Esto forma parte de una serie sobre los Objetivos Mundiales de Desarrollo Sostenible, en colaboración con Stockholm Resilience Centre. Este artículo se centra en el Objetivo 3: garantizar una vida sana y promover el bienestar para todas las personas, a todas las edades.
¿Eres feliz? O, para ser más concretos: imagina una escalera con peldaños numerados del cero, abajo, al diez, arriba. La cima representa la mejor vida posible para ti y la base, la peor. ¿En qué peldaño estás ahora? La media en los países ricos de la OCDE es de 6,6. Si vives en los países nórdicos, Suiza, Israel, Australia o Canadá, probablemente seas más feliz que la mayoría. No hace falta decir que, si vives en Grecia o Portugal, probablemente lo estés pasando mal. Pero mejorar el bienestar es un objetivo clave de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Aquí presentamos cinco pasos para mejorar el bienestar personal, la cohesión social y la cooperación con las generaciones futuras.
Aumentar el apoyo a la salud mental
Durante el último siglo se han realizado grandes esfuerzos para promover la salud física. Sin embargo, la atención a los problemas de salud mental sigue rezagada. Según la Organización Mundial de la Salud, los problemas de salud mental representan el 47 % de la discapacidad a lo largo de la vida, calculada según el número de días en que las personas no pueden desenvolverse con normalidad en su vida cotidiana (depresión, 17 %; otros trastornos psiquiátricos, 12 %; adicción al alcohol y las drogas, 10 %; alzhéimer, 8 %), frente al 8 % de las enfermedades respiratorias, el 5 % de las enfermedades cardiovasculares y el 2 % del cáncer. Sin embargo, la atención a las enfermedades mentales representa solo una pequeña parte del presupuesto sanitario de los países desarrollados (alrededor del 10 %).
Fuente: Jakob Trollbäck
Cooperación
Aunque la competencia suele ser más visible y espectacular que la cooperación, trabajos recientes han demostrado que la evolución debe incluir la cooperación para crear niveles superiores de organización. Al parecer, hoy necesitamos avanzar al siguiente nivel de cooperación para hacer frente a los numerosos desafíos de nuestro tiempo.
En las sociedades muy competitivas, las personas no confían unas en otras, se preocupan por su seguridad y buscan constantemente promover sus propios intereses y estatus social, sin preocuparse demasiado por los demás. En cambio, en las sociedades cooperativas, las personas confían unas en otras y están dispuestas a dedicar tiempo y recursos a los demás. Esto pone en marcha un círculo virtuoso de solidaridad y reciprocidad que fomenta relaciones armoniosas.
Una economía que cuida
Hay dos tipos de problemas que el homo economicus, o ser humano económico, cuyo único objetivo es promover su propio interés egoísta, nunca resolverá: los bienes colectivos y la pobreza en medio de la abundancia. Para resolver estos problemas, debemos dar voz al cuidado y al altruismo. La economía debe existir para servir a la sociedad, no para que la sociedad esté a su servicio. También debe beneficiar a la sociedad en su conjunto.
Una economía sana no debe dar paso a una desigualdad desproporcionada. Esto no se refiere a las formas naturales de disparidad que se manifiestan en cualquier comunidad humana, sino a la desigualdad extrema que no deriva de las inclinaciones reales de las personas, sino de sistemas económicos y políticos sesgados para promover esta injusticia.
Nada de esto es inevitable: las decisiones económicas, por supuesto, se basan en valores, y es posible tomar otro rumbo, siempre que exista voluntad popular y política. Incluso en el ámbito de la economía, el respeto por los valores humanos que ejemplifica el altruismo no es un sueño idealista, sino una expresión pragmática de la mejor manera de lograr una economía justa y armonía a largo plazo.
Promover el altruismo
Nuestra época se enfrenta a numerosos desafíos, entre ellos la necesidad imperiosa de conciliar las exigencias de tres horizontes temporales —corto, medio y largo plazo—, sobre los que se superponen tres tipos de intereses: los nuestros, los de las personas cercanas a nosotros y los de todos los seres sintientes. A corto plazo, debemos responder a las exigencias inmediatas de la economía actual; a medio plazo, buscar la felicidad; y a largo plazo, cuidar la salud del medio ambiente y de las generaciones futuras.
Nos enfrentamos a una economía que evoluciona a un ritmo cada vez más rápido. Quienes viven bien suelen mostrarse reacios a cambiar su estilo de vida por el bien de quienes lo necesitan y en beneficio de las generaciones venideras. Quienes viven en la pobreza aspiran no solo a lo que legítimamente necesitan para llevar una vida digna, sino también a incorporarse a la cultura del consumo, que presiona a todo el mundo para perseguir constantemente bienes materiales que no necesita.
La felicidad y la satisfacción se miden en el horizonte de una generación y abarcan nuestro proyecto de vida, nuestra carrera profesional y nuestra familia. Que seamos felices o no depende no solo de las condiciones externas, sino también de cómo nuestra mente interpreta esas condiciones como felicidad o sufrimiento.
En cuanto al medio ambiente, hasta hace poco su evolución se medía en eras geológicas y climáticas, a lo largo de millones de años. En nuestra época, el ritmo del cambio no deja de acelerarse debido a las alteraciones ecológicas provocadas por las actividades humanas. En particular, la «Gran Aceleración» que se produjo desde 1950 ha definido una nueva era, llamada Antropoceno («era de los seres humanos»), en la que, por primera vez en la historia, las actividades humanas están modificando profundamente (y degradando actualmente) todo el sistema que mantiene la vida en la Tierra.
Este desafío totalmente nuevo nos ha tomado por sorpresa. Si continúa nuestra obsesión por lograr un crecimiento cuantitativo y el consumo de recursos naturales sigue aumentando al ritmo exponencial actual, para 2050 necesitaremos tres planetas. No los tenemos.
¿Qué podemos hacer ante esta situación? Solo un concepto unificador nos permitirá salir de este complejo laberinto de preocupaciones. El altruismo —es decir, tener más consideración por los demás— es el hilo de Ariadna que nos permite conectar armoniosamente los desafíos de la economía a corto plazo, la calidad de vida a medio plazo y las generaciones futuras a largo plazo.
Una nueva armonía económica
El respeto por los valores humanos que encarna el altruismo no es un sueño idealista, sino una expresión pragmática de la mejor manera de lograr una armonía sostenible. El término «desarrollo sostenible» puede interpretarse erróneamente como si se refiriera solo al crecimiento cuantitativo, que tampoco es sostenible, pues un crecimiento cuantitativo infinito exige un uso cada vez mayor de un ecosistema finito.
La vía intermedia entre el crecimiento cuantitativo y el declive se encuentra en la armonía sostenible; es decir, una situación que garantiza a todas las personas un nivel de vida digno y reduce la desigualdad, al tiempo que deja de explotar el planeta a un ritmo tan drástico. Para alcanzar y mantener esta armonía, debemos, por un lado, sacar cuanto antes de la pobreza a mil millones de personas y, por otro, reducir el consumo excesivo e innecesario en los países ricos. También debemos tomar conciencia de que el crecimiento material desbocado no es en absoluto necesario para nuestro bienestar. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible son el comienzo de este camino hacia la toma de conciencia.
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Autor: Matthieu Ricard es monje budista, fotógrafo y autor
Owen Gaffney, director de Medios Internacionales y Estrategia de Stockholm Resilience Centre y Future Earth, es el editor invitado de esta serie
Imagen: Niños juegan en la playa de Mount Lavinia, en Colombo, el 2 de octubre de 2011. REUTERS/Dinuka Liyanawatte




