Cómo la humildad puede ayudar a los gobiernos a recuperar la confianza

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  • Los gobiernos democráticos gozan, en general, de menos confianza por parte de sus propios ciudadanos, según el último Barómetro de Confianza de Edelman.

  • Si bien algunos gobiernos han obtenido mejores resultados que otros, la tendencia es clara, escribe Juha Leppänen, director ejecutivo de Demos Helsinki.

  • Hay que abordar tres desafíos fundamentales para reconstruir la confianza y revitalizar las democracias: la sensación de desconexión, la fragmentación y la falta de propósito.

  • Los sistemas democráticos solo pueden funcionar realmente cuando se sustentan en niveles suficientes de confianza.

Seamos sinceros. Durante la última década, las democracias liberales no han tenido un éxito especial en guiar a las sociedades ante nuestros problemas colectivos y urgentes. Esto se refleja en la actualización de primavera de 2021 del Barómetro de Confianza de Edelman, titulada Un mundo en trauma: los gobiernos democráticos gozan, en general, de menos confianza por parte de sus propios ciudadanos. Si bien algunos gobiernos han obtenido mejores resultados que otros, la tendencia es clara.

Son muchas las razones por las que la confianza está cayendo, desde el ruido de las redes sociales hasta el populismo político. Pero la razón fundamental es una crisis de gobernanza: los grandes desafíos sociales de nuestro tiempo (el cambio climático, las crisis sanitarias y las desigualdades endémicas) no han sido resueltos ni lo serán por el mismo enfoque de gobernanza de la era industrial que generó estos problemas en primer lugar.

En Demos Helsinki creemos que las soluciones pueden encontrarse y que la confianza puede recuperarse solo si dotamos a los gobiernos de humildad. Definimos la humildad como la capacidad de reconocer que el liderazgo en el siglo XXI no consiste en tener todas las respuestas correctas, sino en aprender continuamente y colaborar con rigor de maneras nuevas e ingeniosas.

Pensemos en las respuestas a la COVID-19. Antes de que llegara la pandemia, Estados Unidos figuraba en el primer puesto en seguridad sanitaria. Pero resultó que nos estábamos preparando para la pandemia equivocada. Los líderes que creían saber qué esperar fracasaron, mientras que los líderes que reconocieron la incertidumbre y se mostraron humildes ante el nuevo virus lograron gestionar mejor la situación.

Hay que abordar tres desafíos fundamentales para reconstruir la confianza y revitalizar las democracias (incluidas aquellas que hasta ahora obtienen resultados relativamente buenos en materia de confianza, como Finlandia y nuestros vecinos de Escandinavia).

El primer desafío es una extendida sensación de desconexión. Las relaciones de confianza se construyen sobre la capacidad de verse, influir y ponerse a prueba mutuamente. Sin embargo, en la última década, los gobiernos han estado demasiado desconectados de sus ciudadanos. Esta distancia desmotiva a los ciudadanos a contribuir a la resolución colectiva de problemas y proporciona a los gobiernos muy poca información sobre lo que la gente realmente siente respecto de políticas concretas. Como muestra con claridad el Barómetro de Confianza de Edelman de 2021, la confianza es local. «Mi empleador» goza de un nivel de confianza superior al de las empresas en general, los gobiernos, las ONG y los medios de comunicación. La gobernanza del siglo XXI requiere mecanismos que restablezcan la cercanía y el compromiso.

El segundo desafío es la fragmentación. Una fuente importante, aunque a menudo ignorada, del descenso de la confianza no se ha producido fuera, sino dentro de los gobiernos. En un momento en que la capacidad de colaborar es cada vez más importante, los silos tradicionales de la administración crean puntos ciegos que derivan en ineficacia, lentitud y una conducta de «control de accesos» improductiva. Se necesitan reformas estructurales, incluidas las de los procesos presupuestarios, para dar margen a la cooperación tanto entre silos como entre los gobiernos y las partes interesadas de la sociedad en general.

El tercer desafío es la falta de propósito. Más allá de sus persistentes fracasos a la hora de cumplir, gran parte de la elaboración de políticas actual carece de un objetivo claro o de una estrategia eficaz para alcanzarlo. Además, la habitual pretensión de infalibilidad de los gobiernos obstaculiza su capacidad para emprender una resolución de problemas eficaz a largo plazo. Para restaurar la confianza, las políticas definidas desde las altas instancias deben tener en cuenta las consideraciones locales y aplicarse con el propósito claro de resolver los problemas reales de las personas y las comunidades sobre el terreno.

Entonces, ¿cómo puede la humildad ayudar a resolver esta crisis de gobernanza?

La humildad implica tanto la disposición a escuchar opiniones diferentes como la capacidad de revisar las propias acciones a la luz de nuevos conocimientos. La verdadera humildad no necesita ser deferente. Pero abrazarla legitima el liderazgo al cultivar relaciones más sólidas y una mayor confianza entre otros actores políticos y sociales, en particular con quienes tienen perspectivas diferentes. Al hacerlo, puede facilitar la acción a largo plazo y garantizar que las políticas sean mucho más resilientes ante la incertidumbre.

Existen varios pasos fundamentales para establecer una gobernanza humilde:

Algo de terreno común es mejor que nada, así que busque un consenso básico con la oposición en torno a un objetivo marco amplio. Por ejemplo, considere los objetivos de neutralidad de carbono. Para empezar, alcanzar un consenso no requiere concretar los detalles de cómo y qué hacer. Tomemos las emisiones de la agricultura. En este caso, basta con un acuerdo general sobre la necesidad de reducir significativamente las emisiones de CO2 en este sector para alcanzar nuestro objetivo nacional de cero emisiones netas. Aunque esto puede ser más difícil en entornos extremadamente polarizados, por lo general se puede construir algún tipo de consenso básico sobre cualquier problema que ya sea ampliamente reconocido, por pequeño que sea. Esto ocurre incluso en entornos políticos dominados por líderes populistas.

Delegar la resolución de problemas de forma sistémica. En primer lugar, deje de lado la elaboración detallada de planes y céntrese en presentar un plan de lanzamiento amplio, respaldado por un proceso sólido de toma de decisiones gubernamentales. Busque incentivos inteligentes que impulsen la colaboración. En el ejemplo de la neutralidad de carbono, esto comenzaría por identificar dónde se encuentran las tensiones potenciales más críticas o las disputas jurisdiccionales. Dado que las partes interesadas locales tienden a querer resolver las tensiones a nivel local, otórgueles una función clara en la planificación. Reparta la responsabilidad de alcanzar los objetivos entre los sectores de la economía, identifique a las partes interesadas clave que deben sentarse a la mesa en cada sector y establezca un procedimiento para revisar los avances. La colaboración puede incentivarse ofreciendo a quienes participen la posibilidad, por ejemplo, de influir en futuras regulaciones, o bien penalizando a quienes se nieguen a participar.

Revisar los objetivos marco mediante mecanismos de retroalimentación sólidos. Los documentos rectores de un gobierno verdaderamente humilde deben considerarse documentos vivos, y no planos definitivos. Debe haber consultas periódicas con las partes interesadas sobre los avances, y los representantes electos deben revisar el progreso respecto del planteamiento original del problema y de cómo se define el éxito. Cuando sea necesario, el gobierno en el poder puede utilizar este proceso para decidir si reabre el diálogo con la oposición sobre cómo revisar los objetivos actuales.

En esta era de partidos profundamente divididos y populistas grandilocuentes que prometen el oro y el moro, lo que acabamos de describir puede sonar a fantasía. Sin embargo, sabemos que este enfoque puede funcionar. Como señala Charles F. Sabel, profesor de la Escuela de Derecho de Columbia y nuestro socio en el trabajo de gobernanza humilde, uno de los mejores ejemplos históricos de gobernanza humilde (antes de que tuviera ese nombre) fue el Protocolo de Montreal de 1987. Ese acuerdo sigue siendo, sin duda, el ejemplo más exitoso de gobernanza ambiental global y la razón por la que hoy no nos preocupa demasiado la capa de ozono.

Antes del Protocolo de Montreal, los negociadores de los tratados climáticos asumían erróneamente que las soluciones a este problema intrínsecamente global también debían ser globales. En cambio, lo que finalmente hizo que tuviera éxito fue la forma en que superó el consenso y estimuló focos de acción e innovación en muchas industrias, sectores y entornos locales diferentes. Con el tiempo, este enfoque de abajo arriba fomentó no solo un compromiso amplio, sino también resultados compartidos colectivamente: una lección real sobre cómo los pasos pequeños y humildes pueden conducir a resultados extraordinarios.

Actualmente, el estado de Colorado trabaja con Demos Helsinki para desarrollar un modelo de toma de decisiones para la inversión en infraestructuras que también mejore y promueva la equidad. En el pasado, las decisiones sobre infraestructuras han sido, por lo general, muy jerárquicas, con una participación ciudadana limitada, y a menudo han sido fuente de desigualdad entre distintas comunidades. El objetivo de desplegar el modelo de gobernanza humilde en este caso es reconocer que el Estado no tiene todas las respuestas y necesita la colaboración de las administraciones locales y de los habitantes de Colorado para orientar mejor una afluencia histórica de fondos federales destinados a infraestructuras públicas, como no se veía desde hace siete décadas. Existe una oportunidad para empezar a corregir los agravios del pasado y comenzar a construir juntos un futuro más equitativo. ¿Qué aspecto tiene el éxito? Que las inversiones realizadas mediante el paquete de infraestructuras tengan para las personas que viven en Colorado un propósito claro, porque se puede ver con claridad que resuelven sus problemas concretos, actuales y futuros. Este trabajo en curso se presentó en septiembre en el Festival Creative Bureaucracy de Berlín (¡sí, en serio!), donde Demos Helsinki y el Gobierno finlandés también recibieron un premio por desarrollar el modelo.

¿Cómo puede la recopilación responsable de datos generar confianza?

En Finlandia empezamos a desarrollar el modelo de gobernanza humilde con la Oficina del Primer Ministro en 2020. La primera ministra de Finlandia, Sanna Marin, puede ser ampliamente conocida por ser una de las jefas de gobierno más jóvenes del mundo, pero su respuesta inicial a la COVID-19 es un gran ejemplo de humildad práctica. En lugar de confiar únicamente en los consejos de los tecnócratas, como ocurrió en algunos países, o de volverse contra ellos, como hicieron otros, subrayó humildemente la incertidumbre en torno al virus y, a partir de ahí, defendió una forma de acción decisiva que ha sido ampliamente elogiada por su eficacia. (Sin embargo, recientemente tomó algunas decisiones equivocadas, y fue noticia en el país y en el extranjero por salir de fiesta cuando debería haber estado en cuarentena. Aun así, como señalaría de inmediato un líder humilde, nadie es perfecto).

Hoy, utilizamos el modelo de gobernanza humilde para acelerar el desarrollo y la implementación de la construcción sostenible en madera, reuniendo al Ministerio de Medio Ambiente de Finlandia y a partes interesadas clave, como ciudades y empresas constructoras. En este caso, la transformación exige múltiples cambios simultáneos en la regulación, la composición de las cadenas de suministro, las competencias, el diseño y la zonificación. Esto se construye sobre el consenso básico de que la madera debería ser la nueva norma en la construcción urbana para 2030.

Cada vez más gobiernos despiertan en 2022 a la necesidad de cambiar las formas de trabajo antiguas y fracasadas, y la gobernanza humilde ofrece el camino a seguir.

Lo que es seguro es que el espíritu de la época ha cambiado. Pregunte hoy a la mayoría de los ciudadanos y le dirán que ya no se espera que los gobiernos tengan todas las respuestas. El camino a seguir no se encontrará en el viejo debate sobre el tamaño del gobierno, sobre si es demasiado grande o demasiado pequeño. En cambio, los responsables de las políticas deben marcar una dirección completamente distinta y reconocer la necesidad de un nuevo lenguaje y de nuevas formas de relacionarse con los gobernados para abordar los grandes desafíos de nuestro tiempo.

La historia nos enseña dos cosas. En primer lugar, que las democracias liberales prosperan en condiciones de experimentación, análisis y deliberación. En segundo lugar, que los sistemas democráticos solo pueden funcionar realmente cuando se sustentan en niveles suficientes de confianza. Es hora de que nuestros gobiernos empiecen a aprovechar sus fortalezas, al tiempo que permiten a otros hacer lo propio, y así recuperar la confianza de la ciudadanía.

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