¿Vivimos dentro de los límites de la naturaleza? ¿O nos estamos exponiendo a graves riesgos de cambio climático, escasez de recursos y un mundo empobrecido? ¿Ofrece la Cuarta Revolución Industrial nuevas oportunidades o plantea nuevas amenazas? El Consejo Global sobre Seguridad Ambiental y de los Recursos Naturales del Foro Económico Mundial lleva los últimos dos años tratando de responder a estas preguntas.
Hemos entrado en la era del Antropoceno
La humanidad está transformando el mundo natural. Ningún lugar de la Tierra ha escapado a nuestra influencia, desde la fosa oceánica más profunda hasta los confines de la atmósfera. Hemos entrado de lleno en la era del Antropoceno.
En 1798, Thomas Malthus sostuvo que el crecimiento de la población provocaría hambrunas y miseria. La población mundial sí creció, pero la innovación en la industria y la agricultura transformó la productividad y refutó los argumentos de Malthus durante más de 200 años.
Cuando Malthus escribió su ensayo, había menos de mil millones de personas en el mundo y la economía tenía aproximadamente una centésima parte del tamaño actual, equivalente a la de los Países Bajos de hoy. El uso actual de los recursos alcanza una escala asombrosa. Global Footprint Network calcula que ahora consumimos recursos cuya producción sostenible requeriría 1,7 planetas.
Cada año producimos suficiente acero para fabricar una viga que podría dar casi 100 vueltas alrededor de la Tierra, y vertemos suficiente hormigón para construir un aparcamiento del tamaño de Inglaterra. A lo largo de nuestras vidas, la producción de plástico se ha multiplicado por veinte, y solo se ha reciclado el 10 %. Cada año producimos nuestro propio peso en plástico, y el mundo utiliza 500.000 millones de botellas de plástico, alrededor de un millón por minuto. Para 2050, podría haber más plástico que peces en los océanos, según un informe de la Fundación Ellen MacArthur.
Otro informe reciente calculó la masa de todos los mamíferos de la Tierra y concluyó que, por peso, el 60 % corresponde al ganado (principalmente vacas y cerdos), el 36 % a los seres humanos y apenas el 4 % a los animales salvajes. En el mundo hay 1.500 millones de vacas, 1.000 millones de cerdos y 1.000 millones de ovejas, y criamos más de 50.000 millones de pollos al año. Tres cuartas partes de las tierras agrícolas se destinan a la ganadería, y casi dos quintas partes de los cereales se utilizan para alimentar a animales en vez de a personas.
Tras los extraordinarios aumentos de la productividad agrícola durante el siglo XX, el ritmo de mejora se ha ralentizado y ahora apenas logra seguir el crecimiento de la población mundial. Sin embargo, necesitamos que la producción de alimentos aumente un 50 % para 2050. Estamos destruyendo nuestros suelos y degradando, cada 18 meses, una superficie equivalente a las tierras agrícolas de Francia.
Estamos agotando las reservas de aguas subterráneas y exprimiendo hasta la última gota de muchas cuencas fluviales, en gran medida para regar tierras agrícolas. Para 2030, podríamos tener un déficit del 40 % respecto de nuestras necesidades de agua dulce. Ya se considera que una cuarta parte de las 500 ciudades más grandes del mundo sufre escasez de agua.
La sexta gran extinción, lamentablemente, está muy avanzada. Es posible que ya se haya perdido hasta el 70 % de la biodiversidad genética del mundo. Desde 1989, la cantidad de insectos voladores se ha reducido un 75 %, según un estudio realizado en Alemania en 2017. Hemos eliminado más de la mitad de la cubierta forestal original del mundo y degradado gran parte de lo que queda.
El cambio climático multiplica los riesgos
Cada semana emitimos a la atmósfera el equivalente a casi mil millones de toneladas de dióxido de carbono. Hemos elevado en 1 °C la temperatura media mundial, lo que está impulsando fenómenos meteorológicos extremos, olas de calor, sequías, inundaciones e incendios forestales. Hemos desestabilizado el sistema climático. El informe especial del IPCC sobre el calentamiento global concluyó que limitar el calentamiento a menos de 1,5 °C aportaría grandes beneficios, pero requeriría transiciones «rápidas y de gran alcance» en los ámbitos de la alimentación y la agricultura, la energía, la industria, la movilidad y las ciudades. Aún nos queda parte del presupuesto de carbono, pero podríamos alcanzar los 1,5 °C ya en 2030. El cambio climático multiplica los riesgos: aumenta la probabilidad y el impacto de otros riesgos, como las hambrunas y la migración económica masiva. Sin un cambio radical en nuestra respuesta, supone una amenaza existencial para nuestra sociedad.
El cambio ocurre lentamente y luego deprisa
Más de la mitad de la población mundial ya tiene acceso a internet, y en el mundo hay más dispositivos móviles que personas. La supercomputadora más avanzada puede realizar 200.000 billones de cálculos por segundo. Hemos entrado en la fase de distribución de internet: la era de los macrodatos, el aprendizaje automático y la inteligencia artificial. Además, la Cuarta Revolución Industrial, impulsada por la tecnología, ofrece nuevas oportunidades para acelerar las medidas de protección del medioambiente.
Los materiales avanzados y la fabricación a gran escala están contribuyendo a reducir radicalmente el coste de la energía eólica, la solar y el almacenamiento en baterías. En muchos países, las energías renovables ya son la fuente de energía más barata sin subvenciones: más baratas que el carbón, el gas o la energía nuclear. Desde 2010, el precio de la energía solar por sí sola ha bajado alrededor de un 80 %. La Agencia Internacional de la Energía calcula que el mundo instalará 70.000 paneles solares cada hora durante los próximos cinco años: tres mil millones de paneles. Las energías renovables llevarán energía limpia a muchas de las mil millones de personas que carecen de acceso a la electricidad.
La eficiencia energética también avanza. Se ha producido una pequeña revolución en la iluminación. A principios de esta década, los LED representaban menos del 1 % de las ventas de iluminación, pero al final superarán el 60 %. Al mismo tiempo, los precios habrán bajado un 90 % y la eficiencia de los LED se habrá multiplicado entre tres y cuatro veces. Es posible lograr una economía energética inteligente, asequible y limpia.
Hay más de 50 modelos de vehículos eléctricos en producción. Pronto, la economía y el rendimiento de los vehículos eléctricos superarán a los de los motores de combustión, y es probable que el mercado se transforme cuando los usuarios de automóviles decidan: «Mi próximo coche será eléctrico». Gran parte del parque automovilístico actual permanece inactivo más del 90 % del tiempo. Cuando se utiliza, funciona muy por debajo de su capacidad, con conductores que viajan solos en vehículos diseñados para cinco personas. Uber realiza más de 15 millones de trayectos al día, y su equivalente chino, Didi Chuxing, una «plataforma de movilidad integral», cuenta con 550 millones de usuarios. Las empresas de viajes compartidos, como BlaBlaCar y Scoop, están creciendo a gran velocidad. Del mismo modo, los sistemas de bicicletas compartidas, que en 2014 sumaban menos de un millón de bicicletas, ahora cuentan con 18 millones en 1.500 ciudades.
Algunas de estas rápidas implementaciones plantean desafíos, pero los datos y el análisis permiten a las empresas y las ciudades aprender y adaptarse con rapidez. Los vehículos autónomos traerán la próxima ola de cambio. Está en marcha la transición de una movilidad desconectada, de propiedad individual, conducida por sus usuarios y propulsada por motores de combustión a otra conectada, compartida, autónoma y eléctrica. La movilidad como servicio avanzará en la próxima década y, si se implementa bien, será asequible, rápida, cómoda y limpia.
La cadena de bloques puede ayudar en ámbitos que van desde los sistemas de seguimiento de peces hasta los sistemas de comercio de agua, carbono y energía renovable, así como las plataformas de eficiencia industrial. Ya se están utilizando análisis avanzados y datos satelitales para mejorar la protección de los bosques, las pesquerías y la fauna silvestre. Hay en marcha proyectos ambiciosos para cartografiar el biogenoma de la Tierra. Empresas como One Concern utilizan el aprendizaje automático y los macrodatos para transformar la respuesta ante los desastres naturales.
La alimentación y la agricultura están cambiando rápidamente. Las empresas de agricultura urbana empiezan a producir hortalizas para ensalada y frutas blandas cerca de los mercados, en almacenes equipados con LED de alta eficiencia, sistemas de control avanzados y cultivos hidropónicos. Empresas biotecnológicas como Indigo Agriculture inoculan semillas de cereales con microbios que mejoran la eficiencia hídrica y aumentan el rendimiento. Las empresas de tecnología agrícola contribuyen a optimizar la agricultura con insumos específicos para cada subparcela y las necesidades de los cultivos en tiempo real. Landlife, una empresa de restauración de tierras, combina sembradoras de bajo consumo de agua con sensores económicos para convertir cada árbol joven plantado en una oportunidad de aprendizaje y facilitar nuevos enfoques para la restauración de tierras y la reforestación.
El veganismo, el vegetarianismo y el flexitarianismo están en auge. Las alternativas a las proteínas de la carne y los lácteos crecen al doble de ritmo que el sector alimentario. Las empresas de tecnología alimentaria basadas en la ciencia ofrecen alternativas nuevas y mejores a la carne y los lácteos. Ripple Foods elabora leche con proteína de guisante; Perfect Day produce leche mediante fermentación con levaduras; e Impossible Burgers fabrica una hamburguesa que «sangra» gracias al hemo de origen vegetal. Es posible crear un sistema alimentario y agrícola más saludable, asequible y sostenible.
Por supuesto, las nuevas tecnologías, al igual que las antiguas, conllevan riesgos que deben gestionarse. Los sistemas conectados deben ser seguros frente a ciberataques. La extracción y la gestión de minerales de tierras raras requieren una supervisión cuidadosa, al igual que los centros de datos de alto consumo energético y las tecnologías de seguimiento, para evitar que las herramientas del guardabosques caigan en manos del furtivo. Sin embargo, estos riesgos deberían poder gestionarse, y el potencial es enorme.
A medida que se acelera el cambio, el pasado sirve cada vez menos para predecir el futuro
Necesitamos que los inversores a largo plazo inviertan en el futuro, que los líderes empresariales preparen sus empresas para el futuro y que los emprendedores aporten las tecnologías, los productos y los servicios ecológicos radicales que hacen falta. A nivel gubernamental, hemos avanzado con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU y el Acuerdo de París sobre el Clima, pero hace falta hacer más, y el liderazgo y la acción están distribuidos. Necesitamos que los responsables de la formulación de políticas a nivel nacional, subnacional y municipal respalden la innovación y su ampliación mediante políticas y programas que evolucionen con rapidez para adaptarse a los modelos de negocio y las tecnologías emergentes.
Podemos vivir dentro de los límites de nuestro planeta, detener la sexta extinción masiva, acabar con el calentamiento global y satisfacer las necesidades y aspiraciones de 10.000 millones de personas. Nuestras decisiones y acciones determinarán el resultado.


