En 1985, el estadounidense Richard Bass logró una hazaña asombrosa. Se había propuesto escalar las montañas más altas del mundo en los siete continentes. Ese año, a los 55 años, completó la escalada de la última de sus siete montañas, el monte Everest, y así se convirtió en la primera persona en escalar las siete montañas y en la persona de más edad que había logrado escalar el monte Everest.
Pero ahora el récord del señor Bass ha sido superado.
La persona de más edad en escalar el monte Everest es Yuichiro Miura de Japón, quien alcanzó la cima del monte Everest en 2013 a los 80 años. Y la persona de más edad que ha escalado las siete montañas de los siete continentes es Takao Arayama de Tanzania, quien escaló la última de esas montañas a los 74 años, en 2010.
Con el paso del tiempo, a medida que aumenta la esperanza de vida y las personas se mantienen más saludables, las personas mayores pueden hacer cosas que antes eran propias de los más jóvenes. De hecho, a nadie le sorprendería que, durante la próxima década, se batieran ambos récords.
Bueno, quizá no exactamente a nadie.
Quienes analizan el envejecimiento de la población mediante medidas convencionales suponen que ninguno de los atributos importantes para comprender el envejecimiento cambia con el tiempo ni varía según el lugar. Sin embargo, se puede recurrir a una gran variedad de atributos para estudiar el envejecimiento. Uno importante para las personas de 65 años, por ejemplo, es su esperanza de vida restante prevista. Otro es la capacidad de esas personas de 65 años para recordar cosas.
Nuestros hallazgos de investigación cuestionan la idea de que lo único que importa al estudiar el envejecimiento es la edad cronológica; también ponemos en duda que los atributos de las personas mayores carezcan de importancia.
Creemos que ha llegado el momento de que las mediciones del envejecimiento tengan en cuenta la nueva realidad de la vejez actual, incluida la capacidad funcional real de las personas mayores.
Limitaciones de la visión convencional del envejecimiento
En la visión convencional que utilizan la mayoría de los demógrafos y responsables de políticas, es irrelevante que la esperanza de vida a edades avanzadas esté aumentando. Estas visiones no tienen en cuenta que las personas mayores son más saludables y obtienen puntuaciones cada vez más altas en las pruebas de estado cognitivo que en el pasado.
Y a muchos les parece irrelevante que, en el futuro, personas de 85 años o más puedan escalar las montañas más altas del mundo.
Buscamos cuestionar esta idea equivocada.
El análisis del envejecimiento de la población tiene dos aspectos.
En primer lugar, según la edad cronológica, la población de la mayoría de los países del mundo está envejeciendo. Aumenta la proporción de personas de 65 años o más. La proporción de personas de 80 años o más crece aún más rápido, y también aumenta la edad mediana de la población.
El enfoque convencional del estudio del envejecimiento de la población termina aquí, pero al hacerlo ignora el segundo aspecto del envejecimiento, igualmente importante.
Las personas mayores de hoy no son los abuelos de tu padre
Las características de las personas de cada edad están cambiando.
Por ejemplo, en 1950, los hombres suecos de 65 años tenían una esperanza de vida de 13,5 años más. En 2011, su esperanza de vida era de 18,4 años más, casi 5 años más.
En cambio, en 2010, los hombres rusos de 65 años tenían una esperanza de vida de 11,9 años más, menos que la de los hombres suecos en 1900.
Al ignorar los cambios en los atributos de las personas y fijarse únicamente en la edad cronológica, el enfoque convencional ofrece una imagen engañosa del futuro.
En una serie de artículos mostramos cómo incorporar las características cambiantes de las personas a las mediciones del envejecimiento de la población.
En particular, hemos definido una nueva medida llamada «edad prospectiva».
La edad prospectiva es una medida basada en el promedio de años de vida que les quedan a las personas. Consideramos que las personas son «mayores» no al cumplir 65 años, sino cuando a las personas de su edad les quedan, en promedio, 15 años de vida.
Con este criterio, se consideraría mayor a un hombre sueco en 1900 a los 60 años. En 1960, se le habría considerado mayor a los 63 años, y en 2010, a los 69. A los hombres rusos se les habría considerado mayores a los 62 años en 1960, aproximadamente la misma edad a la que se habría considerado mayores a los hombres suecos en ese momento. En 2010, sin embargo, se habría considerado mayores a los hombres rusos a los 59 años, 3 años menos que en 1960. Esto refleja la crisis de mortalidad en Rusia tras la disolución de la Unión Soviética.
En nuestro artículo en PLOS ONE describimos el descubrimiento de un aspecto nuevo y contraintuitivo del envejecimiento de la población, basado en esas nuevas medidas.
Al utilizar medidas del envejecimiento basadas en la edad prospectiva, descubrimos que estas aumentan más lentamente cuando el incremento de la esperanza de vida es más rápido.
Por ejemplo, analizamos qué ocurriría con las medidas del envejecimiento basadas en la edad prospectiva si la esperanza de vida siguiera aumentando al ritmo actual en muchos países desarrollados, de alrededor de 1,5 años adicionales por década. También analizamos qué ocurriría si el aumento de la esperanza de vida se detuviera. Descubrimos que nuestras medidas del envejecimiento eran menores en el escenario en que la esperanza de vida aumentaba.
En otras palabras, si las personas vivieran más tiempo y llevaran vidas más saludables y productivas, tendríamos menos motivos de preocupación por el envejecimiento de la población que si vivieran menos tiempo y llevaran vidas menos saludables y productivas.
La preocupación por el aumento de la esperanza de vida
Cuando las personas piensan en el envejecimiento desde la perspectiva convencional, suelen temer los rápidos aumentos de la esperanza de vida por cuatro motivos.
En primer lugar, los rápidos aumentos de la esperanza de vida pueden afectar la sostenibilidad de los sistemas de pensiones. Sin embargo, cada vez más países están adoptando sistemas de pensiones que se ajustan automáticamente a los cambios en la esperanza de vida. Para esta lista cada vez mayor de países, el reto de mantener la sostenibilidad de los sistemas de pensiones ya se ha abordado con éxito. Lamentablemente, Estados Unidos no es uno de esos países, aunque podría serlo en el futuro.
El segundo temor se centra en los costos de la atención de salud. Sin embargo, estos costos son más altos durante los últimos años de vida, y esos años llegan más tarde a medida que aumenta la esperanza de vida.
El tercer temor es que en el futuro haya tantas personas con discapacidades graves que resulte difícil atenderlas a todas. Sin embargo, las pruebas tienden a no respaldar esta preocupación, porque las tasas de discapacidad grave en cada etapa de la vejez tienden a disminuir a medida que aumenta la esperanza de vida.
El último temor es que, cuando aumenta la esperanza de vida, habrá más personas que no trabajen. Sin embargo, al mismo tiempo que aumentaban la esperanza de vida y la salud de los estadounidenses, la tasa de participación en la fuerza laboral de las personas de 65 a 69 años dio un salto (según cifras de la Oficina de Estadísticas Laborales de EE. UU.), del 21,8 % en 1990 al 30,8 % en 2010 ‘
La esperanza de vida de un niño nacido hoy en un país rico bien podría ser de 100 años. A finales de siglo, la edad mediana de la población de muchos de esos países podría superar los 65 años.
Debemos pensar en un futuro en el que más de la mitad de la población sea mayor que la edad a la que hoy se jubila la mayoría. Los sistemas de pensiones, tributarios y educativos, así como los mercados laborales, tendrán que adaptarse.
El envejecimiento de la población sí plantea desafíos. Sin embargo, no nos sirve de nada malinterpretar esos cambios a partir de mediciones insuficientes. Ha llegado el momento de comprender el envejecimiento no solo en función de cuántos años han vivido las personas, sino también de su capacidad funcional. Al comprenderlo así, estaremos en mejores condiciones para planificar los cambios que tendremos que realizar.
Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Lee el artículo original. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Warren Sanderson es profesor de Economía en la Universidad de Stony Brook. Sergei Scherbov es subdirector del Programa Mundial de Población de IIASA.
Imagen: Un hombre mayor está de pie en Copacabana, en Río de Janeiro. REUTERS/Ricardo Moraes.
