• La acción a nivel sistémico puede facilitar o obstaculizar el cambio.
• Las realidades del cambio sistémico suelen alejar a filántropos e inversores.
• Para respaldar el cambio sistémico es necesario crear una nueva estructura de financiación.
El cambio sistémico está en boca de todos en 2020. La pandemia está poniendo al descubierto las deficiencias de nuestros políticos, instituciones y sistemas sanitarios. Relegados a un segundo plano, los avances en la acción climática siguen siendo lamentablemente lentos. La desigualdad de la riqueza sigue aumentando. La paridad de género parece poco probable que se alcance durante cien años. Las personas negras siguen muriendo bajo custodia policial.
Basta con visitar el blog de su organización favorita, privada o pública, para encontrar probablemente un artículo que insta a hacer algo con estos problemas sistémicos; estos textos suelen estar muy cargados de indignación y ser escasos en logística.
Así que demos un paso más y analicemos en términos prácticos qué se debería hacer exactamente, cómo y por qué no se ha hecho hasta ahora. La Altruist League publicó recientemente un estudio de investigación, basado en un estudio de 23 países sobre el sentir de los activistas de base a nivel mundial, que intenta responder a esas preguntas, con especial atención a lo que la filantropía puede hacer para impulsar el cambio real. A continuación, se presenta un resumen de nuestro análisis.
El cambio sistémico ocurre cada día
En primer lugar, desmitifiquemos el término con el que estamos trabajando.
Los numerosos ingredientes de la acción sistémica no son un secreto: los movimientos sociales, los líderes visionarios, la presión política, la buena narrativa, los avances en ciencia y tecnología, la evolución de la conciencia pública y el dinero.
Estos se combinan con regularidad en causas progresistas y conservadoras por igual, facilitando o impidiendo el cambio. Esta es la razón por la que hoy las mujeres pueden votar y las personas homosexuales pueden casarse. También es la razón por la que la legislación sobre armas en Estados Unidos, ferozmente opuesta por una Asociación Nacional del Rifle muy versada en la acción sistémica, se estanca a pesar del amplio apoyo que recibe en las encuestas.
Es confuso y político; muchos de nosotros, en última instancia, no lo queremos
La filantropía ha respaldado con éxito el cambio sistémico en el pasado. El apoyo de la Fundación Ford al movimiento por los derechos civiles a partir de la década de 1950 es un ejemplo muy citado.
Sin embargo, un problema para muchos aspirantes a agentes de cambio ha sido siempre el hecho de que el cambio verdadero es complejo y a largo plazo. Pocas soluciones estándar que aplicar, pocas oportunidades fáciles para la foto, ni cifras predecibles para el informe anual. Muchos altibajos en el camino.
Un problema aún mayor es que el cambio significativo debe ser político, lo que implica un cambio en el equilibrio de poder de una sociedad. Un ejemplo llamativo: nuestra muestra indica que el 71 % de los encuestados considera que la inversión de impacto y actividades similares pueden crear soluciones locales en las que todos ganan, pero solo el 22 % considera que estas logran un cambio social real.
Lamentablemente, una sociedad no avanza solo mediante transacciones en las que todos ganan: a corto plazo, algunos grupos deben perder algo de poder y control para que otros lo ganen. Esta visión del mundo resulta poco aceptable para muchos filántropos e inversores, por razones comprensibles.
Se necesita un nuevo tipo de líder que aporte valor de la manera correcta
Por eso, la motivación de un agente de cambio en 2020 debe ser férreamente intrínseca, fruto de unas convicciones profundas, de una experiencia vivida de un problema, de la ambición de resolver un desafío aparentemente insoluble y/o del deseo de dejar un legado para las generaciones futuras.
Estos líderes deben ser constructores de alianzas. Una estadística dolorosa para muchos financiadores es que solo un tercio de los activistas encuestados considera que sus donantes aportan valor no financiero, mientras que tres cuartas partes de los financiadores creen que sí lo hacen. Una interpretación es que algunos donantes equiparan el valor añadido con consejos no solicitados, supervisión y requisitos de informes onerosos. Los activistas lo equiparan con abrir puertas y facilitar contactos.
Si los agentes de cambio quieren involucrarse directamente, deben ser personas capaces de conectar a grupos de acción climática con legisladores bien dispuestos en Rusia, o de reunir a organizaciones contra el feminicidio del norte de México para coordinarse y dar a conocer su labor a financiadores de Dinamarca, y luego apartarse para dejar que la relación se desarrolle. Es un listón alto, pero debemos superarlo si queremos empezar a afirmar que estamos «aportando valor».

Se necesita un nuevo modelo de inversión
La reforma del sistema educativo va de la mano de la mejora de la gobernanza local, la reducción de la corrupción y la construcción de alianzas con diversos grupos sociales de la zona; de lo contrario, fracasa. Más coches en las calles significan menos aire limpio y más obesidad infantil urbana. ¿Cómo se empieza a actuar en un mundo donde todo está interconectado?
El inversor financiero inteligente responde a la complejidad del mercado diversificando. Con razón, desconfía de su propia capacidad para predecir y controlar eligiendo acciones individuales. La filantropía debería tomar nota y respaldar tantos de los ingredientes del cambio mencionados como sea posible. La tabla siguiente es un ejemplo de asignación de cartera, de forma análoga a cómo podría estructurarse un fondo de pensiones típico con ánimo de lucro. Los porcentajes variarán considerablemente en función del apetito de riesgo de cada uno y de otros factores.

Se necesita confianza en los movimientos de base
Los movimientos sociales han contribuido a cambiar el mundo más que cualquier otra forma de organización, desde la Cruz Roja Internacional hasta las campañas de base de concienciación sobre la conducción bajo los efectos del alcohol. Los datos sobre la proporción de las donaciones totales que llega a estos grupos son escasos y poco fiables. La mayoría de las estimaciones la sitúan en no más del 1 o el 2 % a nivel mundial.
Esto debe cambiar. Con ello, la relación de financiación debe cambiar, para dar a los activistas el espacio que necesitan para hacer lo que mejor saben hacer. La mayor parte del trabajo de la fundación media consiste en gestionar propuestas de subvención, diversos informes y mecanismos de supervisión que median en la relación entre donante y beneficiario. La mayor parte del trabajo del inversor sistémico consiste en buscar activamente la inversión y en evaluar después sus efectos en el mundo real. Mientras tanto, la organización socia queda sola para hacer el trabajo.
Así debería ser una asociación sistémica basada en la confianza entre un financiador y un movimiento social:

El cambio real es un fenómeno fascinante y estimulante que la filantropía puede acelerar de forma significativa. Pero, al mismo tiempo, es una propuesta muy difícil de vender. Nos quita poder y privilegios, mientras nos obliga a formarnos continuamente y a ejercer la paciencia y la humildad. Nos insta a salir y a investigar, en lugar de sentarnos a esperar propuestas. Nos desafía a aportar un valor real, adoptar nuevos enfoques para construir carteras y desarrollar asociaciones basadas en la confianza. Y aun así, nuestras iniciativas pueden fracasar estrepitosamente. Lo único que obtenemos a cambio es la sensación de hacer algo profundamente significativo, además de esos momentos especiales en los que se puede ver cómo una sociedad avanza en tiempo aparentemente real. Lo que «debería hacerse» con los problemas de nuestro tiempo, por tanto, no es un misterio; solo necesitamos suficientes financiadores dispuestos y capaces de hacerlo.


