Steve Jobs, el difunto cofundador de Apple, dijo una vez: «la creatividad consiste simplemente en conectar cosas». Hay algo de cierto en eso, pero también existe otra fuente de creatividad: las ideas que simplemente nos vienen a la mente. En la Antigüedad, se consideraban dones de las musas o los dioses. Hoy, a veces se dice que esas ideas proceden de una voz interior o incluso de un personaje distinto de uno mismo.
La neurociencia puede mejorar la capacidad creativa de establecer conexiones entre cosas mediante una técnica de estimulación cerebral llamada estimulación transcraneal por corriente directa (tDCS), que hace pasar una corriente eléctrica débil por el cerebro a través de electrodos colocados en la cabeza. Pero ¿podría esta misma técnica potenciar también la creatividad al convocar voces interiores?
Cuando experimenté la tDCS en nuestro laboratorio de investigación, solo sentí un leve calor y picor en el cuero cabelludo. La técnica se considera segura y los efectos adversos son relativamente leves. Por supuesto, no es algo que se deba intentar en casa.
Funciona al aumentar temporalmente la actividad de la parte del cerebro situada bajo el electrodo positivo, reducirla bajo el electrodo negativo y alterar la conectividad cerebral. Se ha utilizado con diversos fines, desde mejorar el rendimiento de el personal de la Fuerza Aérea hasta tratar trastornos psiquiátricos.
Los investigadores también han descubierto que puede aumentar la creatividad. Un estudio reciente concluyó que permitía a las personas establecer más conexiones «fuera de lo común». En este estudio, el electrodo positivo se colocó sobre la corteza frontopolar izquierda, que interviene en procesos como la realización de varias tareas a la vez, el razonamiento y la memoria. Los participantes que recibieron tDCS pudieron crear analogías más creativas.
Pero ¿qué pasa con la experiencia de las ideas que simplemente aparecen? Esperar a que lleguen las ideas inquieta, porque nos damos cuenta de que tenemos poco o ningún control sobre este proceso. Como dice el humorista de monólogos Stewart Lee:
No sé de dónde vienen las ideas, y eso es aterrador. Parecen puras casualidades… Solo espero que algún tipo de acontecimiento descienda sobre mí.
A muchos escritores les llega información de sus personajes, que pueden percibirse como entidades autónomas que se comunican con ellos. La escritora Hilary Mantel describe la creación de su relato The Giant, O'Brien como «algo que yo escuchaba». Y pregunta:
¿Cómo puedo parecer capaz de crear un personaje que actúa de forma independiente de mí y que me resulta ajeno? ¿De dónde surgieron esos pensamientos?
La autora JK Rowling cuenta que algunos de sus personajes surgen mediante un «proceso misterioso que nadie entiende realmente» y simplemente aparecen.
¿Podríamos usar la neuroestimulación para facilitar este misterioso proceso? ¿Podríamos incluso convocar a una musa artificial? Para responder a estas preguntas, debemos considerar a quienes ya las tienen.
La ciencia de las voces interiores
Una forma habitual de experimentar la presencia de otros en nuestra mente es «oír voces». La mayoría de nosotros hemos tenido experiencias fugaces de este tipo, como oír que alguien nos llama por nuestro nombre cuando no hay nadie. Alrededor del 2-3 % de la población tiene experiencias más prolongadas de oír voces.
Si la voz es desagradable, puede causar problemas y llevar a la persona a buscar ayuda. Sin embargo, si la voz es amable o benigna y la persona tiene cierto control sobre ella, puede no necesitar nunca ayuda ni buscarla.
Algunas voces son simplemente un galimatías. Otras repiten una y otra vez lo mismo, como un disco rayado. Algunas son como recuerdos que recrean el pasado. Pero otras tienen más potencial creativo.
La matemática francesa Françoise Chatelin describió cómo oír voces la ayudó a «abrir una nueva puerta para percibir los números». La psicóloga inglesa Eleanor Longden contó cómo, cuando era estudiante, las voces le daban las respuestas durante los exámenes. Otro inglés que oye voces, Peter Bullimore, escribió un libro con ideas y personajes que estas le proporcionaron y afirma que «no habría podido hacerlo sin ellas».
Las investigaciones muestran que la tDCS puede reducir la experiencia de oír voces en personas diagnosticadas con esquizofrenia, algo que algunas personas desean. Estos estudios suelen aumentar la actividad de la corteza prefrontal izquierda, que interviene en la planificación y el control de nuestros pensamientos y acciones; reducir la actividad de la unión temporoparietal izquierda, relacionada con la comunicación con otras personas, y alterar la conectividad entre los lóbulos frontal y temporal del cerebro.
Entonces, ¿qué ocurriría si hiciéramos esto a la inversa —en personas que no oyen voces—? Un estudio reciente, publicado en la revista Neuropsychologia, hizo algo parecido con voluntarios sanos y descubrió que aumentaba la probabilidad de que oyeran palabras alucinadas en un ruido blanco. Otros estudios han descubierto que la neuroestimulación de la unión temporoparietal izquierda provoca la sensación de que hay alguien cerca, aunque no se le vea.
Estamos claramente muy lejos de una musa eléctrica. Sin embargo, estas investigaciones la sitúan en el horizonte. Para que se adoptara esta idea, también tendría que producirse un cambio cultural: pasar de considerar que oír voces es necesariamente un signo de patología a aceptar que a veces puede ser útil, creativo y deseable.
Más allá de la neurociencia
Por supuesto, otros métodos también pueden hacer que nuestro cerebro nos hable. La «privación sensorial» —bloquear un sentido específico, por ejemplo, con vendas en los ojos o protectores auditivos— tiene cierta capacidad limitada para convocar voces. Las prácticas que favorecen la absorción como la oración o la meditación también pueden provocar que se oigan voces. De hecho, quienes practican la tulpamancia afirman que pueden conjurar entidades aparentemente sintientes mediante la meditación.
Una vía más sencilla, aunque obviamente ilegal, consiste en recurrir a drogas psicodélicas como la DMT y la psilocibina. Terence McKenna dijo una vez sobre la psilocibina: «allí hay una mente esperando». Por desgracia, hay pocos estudios formales sobre cómo son estos encuentros y cómo los crea el cerebro. Estas investigaciones podrían enseñarnos mucho sobre las capacidades de nuestro cerebro y sobre cómo las despliega.
Aunque fuera viable usar la neuroestimulación para generar ideas mediante voces, ¿sería ético? No controlar las voces y no gustarnos lo que dicen podría provocar angustia y dificultades para desenvolverse. También se podría deificar peligrosamente a las voces en lugar de analizarlas con sentido crítico, pues a menudo se considera que lo invisible está libre de error.
Además, desde un punto de vista filosófico, ¿qué habríamos creado? ¿Podría mostrar un comportamiento humano inteligente? ¿Tendría emociones autoconscientes o incluso conciencia? Eso es lo que muchos escritores aspiran a conseguir. De hecho, Hilary Mantel describe el proceso de escritura como «permitir que surja una nueva conciencia».
Con el tiempo, los nuevos conocimientos sobre el cerebro nos ayudarán a recurrir a nuestras fuentes interiores de inspiración. Este proceso podría incluso arrojar luz sobre el origen de la conciencia. Sin embargo, como señaló el inventor Thomas Edison, solo con mucho esfuerzo podrá esa inspiración llevarnos a alguna parte.


