Las interrupciones provocadas por la COVID-19 obligaron a realizar cambios profundos en las cadenas de suministro globales.
Equilibrar las cadenas de valor puede mejorar la resiliencia y la sostenibilidad, a la vez que reduce los costes y crea empleo.
Las alianzas público-privadas serán fundamentales para construir cadenas de valor preparadas para el futuro.
Dos años de interrupciones provocadas por la pandemia han puesto de manifiesto los riesgos inherentes a las cadenas de suministro globalizadas de bajo coste. Los cierres de fábricas a miles de kilómetros y los cuellos de botella logísticos han interrumpido el acceso a bienes esenciales en todas partes, y siguen haciéndolo.
Está claro que es urgente abordar los riesgos sistémicos de nuestras cadenas de valor globales y rediseñarlas para convertirlas en sistemas más resilientes, equitativos y rentables.
Diversificar el riesgo
Lograr una resiliencia real exigirá esfuerzos concertados de los gobiernos de todo el mundo; su participación es fundamental para realizar las inversiones básicas que abrirán el camino hacia la creación de cadenas de suministro equilibradas y resistentes a las crisis.
Muchos han defendido la relocalización de la manufactura como eje central para garantizar los suministros críticos, pero esta no es una solución milagrosa. Las redes de suministro resilientes requieren diversificar los riesgos a través de las fronteras, aprovechando al mismo tiempo las fortalezas de distintos mercados geográficos y aumentando la cooperación entre los sectores privado y público.
Por ejemplo, sustituir el maduro ecosistema manufacturero de Asia no es ni práctico ni realista. Asia seguirá siendo una fuente clave de numerosos bienes y, aunque aspire a subir en la cadena de valor, su ecosistema manufacturero seguirá dedicado al tipo de producción que requiere escala y eficiencia de bajo coste.
Pero si el objetivo no es sustituir a Asia como centro manufacturero mundial, ¿qué aspecto tiene una cadena de valor reequilibrada?
Reequilibrar la cadena de valor
Una cadena de valor equilibrada permitirá a las empresas avanzar con éxito hacia una manufactura regionalizada, al acercar la producción a los clientes.
En un mundo posterior a la pandemia, la manufactura adoptará la automatización, la inteligencia artificial y otras herramientas de la Industria 4.0. La competitividad basada en la mano de obra de bajo coste será cada vez menos relevante a medida que la manufactura se vuelva más impulsada por la tecnología. Además, los avances tecnológicos actuales llevarán a la manufactura hacia categorías de productos innovadores que requieren nuevas habilidades y condiciones para su fabricación.
En lugar de intentar sustituir a Asia como fuente de componentes electrónicos básicos, existe la oportunidad de desarrollar un tipo diferente de capacidad manufacturera, una que se especialice en productos de nueva generación.
Los ecosistemas sólidos ofrecen nuevas oportunidades
Incluso antes de la COVID-19, las cadenas de valor globales ya estaban sometidas a presión. Hechos como la guerra comercial de 2018 ya habían obligado a las empresas a reevaluar sus estrategias de cadena de suministro.
Algunas incluso habían empezado a trasladar su producción fuera de Asia y más cerca de casa, optando por una base diversificada y reduciendo su dependencia de una única fuente. Esto también redujo la complejidad de las redes de suministro globales, mitigó los riesgos y mejoró la visibilidad y la velocidad.
Estos cambios también demostraron ser eficaces en un mundo de ciclos de vida de productos acelerados, que exige que los bienes lleguen a los mercados con rapidez. La relocalización de la manufactura impulsó una innovación y una personalización de productos más rápidas, ya que las empresas adaptaron sus productos a las preferencias de los consumidores regionales.
Además, estas cadenas de suministro reconstituidas contribuyen en gran medida a reducir la huella de carbono. Se necesita menos combustible para transportar mercancías a grandes distancias, y se genera menos residuo, ya que los productos se procesan para su reciclaje o reutilización en centros de fabricación locales.
Es importante destacar que estos cambios en el sistema de la cadena de suministro beneficiaron primero a las poblaciones locales, ofreciéndoles empleos y creando oportunidades de las que muchas se quedaron excluidas durante décadas de globalización.
Liderazgo gubernamental
Si bien las empresas pueden impulsar la reorganización del ecosistema manufacturero en nodos de base regional, construir una infraestructura de producción nacional a gran escala capaz de competir a nivel mundial exigirá coordinación público-privada e incentivos e inversiones dirigidos por los gobiernos.
Las escaseces provocadas por la pandemia dejaron claro que una infraestructura médica, de información y de comunicaciones sólida es fundamental para la seguridad nacional. En el próximo capítulo de la manufactura, los Estados deben desarrollar estrategias y acelerar nuevas inversiones que garanticen que puedan acceder a esos bienes o fabricarlos.
Para lograrlo, la comunidad internacional debe centrar sus esfuerzos en unas pocas áreas clave: formar una mano de obra cualificada, invertir en industrias críticas, desarrollar la cooperación estratégica y mantener el enfoque en la eficiencia de costes.
El próximo capítulo de la manufactura
Ya se trate de programar robots o de tomar decisiones basadas en datos, una fuerza laboral reciclada será fundamental para una mano de obra manufacturera preparada para el futuro. La inversión pública y privada debe preparar a los trabajadores para construir categorías de productos emergentes, como los automóviles automatizados y los dispositivos médicos avanzados. Esto también creará oportunidades para que las regiones de costes más altos reconstruyan industrias manufactureras que se han erosionado o exportado en las últimas décadas.
Invertir en industrias críticas puede parecer evidente, pero el declive relativo de la fabricación de semiconductores en Estados Unidos demuestra que este punto no debe olvidarse en ninguna futura estrategia manufacturera. Si bien Estados Unidos lidera la investigación, el desarrollo y el diseño de semiconductores, la cuota mundial de su capacidad de fabricación de chips ha caído del 37 % en 1990 a solo el 12 % en la actualidad. Dado el papel central que desempeñan los semiconductores en todo, desde los ordenadores de gama alta hasta los automóviles autónomos, la inversión en industrias críticas como esta no puede pasarse por alto.
Del mismo modo, las cadenas de suministro resilientes deben construirse mediante la cooperación. Parte de esto ya está en marcha. El Acuerdo de Pittsburgh, por ejemplo, representa un caso de estudio de cooperación manufacturera internacional. Y el modelo también funciona para los países vecinos. Existe un margen considerable para aprovechar las integraciones regionales de cadenas de suministro existentes en el marco del Acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá, con el fin de seguir promoviendo a Norteamérica como plataforma manufacturera competitiva.
Pero todas estas políticas deben tener en cuenta el factor que impulsa en última instancia la estrategia manufacturera: el coste. Los gobiernos no pueden dejar en manos del mercado la creación de capacidad local en ausencia de una mano de obra cualificada e incentivos financieros. En cambio, deben proporcionar la infraestructura de capital y la base para que las empresas inviertan en innovación, lo que, a su vez, creará cadenas de suministro más resilientes y una capacidad manufacturera nacional rentable.
Los fabricantes siempre se inclinarán hacia los mercados que ofrezcan el mayor rendimiento de la inversión. Sin incentivos para invertir en manufactura avanzada e infraestructura de capital, ni esfuerzos para fomentar la manufactura entre socios comerciales, esas fuerzas de mercado seguirán favoreciendo cadenas de suministro largas y globales que han presionado la economía mundial.
Ahora se presenta una oportunidad histórica para combinar enfoques basados en el mercado y políticas gubernamentales con el fin de crear cadenas de valor que logren un equilibrio entre los intereses nacionales e internacionales, y entre el crecimiento y la sostenibilidad.



