Hasta el depredador más feroz depende de las plantas para obtener energía. Esto se debe a que, sin la conversión del dióxido de carbono en compuestos orgánicos, las cadenas alimentarias enteras dejarían de existir.
La fotosíntesis es un gran catalizador de la vida, pero es fácil pasar por alto este modesto proceso químico. ¿Y si pudieras ver sus resultados representados a escala mundial?
El pulso de la naturaleza
Esta singular animación cartográfica de hoy es obra del geógrafo Benjamin Hennig, de Worldmapper, y muestra los ciclos continuos de productividad de los sistemas ecológicos de todo el mundo. Creada junto con Yadvinder Malhi, de la Universidad de Oxford, la animación se basa en el valor diario de la fotosíntesis neta durante un intervalo de 8 días de observaciones satelitales, y extrapola las tendencias para un año.
¿El resultado? Un patrón de productividad primaria bruta (PPB) —la cantidad neta de energía que producen las plantas terrestres durante la fotosíntesis— que recuerda al ritmo de un «latido».
Así es como se ve una panorámica de la productividad media anual:
La ubicación lo es todo
Aunque toda la biosfera aprovecha la energía del sol, es evidente que esta varía mucho según la región y la estación. Por ejemplo, zonas desérticas como el Sáhara o el interior de Australia ocupan áreas de productividad relativamente baja en el mapa.
El bioma de la taiga, un bosque boreal compuesto por coníferas como los pinos, representa casi un tercio de la superficie forestal del mundo. Como las mayores áreas boreales se encuentran en Rusia y Canadá, no sorprende que su productividad disminuya drásticamente cuando refresca un poco en el norte. Cuando estas zonas se ralentizan con temperaturas bajo cero, sus vecinas tropicales del sur asumen la mayor parte del trabajo.
Si consideramos que los bosques son los pulmones del mundo, la Amazonía, en Sudamérica, y la selva del Congo, en África central, nos ayudan a todos a respirar un poco mejor. Los dos bosques más grandes actúan como cruciales «sumideros de carbono» al atrapar carbono que, de otro modo, se convertiría en dióxido de carbono.
Por eso también es alarmante la rápida deforestación de estas zonas. Muchos científicos ambientales sugieren que nuestro impacto humano en los bosques podría intensificar el calentamiento global.
Pero hay buenas noticias: desde la década de 1990, la tasa de pérdida neta de bosques ha disminuido casi a la mitad. Los avances varían según la región:





