A menudo oímos que vivimos en la mejor época de la historia. Según muchos indicadores del progreso humano, esta afirmación es acertada. Hoy estamos mejor que ayer. Probablemente mañana estaremos aún mejor en ámbitos como la salud, las tasas de alfabetización, la mortalidad infantil y la pobreza extrema. Estamos logrando avances extraordinarios hacia un mundo mejor.
Pero ¿se siente así? No. Si escucha las noticias de la noche o lee las publicaciones que aparecen a toda velocidad en su teléfono, puede parecer que vivimos en la peor época de la historia. El mundo parece profundamente dividido, con una desconfianza creciente entre las personas, las naciones y sus líderes. La confianza atraviesa una crisis en todo el mundo, como muestra el Barómetro de Confianza de Edelman.
Los estudios muestran que la gente no confía en que las instituciones tradicionales, incluidos los medios de comunicación, el gobierno e incluso las ONG, puedan cambiar el mundo. De hecho, el 70 % de los millennials, una generación más numerosa que la de los baby boomers, confía más en sí misma que en las instituciones tradicionales para resolver los problemas mundiales.
Esto es una llamada de atención para todas las organizaciones públicas, privadas y sociales. Pero creo que podemos resolverlo colectivamente.
Para ello, debemos abordar tres fuerzas en juego:
- La ansiedad que sentimos en este mundo fracturado
- La ola de activismo que ha cobrado fuerza a medida que expresamos nuestras preocupaciones
- La necesidad imperiosa de usar y desarrollar la tecnología para hacer el bien
En primer lugar, en todo el mundo se siente una mayor ansiedad. La provocan tres factores. Primero, estamos hiperinformados. Tenemos acceso a un flujo constante de información procedente de todos los rincones del mundo. A menudo, es polarizante y perturbadora.
En segundo lugar, usamos las nuevas tecnologías digitales de maneras para las que nunca se concibieron. La misma tecnología que hace que el mundo esté más conectado se está convirtiendo en un arma, desde el acoso en los patios de recreo hasta la difusión más amplia del odio y la intolerancia.

En tercer lugar, la Cuarta Revolución Industrial está acelerando el ritmo del cambio. Las organizaciones y las personas se enfrentan a la necesidad de adaptarse a un nuevo paradigma, impulsado por avances disruptivos en automatización, robótica e inteligencia artificial. Estos están transformando todos los sectores, incluido el social.
Aunque nuestra ansiedad pueda parecer difícil de afrontar, ha desencadenado niveles sin precedentes de participación social. La ansiedad acumulada lleva a la gente a salir a la calle para marchar, hacerse oír e influir en las políticas y cambiarlas en todos los niveles y en todas las organizaciones. En 2017, vimos marchas de mujeres simultáneas y espontáneas en todo el mundo, en las que participaron casi cinco millones de mujeres, así como una recaudación de fondos sin precedentes para organizaciones benéficas, especialmente en causas relacionadas con los derechos humanos.
La pasión por las causas sociales ha trascendido los hogares y las comunidades y ha llegado a los lugares de trabajo. Las empresas se están dando cuenta de que sus empleados no solo piden que haya valores corporativos, sino que también los impulsan. En un estudio, los millennials afirmaron que su principal prioridad al elegir un nuevo empleo era contribuir a la sociedad.
La tecnología permite y alimenta esta pasión, pues puede generar un movimiento de la noche a la mañana. Estos movimientos están mejor organizados y conectados que nunca. Son automatizados, personalizados y auténticos. Pensemos en Movember y en el Ice Bucket Challenge de los últimos años, en los que las redes sociales han propiciado una conexión profundamente personal con causas importantes. La tecnología también permite medir mejor estos movimientos y ayuda a quienes impulsan el cambio a orientar y predecir los resultados de nuevas maneras.
Creo que estamos presenciando la democratización de la influencia, un fenómeno tan convincente como revolucionario. Desde #BlackLivesMatter hasta #rohingya y #MeToo, hemos oído cómo voces antes silenciadas se hacen más fuertes y claras sobre los temas que les importan. Estamos viendo un cambio sísmico en el equilibrio de poder. Nos encaminamos hacia una forma más auténtica de democracia directa.
Hoy nos sentimos inspirados y hacemos oír más nuestra voz. Pero mañana se tratará de actuar para lograr cambios. Lo que venga después determinará si podemos sanar este mundo fracturado o si nos veremos arrastrados a una mayor polarización y discordia.
Esto me lleva al siguiente punto: debemos desarrollar y usar la tecnología para hacer el bien. Debemos dejar de permitir que se use para dividirnos. En cambio, podemos aprovechar sus grandes fortalezas para conectar y empoderar a las personas, y así lograr los resultados sociales que buscamos. Cuando se usa para hacer el bien, la tecnología puede generar confianza, nivelar las oportunidades y permitirnos medir nuestro avance hacia objetivos comunes para cambiar la situación del mundo. Más aún, la tecnología puede simplificar la participación social.
Pero tenemos que hacer que conectar a las personas empoderadas con el cambio social sea tan sencillo como usar Amazon y Facebook. Si hoy es fácil expresar una opinión mediante la tecnología, debería ser aún más fácil implicarse a fondo en las causas, más allá de un hashtag y de participar en una marcha.
Si creamos plataformas que permitan a las personas filántropas convertirse en ciudadanos informados y conectarse con las causas que les importan, podrán ser una parte importante de la solución. Debemos conectar a los activistas de a pie con estrategias y oportunidades de gran impacto para impulsar el cambio, ya sea mediante un conocimiento más profundo, ofreciendo su tiempo y talento como voluntarios o participando directamente junto a quienes toman decisiones clave.
Solo mediante la participación activa en la solución podremos empezar a respetar la diversidad de pensamiento y valorar la colaboración entre fuerzas opuestas. Este cambio es clave para sanar nuestro mundo fracturado.
Entonces, ¿cómo llegamos a este nuevo mundo? Con tres pasos importantes:
- Predicar con el ejemplo. Crear en nuestras propias organizaciones una cultura que dé a las personas espacio para dedicarse a fondo a los asuntos que quieren cambiar.
- Hacerlo fácil. Aprovechar las herramientas y tecnologías escalables que facilitan que las personas comprometidas se impliquen más en las causas que más les importan.
- Seguir una única estrella polar. Orientar a su organización hacia el logro de los objetivos comunes que hayan identificado, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Así derribaremos los compartimentos estancos y trabajaremos de forma más coordinada y colaborativa.
Cuando aceptamos y aprovechamos la influencia de la ciudadanía comprometida, podemos conectarla con los resultados que nuestro mundo necesita con urgencia. Podemos encauzar un diálogo constructivo y racional, y abrir oportunidades para actuar. Preparémonos para el mañana y para el cambio unificador que traerá.

