La revolución industrial produjo una explosión de nuevas formas de organización social. Desde las Naciones Unidas hasta los sindicatos, desde el sector voluntario hasta los Estados de bienestar, se diseñaron nuevos sistemas y alianzas para facilitar la transición de un orden socioeconómico al siguiente.
Pero hoy, en todo el mundo, estas organizaciones no están al ritmo de los retos y expectativas actuales. La Cuarta Revolución Industrial exige una revolución social hermana. ¿Cómo podemos lograrlo?
En primer lugar, debemos dejar de invertir en intentos costosos de gestionar mejor los problemas. Después, debemos empezar, junto con las comunidades y los profesionales, a diseñar algo nuevo. Esto es lo que he estado haciendo en toda Gran Bretaña, con personas como Anne.
Anne está enferma, sufre dolores y tiene sobrepeso. Acudir a las citas con nueve médicos especialistas es su trabajo a tiempo completo. Pero cuando me reúno con los médicos, me dicen algo que Anne ya sabe: los medicamentos no funcionan. Anne representa el mayor reto al que se enfrentan los sistemas de salud en todo el mundo: pasar de la lucha del siglo pasado contra las enfermedades infecciosas al desafío actual de convivir con enfermedades crónicas.
Una de cada cuatro personas tiene una enfermedad crónica, como diabetes, depresión o las complicaciones de la vejez. Nuestros servicios de salud no dan abasto. El setenta por ciento del gasto hospitalario del Reino Unido se destina a gestionar estas enfermedades complejas, que no tienen cura. Anne necesita una ayuda radical para cambiar su forma de vida.
La falta de adecuación entre los servicios disponibles y los retos del siglo XXI va más allá de la salud. Desde la soledad hasta el envejecimiento, desde la educación hasta el trabajo moderno, nuestros sistemas están desajustados y no basta con reorganizarlos.
Pensemos en el empleo. En el Reino Unido, las oficinas de empleo han cambiado de nombre y se han recalibrado las prestaciones, pero lo esencial sigue igual: reparten dinero y asesoramiento. Dos tercios de las personas desempleadas que se someten al proceso obligatorio de solicitud de empleo para recibir prestaciones sociales no consiguen trabajo. Así que vuelven a empezar una y otra vez.
Al comienzo de una nueva revolución industrial impulsada por las tecnologías digitales y otras tecnologías emergentes, necesitamos nuevas competencias y formas distintas de encontrar trabajo. Hoy en día, la mayoría de los empleos no se anuncian. Para encontrar trabajo y progresar, se necesitan conexiones sociales. Los millones de británicos que luchan en empleos mal remunerados lo saben, al igual que los millones de jóvenes de todo el mundo que buscan su primera oportunidad. Necesitan algo nuevo.
En una oficina de empleo del sur de Londres, colgué una puerta con el lema: ‘¡sácame de aquí!'. Quería probar un enfoque distinto, que partiera de los sueños de las personas. Reunimos a personas que tenían trabajo y a otras que no, y nos centramos no solo en el empleo, sino en cómo progresar dentro de él. Pedí a cualquiera que quisiera participar que pagara 5 libras y entrara por la puerta.
A quienes cruzaron la puerta, les ofrecí herramientas sencillas y reuniones públicas para conectar a las personas y dar pasos prácticos hacia objetivos a largo plazo. Las plataformas digitales de bajo coste nos permitieron trabajar con muchas personas a un coste reducido. Tuvimos impacto. Nuestro enfoque fomentó las competencias y permitió que el 87 % de los miembros avanzara en el empleo o hacia él, con un coste equivalente a una quinta parte del de los servicios actuales.
Este es el bienestar del siglo XXI. Parte de donde estás y, en lugar de imponer cambios o intentar arreglarte, ofrece apoyo para desarrollar capacidades. Incluye al mayor número posible de personas, porque son nuestras relaciones las que nos ayudan a encontrar trabajo, mantenernos sanos y cuidarnos unos a otros.
Diseño junto con las personas. Pido a familias enfadadas y excluidas que recurran a nuevos apoyos, con resultados transformadores. Trabajo con personas mayores para crear servicios comunitarios que aporten alegría y cuidados asequibles y cálidos. Perfeccioné esta forma de trabajar en los barrios de América Latina y los asentamientos del sur de África. Desde Londres hasta Maputo, la vida de las personas cambia. El cambio en la vida de Anne comenzó cuando la animaron a retomar sus labores de costura. El remedio puede parecer poco habitual, pero los resultados han impresionado a los clínicos.
Por radicales que puedan parecer, estas ideas no son nuevas. Cuestan menos dinero, pero están al margen y funcionan a pesar de nuestras instituciones de la posguerra. Cuando Gran Bretaña salía de los estragos de la guerra y de la crisis económica de la década de 1930, William Beveridge, el arquitecto del Estado de bienestar, declaró que era "un momento para revoluciones, no para parches". Exportó su revolución por todo el mundo, proporcionando un modelo organizativo e intelectual para nuestra forma de pensar sobre el bienestar.
Pero hoy necesitamos una Cuarta Revolución Social. Estos sistemas industriales no funcionan. No pueden aprovechar la energía ni el potencial de este siglo, y debemos repensarlos. «Radical Help» muestra cómo.
'Radical Help: How we can remake the relationships between us and revolutionize the Welfare State' se publica en LittleBrown.

