Debemos abordar el impacto que tendrá el cambio climático en la migración

People who fled the unrest in Tunisia carry wood to light a fire after arriving at the southern Italian island of Lampedusa March 23, 2011. The Italian Navy's amphibious transport dock MM San Marco arrived on Wednesday and will accommodate some 1,000 immigrants who have arrived in Lampedusa from Tunisia. REUTERS/Alessandro Bianchi (ITALY - Tags: POLITICS SOCIETY)
For the first time in history, the international community is coming together to build a framework to manage international migration.Image: REUTERS/Alessandro Bianchi
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La humanidad está en movimiento. Vivimos en una era de movilidad sin precedentes de ideas, dinero y, cada vez más, personas.

El enorme tamaño de la población humana, combinado con nuestra forma de consumir recursos, está transformando profundamente nuestro mundo. Aunque nuestro modelo económico de «extraer, producir y desechar» ha creado riqueza para cientos de millones de personas en muchos países y ha reducido significativamente la pobreza mundial, también ha dejado atrás a demasiadas personas. Y, lo que es crucial, expone a las generaciones futuras a inmensos riesgos sociales, económicos y ambientales. Quizá el riesgo más importante se derive de llenar la atmósfera de gases de efecto invernadero a un ritmo superior al de cualquier otro momento de los últimos 66 millones de años.

Hoy, mil millones de personas son migrantes: se han trasladado dentro de sus fronteras nacionales o las han cruzado. Lo han hecho por diversos motivos complejos, como la presión demográfica, la falta de oportunidades económicas, la degradación ambiental y las nuevas formas de viajar. En conjunto, estos factores contribuyen al desplazamiento de personas y a la migración insegura a una escala sin precedentes. Ambos fenómenos no harán más que aumentar a medida que los efectos del cambio climático erosionen gradualmente los medios de vida de millones de personas.

El cambio climático está redibujando radicalmente el mapa de los lugares donde las personas pueden vivir. El suministro de alimentos se está viendo alterado en la región del Sahel, en el norte de África, y en América Central; y el estrés hídrico y la escasez de agua empeoran en el norte de África y Oriente Medio. Somalia, por ejemplo, sufre sequías más frecuentes. Iraq hace frente a olas de calor cada vez más frecuentes. Tormentas e inundaciones sin precedentes han azotado el Caribe y el golfo de México. A medida que lo anormal se convierta en la nueva normalidad, serán más comunes la escasez, la competencia de suma cero y los desplazamientos masivos.

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Pero hay buenas noticias en dos frentes. En primer lugar, estamos avanzando mucho en el fortalecimiento de la resiliencia frente a los fenómenos meteorológicos extremos. En la década de 1970, cientos de miles de personas murieron en Bangladesh a causa de inundaciones extremas. Hoy, aunque las muertes causadas por fenómenos similares siguen siendo igual de trágicas, son muchas menos. Estamos mejorando nuestra capacidad para hacer frente a los desastres.

En segundo lugar, por primera vez en la historia, la comunidad internacional se está uniendo para crear un marco que permita gestionar la migración internacional. Las negociaciones intergubernamentales comenzaron en febrero de 2018 con el objetivo de adoptar un Pacto Mundial para la Migración Segura, Ordenada y Regular (PMM). Y el mes pasado, la Asamblea General de las Naciones Unidas ultimó el PMM, que ahora se espera que los jefes de Estado adopten en una conferencia de alto nivel en Marrakech en diciembre.

El PMM promete ofrecer un marco sólido para tomar medidas que aborden la migración provocada por el cambio climático. Pero ahora debemos asegurarnos de que se aplique. El PMM representa una oportunidad única en una generación para establecer un sistema acordado internacionalmente que gestione la migración de forma segura y ordenada. Por ello, tiene el potencial de mejorar la vida y las perspectivas de decenas de millones de personas. Una vez que se adopte formalmente, tendremos que garantizar que el nuevo marco maximice los beneficios de los viajes y los intercambios internacionales y, al mismo tiempo, aborde las preocupaciones de muchas personas respecto de la migración no regulada.

Por último, y lo más importante, tendremos que hacer todo lo posible para reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Esa es la única manera de mantener la temperatura de la Tierra dentro de los 2 °C respecto de los niveles preindustriales, el umbral a partir del cual una serie de ciclos de retroalimentación podrían desencadenar un cambio climático descontrolado.

El reciente informe que señala que el dióxido de carbono atmosférico ya supera las 410 partes por millón debería servir como llamada de atención. Urge que mejoremos la eficiencia en el uso de los recursos mediante la adopción de métodos sostenibles de consumo y producción y una transformación fundamental de nuestro modelo económico.

El plazo para actuar se agota rápidamente. El cambio climático y la degradación ambiental están generando niveles inaceptables de inseguridad humana. Si gestionamos el medio ambiente de manera sostenible, tendremos más posibilidades de defender la dignidad, los derechos y las perspectivas de los migrantes.

Estos dos objetivos son inseparables, y las organizaciones que dirigimos están listas para apoyar los esfuerzos de los gobiernos del mundo por alcanzarlos. El año 2018 nos brinda una oportunidad única para reflexionar y planificar las próximas décadas, intensificando la acción tanto en materia de migración como de medio ambiente.

Al establecer un marco que permita una migración segura, regular y ordenada, debemos aprovechar nuestra creatividad para abordar sus causas. Sobre todo, necesitamos líderes mundiales con visión de futuro y voluntad para resolver un problema que ya tenemos ante nosotros y que hemos creado enteramente nosotros mismos.

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