Lo que comemos puede dañar no solo nuestra salud, sino también el propio planeta. Alrededor de una cuarta parte de todas las emisiones de gases de efecto invernadero que genera la humanidad cada año proviene de la forma en que alimentamos al mundo. La mayoría son metano liberado por el ganado, óxidos de nitrógeno procedentes de los fertilizantes químicos y dióxido de carbono derivado de la destrucción de bosques para cultivar o criar ganado.
Todos estos gases atrapan el calor en la atmósfera terrestre. Los fenómenos meteorológicos extremos, como las inundaciones y las sequías, son cada vez más frecuentes e intensos en nuestro mundo que se calienta, destruyendo cultivos y alterando las temporadas de cultivo. Como consecuencia, el cambio climático podría causar estragos en unos suministros de alimentos ya precarios. Los desafíos para la agricultura son enormes y solo aumentarán a medida que crezca la población mundial.
El nuevo informe especial sobre clima y tierra del IPCC advierte de que, sin cambios drásticos en el uso de la tierra a nivel mundial, en la agricultura y en las dietas humanas, los esfuerzos por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero se quedarán muy por debajo de los objetivos para limitar el aumento de la temperatura global por debajo de 1,5 °C.
Se necesita con urgencia un sistema alimentario que produzca alimentos nutritivos sin dañar el medio ambiente ni otros aspectos de nuestro bienestar. Pero ¿puede producir alimentos suficientes para alimentar a miles de millones de personas y, al mismo tiempo, revertir la pérdida de biodiversidad y la contaminación?
Creo que aquí es donde los arqueólogos y antropólogos pueden ayudar. Nuestro reciente artículo en World Archaeology analiza los sistemas agrícolas del pasado y cómo podrían ayudar a hacer que la agricultura sea más sostenible hoy.
Canales y maíz en Sudamérica
En todo el mundo, las sociedades tienen una larga historia de experimentación con la forma en que producen alimentos. Gracias a estos éxitos y fracasos del pasado se obtiene una perspectiva sobre cómo los humanos han transformado los entornos locales mediante la agricultura y han afectado a las propiedades del suelo a lo largo de miles de años.
Las antiguas prácticas agrícolas no siempre estuvieron en equilibrio con la naturaleza: existen algunas pruebas de que los primeros agricultores dañaron su entorno con el sobrepastoreo o una mala gestión del riego, que salinizó el suelo. Pero también hay muchos casos en los que los sistemas de cultivo del pasado mejoraron la calidad del suelo, aumentaron los rendimientos de los cultivos y protegieron las cosechas frente a inundaciones y sequías.
Un ejemplo se originó en la Sudamérica preincaica y se utilizó habitualmente entre el 300 a. C. y el 1400 d. C. El sistema, conocido hoy como Waru Waru, consistía en camas de tierra elevadas de hasta dos metros de altura y hasta seis metros de ancho, rodeadas de canales de agua. Descubiertos por primera vez por investigadores en la década de 1960 alrededor del lago Titicaca, estos sistemas de campos elevados se introdujeron en zonas de humedales y tierras altas de Bolivia y Perú en las décadas siguientes.

Los canales utilizados en la agricultura Waru Waru podrían hacer que la producción de alimentos sea más resistente al cambio climático. Blog de Historia General del Perú
Aunque algunos proyectos fracasaron, la mayoría han permitido a los agricultores locales mejorar la productividad de los cultivos y la fertilidad del suelo sin utilizar productos químicos. En comparación con otros métodos agrícolas locales, los campos elevados captan agua durante las sequías y drenan el agua cuando hay demasiada lluvia. Así se riegan los cultivos durante todo el año. El agua de los canales retiene el calor y eleva la temperatura del aire que rodea las camas de tierra en 1 °C, protegiendo los cultivos de las heladas. Los peces que colonizan los canales también proporcionan una fuente adicional de alimento.
La investigación sigue en curso, pero hoy en día los agricultores de toda Sudamérica utilizan con regularidad estos sistemas Waru Waru, incluida la región de Llanos de Moxos, en Bolivia, uno de los humedales más grandes del mundo. La agricultura Waru Waru podría resultar más resistente a las crecientes inundaciones y sequías previstas por el cambio climático. También podría cultivar alimentos en hábitats degradados que antes se consideraban inadecuados para los cultivos, lo que contribuiría a reducir la presión para talar la selva tropical.
Peces como control de plagas en Asia
Los monocultivos son un método agrícola mucho más conocido por la gente de hoy. Se trata de extensos campos que contienen un solo tipo de cultivo, cultivado a gran escala para garantizar rendimientos más altos y más fáciles de gestionar. Pero este método también puede degradar la fertilidad del suelo y dañar los hábitats naturales y reducir la biodiversidad. Los fertilizantes químicos utilizados en estas explotaciones se filtran a ríos y océanos y sus pesticidas matan la fauna silvestre y generan plagas resistentes.
El cultivo de múltiples especies, la cría de distintas especies de ganado y la reserva de diferentes hábitats para la conservación podrían hacer que los suministros de alimentos sean más nutritivos y resistentes a futuras perturbaciones meteorológicas, al tiempo que crean más medios de vida y regeneran la biodiversidad.
Puede parecer mucho que tener en cuenta, pero muchas prácticas antiguas lograron este equilibrio con medios bastante sencillos. Algunas de ellas se siguen utilizando hoy en día. En el sur de China, los agricultores añaden peces a sus arrozales en un método que se remonta a la dinastía Han posterior (25–220 d. C.).
Los peces son una fuente adicional de proteínas, por lo que el sistema produce más alimentos que el cultivo de arroz por sí solo. Pero otra ventaja frente a los monocultivos de arroz es que los agricultores ahorran en costosos fertilizantes y pesticidas químicos: los peces proporcionan un control natural de plagas al comerse las malas hierbas y las plagas dañinas, como la chicharrita del arroz.
Las investigaciones realizadas en toda Asia han demostrado que, en comparación con los campos que solo cultivan arroz, el cultivo de arroz y peces aumenta los rendimientos del arroz hasta en un 20 %, lo que permite a las familias alimentarse y vender su excedente en el mercado. Estas explotaciones de arroz y peces son vitales para las comunidades de pequeños agricultores, pero hoy en día están siendo desplazadas cada vez más por grandes organizaciones comerciales que desean ampliar los monocultivos de arroz o de peces.
El cultivo de arroz y peces podría alimentar a más personas que los monocultivos actuales, utilizando menos productos químicos agrícolas que contaminan el agua y generan emisiones de gases de efecto invernadero.
El éxito duradero de estos métodos antiguos nos recuerda que podríamos reimaginar todo nuestro sistema alimentario para alimentar a diez mil millones de personas, al tiempo que revitalizamos la fauna silvestre y almacenamos carbono. En lugar de reinventar la rueda, deberíamos recurrir a lo que funcionó en el pasado y adaptarlo para el futuro.


