la búsqueda de la inmortalidad. Según el ensayo titulado La revolución transhumanista, del filósofo y exministro de Educación francés Luc Ferry, los transhumanistas apoyan las nuevas tecnologías y el uso intensivo de células madre, la clonación reproductiva, la hibridación, la ingeniería genética y las manipulaciones germinales, que pueden modificar irreversiblemente nuestra especie con el objetivo de mejorar la raza humana.
Ferry es una de las pocas personas que se han tomado en serio el transhumanismo, una tendencia que, según dice, «está empezando a llegar a Europa y se fortalecerá en los próximos 10 años». Según Ferry, el movimiento está formado por científicos serios, empresas exitosas y figuras controvertidas como Raymond Kurzweil, presidente de Singularity University, un centro de investigación transhumanista financiado por Google y otros en Silicon Valley.
Kurzweil, futurista y director de ingeniería de Google, dedica su tiempo libre a reflexionar sobre la fabricación tecnológica del ser humano del futuro. La primera etapa de la revolución se centra en los avances médicos contra el envejecimiento, en la misma línea que su amigo De Grey.
Según Kurzweil, cuando hayamos logrado una longevidad extraordinaria, en la penúltima etapa los nanobots conectarán nuestro cerebro a un exocórtex —un hipotético sistema externo artificial de procesamiento de información— y multiplicarán su capacidad. Tener un cuerpo, tal como lo conocemos, será entonces innecesario, le dijo a The New Yorker. Esto ocurrirá en 2045, cuando la tecnología de la singularidad prevé que la inteligencia artificial se hará cargo de la raza humana.
Cuando se inauguró Singularity University en 2008, el director ejecutivo de Google, Larry Page, dijo: «Tenemos que formar a personas para cambiar el mundo».
Max More es uno de los fundadores del movimiento transhumanista. Explica que, en la década de 1980, la mayoría de las afirmaciones transhumanistas se descartaban por poco realistas. «Hoy en día, personas como Elon Musk y Bill Gates están involucradas en la inteligencia artificial y la lucha contra el envejecimiento», dice.
Musk, fundador de Tesla y Space X, creó Neuralink, una empresa que trabaja en tecnología capaz de diseñar implantes de electrodos en el cerebro humano. Mientras tanto, Microsoft ha iniciado un proyecto para curar el cáncer en 10 años mediante inteligencia artificial. Incluso Mark Zuckerberg, de Facebook, y su esposa neurobióloga, Priscilla Chan, han dicho que donarán más de 2.500 millones de euros para curar todo tipo de enfermedades, combinando biología e informática.
More, cuyo apellido original era O’Connor, tiene 53 años. Estudió filosofía en Oxford y se doctoró tras escribir una tesis sobre la muerte. Después se involucró en un movimiento que entonces era clandestino y publicó artículos y manifiestos sobre el transhumanismo.
En Principios extropianos, versión 3.0, escribe: «Consideramos que la humanidad es una fase de transición en la evolución de la inteligencia. Abogamos por el uso de la ciencia para acelerar nuestro paso de una condición humana a una transhumana o poshumana. No aceptamos los aspectos indeseables de nuestra condición. Cuestionamos los límites naturales y tradicionales de nuestras posibilidades. Prevemos que la vida se extenderá más allá de los confines de la Tierra para habitar el cosmos».
Luc Ferry, ahora miembro del Consejo Económico, Social y Medioambiental de Francia (CESE), cree que este campo de investigación necesita una regulación urgente debido a los dilemas morales y éticos que plantea. Entre ellos están, por ejemplo, la posibilidad de que los experimentos caigan en manos de un tecnófilo rico e irresponsable; que la genética pueda dividir el mundo entre superhumanos y humanos inferiores; o que se dé una situación geopolítica en la que los derechos de las personas queden seriamente comprometidos. «Si todo está permitido», dice Ferry, «corremos el riesgo de crear monstruos, seres humanos híbridos que sean mitad hombre, mitad máquina, un animal que no tenga nada que ver con la humanidad: una idea que a la mayoría nos resulta aterradora».
Pero More solo ve potencial. «Imaginen que pudiéramos gozar de buena salud durante miles de años. Seres ultramaduros. Es un pensamiento alentador».
Entonces, ¿podríamos estar contemplando la muerte de la muerte? Izpisúa sonríe. «Lo más sensato que puedo decir como científico es que se equivocan».


