La Reunión Anual de Davos sigue siendo tan vital como siempre.
En la próxima década se producirá una transferencia masiva de poder económico y político a la siguiente generación de líderes.
El capitalismo de las partes interesadas está echando raíces en todo el mundo.
El célebre encuentro de Davos, en los Alpes suizos, convocado por primera vez en 1971, celebró este año su 50.º aniversario.
Sin embargo, la convicción con la que casi 3.000 participantes de 130 países tomaron parte en el evento de este año, que presumió de la mayor concentración de poder económico del mundo, indica que el Foro Económico Mundial no atraviesa una crisis de la mediana edad.
Por el contrario, la vitalidad del Foro se asemeja a la de un joven emprendedor de éxito, con sueños, energía y capacidad para cambiar el mundo.
Durante cinco días, 60 jefes de Estado, 250 ministros, 1.000 directores ejecutivos y 800 vicepresidentes de empresas globales, 300 jóvenes líderes y 450 representantes de la sociedad civil, los medios de comunicación y el sector académico debatieron los principales desafíos de la sociedad, sus paradojas y posibles soluciones.
Estamos al inicio de una nueva década. Una década en la que debemos obtener resultados. La década en la que debemos construir un sistema económico capaz de reparar nuestras sociedades heridas y el planeta enfermo. Las empresas tienen una enorme responsabilidad en este proceso. El sector privado no puede resolver todos los problemas de la sociedad, pero la mayoría de los problemas estructurales que nos afectan no pueden resolverse sin el sector privado.
El Foro fue la primera organización en defender la idea del capitalismo de las partes interesadas en 1973. La reunión de 2020 se centró en renovar la licencia para operar, no la de ninguna empresa en particular, sino la del propio capitalismo.
La Mesa Redonda Empresarial de Estados Unidos (US Business Roundtable), el grupo de empresas más influyente del país, recientemente anunció que adoptaría el capitalismo de las partes interesadas. La pregunta que surgió fue qué impacto tendrá esto en la práctica. La plataforma del Foro cuenta con el contenido y el poder de convocatoria necesarios para hacer de este compromiso una realidad mundial, lo que permitirá transformar las empresas para que sigan siendo el motor del desarrollo de la sociedad, como lo han sido durante los últimos 150 años.
Los profesores Paul Collier y Colin Mayer, ambos de Oxford, ilustraron el caso en un debate el primer día de Davos, con una buena dosis de humor inglés. Los dos profesores explicaron que, según la visión tradicional, el jefe de una empresa sabía lo que había que hacer, pero que los “empleados malvados” no querían seguir el camino que él proponía. Esta concepción del mundo se basaba en la idea del “homo economicus”, presente en la teoría económica desde Adam Smith y su mano invisible.
En consecuencia, se estableció un sistema de sanciones y recompensas que, según los ponentes, funciona bien con las ratas de laboratorio. Pero la especie humana fue capaz de construir un sistema de confianza y motivación más sofisticado que “la zanahoria y el palo”. En la naturaleza solo existe un tipo de liderazgo: la dominación. Las personas, por el contrario, han creado otro sistema basado en el respeto.
Este modelo exige un líder capaz de establecer un propósito que canalice la fuerza creativa de los trabajadores para resolver problemas de las personas y del planeta. No basta con una misión vaga y aspiracional, sino que se requiere un propósito respaldado por la cultura corporativa, los procesos y las métricas que orientan las decisiones diarias y estratégicas de la empresa. Cuando las principales empresas globales lo adopten ampliamente, tendremos una reorientación del capitalismo, en la que el beneficio sostenible a largo plazo se convierta en consecuencia de resolver problemas y de servir a la sociedad.
En una reunión privada, un participante le dijo a un director ejecutivo —que casualmente forma parte del consejo de fideicomisarios del Foro— que este último había partido de una situación cómoda al definir y comunicar el propósito de su empresa. Nuestro fideicomisario dirige una compañía que produce componentes nutritivos para alimentos y genera energía renovable en sus grandes instalaciones industriales. El participante preocupado consideraba que su caso era mucho más complicado porque, según él, su empresa no aporta nada al mundo. Nuestro supuestamente afortunado fideicomisario no quiso ser grosero; sin embargo, no pudo evitar preguntarse por qué existe esa otra empresa.
Una de las iniciativas más importantes lanzadas en Davos este año fue la creación de una red global de miembros de consejos de administración comprometidos con el objetivo de eliminar las emisiones netas de CO2 de sus empresas para 2050. Esta iniciativa se basa en el marco de gobernanza corporativa que el Foro publicó en 2019.
Las empresas a la vanguardia de este movimiento se comprometen a eliminar las emisiones netas de CO2 ya en 2030, y las más ambiciosas, como anunció Satya Nadella, de Microsoft, compensarán las emisiones generadas por la empresa desde su creación. Reino Unido, Francia, Italia, Malasia y Canadá ya cuentan con grupos de directores que comparten experiencias, influyen en sus pares y dan un mandato concreto a los ejecutivos para transformar las empresas de cara al futuro. En Brasil, se están manteniendo conversaciones para crear un grupo similar.
América Latina cuenta con excelentes empresas que compiten en igualdad de condiciones con los principales líderes mundiales de sus sectores. Sin embargo, en lo que respecta a los modelos de negocio sostenibles, la cultura corporativa inclusiva y el compromiso con los distintos grupos de interés, tenemos una gran oportunidad de aprendizaje. Necesitamos una gobernanza corporativa sólida y comprometida para tomar decisiones necesarias y valientes.
Larry Fink, consejero delegado de BlackRock, sostiene que las empresas deben darse prisa, ya que en los próximos 10 años se producirá una transferencia masiva de poder económico y político a la siguiente generación de líderes. Estos jóvenes tienen sólidos compromisos sociales, éticos y medioambientales, y sus expectativas respecto de las corporaciones —como consumidores, inversores y reguladores— son claras.
Junto con estos futuros líderes, tenemos una oportunidad única de desarrollar una gobernanza corporativa que sitúe a las empresas latinoamericanas al mismo nivel que sus pares globales, no solo en el desempeño financiero y operativo, sino también como líderes de una sociedad cada vez más compleja que requiere una colaboración público-privada eficaz.



