Debemos ayudar a los países en desarrollo a escapar de la dependencia de las materias primas

A worker dries coffee beans at a washing station cooperative on the outskirts of Kigali, May 28, 2009. REUTERS/Hereward Holland (RWANDA AGRICULTURE ENVIRONMENT BUSINESS) - GM1E56T1O8S01
There are grave economic, social and environmental consequences for the developing world.Image: REUTERS/Hereward Holland
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Las materias primas son los productos básicos que sustentan tanto nuestro progreso material como nuestra vida cotidiana: desde los cereales de la mesa, el algodón de la camisa o el cobre y el litio del teléfono inteligente, hasta el petróleo y el gas que impulsan el vehículo.

Estos productos también sostienen e impulsan las economías de muchos de los países que los producen. Cuando más del 60 % de las mercancías que exporta un país, en términos de valor, son estos productos básicos, decimos que el país depende de las materias primas.

Pero depender de las materias primas es mucho más que un adjetivo. Es una condición. Una condición que suele estar asociada a la vulnerabilidad y la pobreza. Una condición tan persistente que no solo describe el presente de un país, sino que probablemente determinará su futuro.

Distribución de los países dependientes y no dependientes de las materias primas, 2013–2017.Image: UNCTAD

Puede que la dependencia de las materias primas no ocupe los titulares de los periódicos, pero sus efectos sí. Cuando la economía de un país no está diversificada y depende en gran medida de los productos básicos, queda a merced de los precios de los mercados internacionales. Cuando los precios bajan, se resienten el empleo, las exportaciones y los ingresos públicos. En otras palabras, poner demasiados huevos en una sola cesta vuelve vulnerable al país.

Esta vulnerabilidad está en el centro de muchos de los desafíos económicos, sociales y ambientales que afrontan los países en desarrollo. Abordar los desafíos que plantea la dependencia de las materias primas es fundamental para cualquier esfuerzo significativo por alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, desde reducir la pobreza y promover la igualdad hasta proteger el planeta y preservar la paz. Para comprender mejor el verdadero impacto de la dependencia de las materias primas, el seguimiento contribuye en gran medida a arrojar luz y romper los ciclos de subdesarrollo.

El reciente informe de la UNCTAD sobre el Estado de la dependencia de las materias primas 2019 evalúa la situación actual y analiza su evolución durante los últimos 20 años. Destacan dos hechos principales:

1) La dependencia de las materias primas es, sobre todo, un fenómeno de los países en desarrollo

2) Es persistente. Cuando un país se encuentra en esta situación, es difícil romper las cadenas de esta dependencia.

La dependencia de las materias primas no es rara. Alrededor del 54 % de todos los países, es decir, 102 de 189, dependen de las materias primas. Sin embargo, solo el 13 % de los países desarrollados —entre ellos, Australia, Nueva Zelanda y Noruega— se encuentra en esta situación. En cambio, esta proporción asciende al 64 % en los países en desarrollo y es aún mayor —del 85 %— en los países menos adelantados del mundo. En otras palabras, la concentración de las exportaciones en productos básicos primarios está vinculada al subdesarrollo: cuanto mayor es la dependencia, menor es el nivel de desarrollo del país, medido por su PIB per cápita.

En algunos casos, la dependencia es extrema. Hay 35 países en el mundo cuyas exportaciones consisten en más de un 90 % en materias primas. En Angola, Iraq, Chad, Guinea-Bisáu y Nigeria, esta proporción supera el 98 % y, en algunos casos, un solo producto representa más de tres cuartas partes de todos los ingresos por exportación.

El problema no es la dependencia en sí, sino la vulnerabilidad que conlleva. La reciente caída de los precios de las materias primas es un buen ejemplo. Tras alcanzar un máximo entre 2008 y 2010, los precios de las materias primas fueron sustancialmente más bajos entre 2013 y 2017. Esta reducción contribuyó a una desaceleración económica en 64 países dependientes de las materias primas, varios de los cuales entraron en recesión.

Y, a medida que sus economías se desaceleraban, empeoraban las cuentas fiscales y aumentaba la deuda pública, lo que a menudo se traducía en un incremento de la deuda externa. Entre 2008 y 2017, la deuda externa de 17 países en desarrollo dependientes de las materias primas aumentó en más de 25 puntos porcentuales del PIB. En Mongolia, el caso más extremo, la relación entre deuda y PIB se disparó del 39 % al 245 %.

Después de estos impactos, pueden imaginar lo que ocurre: menos inversión en infraestructura, protección social y educación, por nombrar solo algunos ejemplos. Se recorta precisamente la inversión necesaria para diversificar la economía y se frustran los esfuerzos por romper con la dependencia de las materias primas. Este es el círculo vicioso en el que están atrapados muchos países.

Las repercusiones más amplias

Las repercusiones de la dependencia de las materias primas van más allá de las estadísticas económicas. Tienen importantes implicaciones sociales y ambientales.

Como las materias primas son la principal fuente de ingresos de muchos países pobres, la única manera de ganar más es producir más. Esto ejerce presión sobre sus recursos naturales y compromete la sostenibilidad. Puede plantear un dilema a los gobiernos o a los productores: ¿deben explotar aún más sus recursos para resolver los problemas de hoy, o adoptar un enfoque más sostenible, renunciando a ingresos en el presente pero garantizando que esos recursos puedan seguir utilizándose para afrontar los problemas del futuro? Pueden imaginar qué respuesta han elegido muchos.

Además, una fuerte concentración en unas pocas materias primas puede tener profundas consecuencias sociales. Pensemos en la minería, un sector intensivo en capital. Cuando los países se abren al comercio, los beneficios recaen en gran medida en los propietarios del capital y no en los trabajadores, que pueden trabajar en condiciones muy duras.

Pensemos en las materias primas agrícolas, un sector más intensivo en mano de obra en los países pobres. Forman parte de los segmentos con poco valor añadido de las cadenas internacionales de suministro de alimentos y, por tanto, los agricultores obtienen rendimientos muy bajos. Por eso, un productor de café que trabaja desde el amanecer hasta el anochecer recibe menos del 3 % del precio que pagas por tu café de la mañana. En conjunto, esto perpetúa la desigualdad y refuerza la percepción de que algo está fundamentalmente mal en el sistema comercial internacional.

La dependencia de las materias primas es persistente, pero no es una condena al subdesarrollo. Que los recursos naturales sean una bendición o una maldición depende de cómo los use y gestione un país. Hay casos de éxito: Egipto, Omán y Trinidad y Tobago han impulsado las exportaciones de productos químicos; Camerún y Rwanda han aumentado sus exportaciones al diversificarse hacia la agricultura; y Brasil y Colombia han incrementado de forma sostenida el valor de sus exportaciones manufactureras.

Sin embargo, es necesario reproducir estos casos a escala mundial. Urge apoyar a los países en desarrollo para que diversifiquen sus economías y aumenten el valor de sus exportaciones. Esto no es nuevo. A pesar de todo lo que sabemos, la situación apenas ha cambiado en los últimos 20 años y no cambiará en los próximos 20 si seguimos como hasta ahora. La vulnerabilidad de estos países se convertirá en la vulnerabilidad de nuestras ambiciones de desarrollo, entre las que destacan los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

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