Cuando el empresario estadounidense Mick Ebeling leyó sobre un niño sudanés al que una incursión aérea le había arrancado los brazos, viajó a las montañas Nuba con una impresora 3D y fabricó para el adolescente una prótesis robótica.
Por primera vez en dos años, Daniel Omar pudo alimentarse por sí mismo.
Pero Ebeling, fundador de la organización sin ánimo de lucro californiana Not Impossible, no quería que el Proyecto Daniel se limitara a ayudar a un solo niño.
Los múltiples conflictos prolongados en Sudán han dejado, según las estimaciones, a 50.000 personas amputadas, muchas de ellas niños.
«Si podíamos enseñar a los habitantes locales a hacerlo por sí mismos, el proyecto podría seguir mucho después de que nos fuéramos, y así fue», afirma Ebeling en un vídeo sobre el proyecto.
Tras formar a los habitantes locales en la técnica, su equipo dejó dos impresoras 3D en un hospital de la región montañosa del sur. Desde entonces, según afirman, el laboratorio ha producido un brazo a la semana. La impresión 3D fabrica productos mediante la superposición de material —en este caso, plástico— hasta crear un objeto tridimensional.
El proyecto de crear el primer laboratorio de impresión de prótesis 3D del mundo forma parte de una nueva exposición en Londres que presenta los mejores diseños del año.
Uno de mis favoritos viene de Vietnam, donde un arquitecto ha creado unas casas impresionantes que también hacen las veces de maceteros gigantes.
Vo Trong Nghia Architects quiere reintroducir en la ciudad los grandes árboles tropicales que antaño cubrían Vietnam, aunque sea en las azoteas de las casas.
Houses for Trees es un intento de contrarrestar algunos de los efectos de la rápida urbanización en ciudades como Ciudad Ho Chi Minh, donde solo el 0,25 por ciento de la superficie está cubierta de vegetación. Los arquitectos afirman que los jardines podrían ayudar a combatir la grave contaminación atmosférica causada por el uso intensivo de motocicletas en la ciudad sureña y reducir el riesgo de inundaciones al servir de depósitos para el agua de lluvia.
Los edificios de uso mixto también aparecen en Waterbank Campus, un proyecto en el centro de Kenia en el que los arquitectos están desarrollando un campus para una escuela secundaria que recoge, almacena y filtra grandes volúmenes de agua de lluvia, proporcionando agua potable limpia para los niños, además de agua para regar tierras agrícolas.
Otro proyecto que me llamó la atención fue un inodoro que podría salvar vidas en barrios marginales sin agua corriente ni alcantarillado. La unidad cuenta con un sistema de filtrado integrado que le permite reciclar siete litros de agua al día para descargar la cisterna y lavarse las manos. La orina y las heces se recogen en contenedores autosellantes que pueden retirarse y llevarse a una planta donde su contenido se transforma en fertilizante.
El inodoro, que se ha probado en Uganda y Kenia, busca reducir el número de personas —1,8 millones cada año— que mueren de diarrea debido a las malas condiciones sanitarias.
Pero quizá el premio a la mayor ambición debería recaer en Boyan Slat, un adolescente aficionado al buceo cuyo sueño es retirar millones de toneladas de residuos plásticos del mar.
Oceancleanup —presentado como la mayor operación de limpieza de la historia— planea utilizar una red de largas barreras flotantes que aprovechan las corrientes para empujar el plástico hacia una plataforma, donde puede recogerse y compactarse para su transporte.
Este artículo se publica en colaboración con The Thomson Reuters Foundation trust.org. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Emma Batha es una periodista especializada en crisis humanitarias y derechos de las mujeres.
Imagen: Se ven robots en la feria industrial «Hannover Messe», en Hannover. REUTERS/Morris Mac Matzen.
