¿Existe una explicación evolutiva para los mayores logros de la humanidad —la tecnología, la ciencia y las artes— cuyas raíces puedan remontarse al comportamiento animal? Me planteé esta pregunta por primera vez hace 30 años y desde entonces he trabajado para responderla.
Muchos animales usan herramientas, emiten señales, se imitan entre sí y recuerdan acontecimientos pasados. Algunos incluso desarrollan tradiciones aprendidas que consisten en consumir determinados alimentos o cantar cierto tipo de canción: actos que, en cierta medida, se asemejan a la cultura humana.
Pero la capacidad mental humana se distingue claramente. Vivimos en sociedades complejas organizadas en torno a normas, valores morales e instituciones sociales codificados lingüísticamente, y dependemos enormemente de la tecnología. Hemos creado máquinas voladoras, microchips y vacunas. Hemos escrito relatos, canciones y sonetos. Hemos bailado en El lago de los cisnes.
Los psicólogos del desarrollo han establecido que, en lo que respecta a la interacción con el mundo físico (por ejemplo, la memoria espacial y el uso de herramientas), las habilidades cognitivas de los niños pequeños humanos ya son comparables a las de los chimpancés y orangutanes adultos. En cuanto a la cognición social (como imitar a otros o comprender sus intenciones), la mente de los niños pequeños es mucho más sofisticada.
La misma brecha se observa tanto en la comunicación como en la cooperación. Las afirmaciones grandilocuentes de que los simios producen lenguaje no resisten un análisis riguroso: los animales pueden aprender el significado de los signos y encadenar combinaciones sencillas de palabras, pero no pueden dominar la sintaxis. Además, los experimentos demuestran que los simios cooperan con mucha menos facilidad que los seres humanos.
Gracias a los avances en cognición comparada, los científicos tienen ahora la certeza de que los demás animales no poseen capacidades ocultas de razonamiento ni una complejidad cognitiva equiparables, y de que la brecha entre la inteligencia humana y la animal es real. Entonces, ¿cómo pudo evolucionar algo tan extraordinario y único como la mente humana?
Un importante esfuerzo interdisciplinario ha resuelto recientemente este antiguo enigma evolutivo. La respuesta es sorprendente. Resulta que las características más extraordinarias de nuestra especie —nuestra inteligencia, nuestro lenguaje, nuestra capacidad de cooperar y nuestra tecnología— no evolucionaron como respuestas adaptativas a las condiciones externas. Más bien, los seres humanos somos artífices de nuestra propia naturaleza: nuestras mentes se desarrollaron no solo para la cultura, sino por la cultura. En otras palabras, la cultura transformó el proceso evolutivo.
Algunas ideas clave surgieron de estudios sobre el comportamiento animal, que demostraron que, aunque el aprendizaje social (la imitación) está muy extendido en la naturaleza, los animales son muy selectivoscon respecto a qué y a quién imitan. La imitación solo confiere una ventaja evolutiva cuando es precisa y eficiente. Por tanto, la selección natural debería favorecer las estructuras y capacidades cerebrales que aumentan la precisión y la eficiencia del aprendizaje social.
En consonancia con esta predicción, las investigaciones revelan fuertes asociacionesentre la complejidad del comportamiento y el tamaño del cerebro. Los primates con cerebros grandes inventan nuevos comportamientos, imitan las innovaciones de otros y usan herramientas más que los primates con cerebros pequeños. La selección a favor de una inteligencia elevadacasi con toda seguridad tiene múltiples orígenes, pero estudios recientesindican que a la selección de una inteligencia que permitiera desenvolverse en entornos sociales complejos entre monos y simios le siguió una selección más restringida a favor de la inteligencia cultural en los grandes simios, los capuchinos y los macacos.
Entonces, ¿por qué los gorilas no han inventado Facebook ni los capuchinos han construido naves espaciales? Alcanzar niveles tan elevados de funcionamiento cognitivo requiere no solo inteligencia cultural, sino también cultura acumulativa, en la que las modificaciones se van acumulando con el tiempo. Esto exige transmitir información con un grado de precisión que solo los seres humanos son capaces de alcanzar. De hecho, pequeños aumentos en la precisión de la transmisión social generan grandes aumentos en la diversidad y la longevidad de la cultura, así como modas pasajeras, tendencias y conformidad.
Nuestros antepasados pudieron alcanzar tal fidelidad en la transmisión de información no solo gracias al lenguaje, sino también a la enseñanza: una práctica poco frecuente en la naturaleza, pero universal entre los seres humanos (una vez que se reconocen las formas sutiles que adopta). Los análisis matemáticosrevelan que, aunque por lo general es difícil que evolucione la enseñanza, la cultura acumulativa la promueve. Esto implica que la enseñanza y la cultura acumulativa coevolucionaron y dieron lugar a una especie que enseñaba a sus parientes en una amplia variedad de circunstancias.
El lenguaje apareció en este contexto. Las pruebas sugieren que el lenguaje evolucionó originalmentepara reducir los costos, aumentar la precisión y ampliar los ámbitos de la enseñanza. Esta explicación da cuenta de muchas propiedades del lenguaje, como su carácter único, su capacidad de generalización y el hecho de que se aprende.
Todos los elementos que han sustentado el desarrollo de las capacidades cognitivas humanas —la encefalización (el aumento evolutivo del tamaño del cerebro), el uso de herramientas, la enseñanza y el lenguaje— tienen una característica clave en común: las condiciones que favorecieron su evolución fueron creadas por actividades culturales, mediante retroalimentación selectiva. Como atestiguan los estudios teóricos, antropológicos y genéticos, una dinámica coevolutiva —en la que las habilidades transmitidas socialmente guiaron la selección natural que dio forma a la anatomía y la cognición humanas— ha sustentado nuestra evolución durante al menos 2,5 millones de años.
Nuestra poderosa capacidad para imitar, enseñar y usar el lenguaje también propició niveles de cooperación sin precedentes entre individuos, creando condiciones que no solo promovieron mecanismos de cooperación arraigados, como la reciprocidad y el mutualismo, sino que también generaron mecanismos nuevos. En este proceso, la coevolución de los genes y la cultura creó una psicología —una motivación para enseñar, hablar, imitar, emular y conectar— totalmente distinta de la de los demás animales.
El análisis evolutivo también ha arrojado luz sobre el surgimiento de las artes. Estudios recientessobre el desarrollo de la danza, por ejemplo, explican cómo los seres humanos se mueven al ritmo de la música, sincronizan sus acciones con las de otros y aprenden largas secuencias de movimientos.
La cultura humana nos distingue del resto del reino animal. Comprender sus fundamentos científicos enriquece nuestra comprensión de la historia y de por qué nos convertimos en la especie que somos.

