10 millones de empresas sociales de todo el mundo generan 2 billones de dólares en ingresos cada año.
Corea del Sur y China ofrecen dos modelos para ampliar la innovación social: uno mediante políticas respaldadas por el Gobierno y el otro mediante la integración de valores sociales en grandes empresas.
Este artículo apareció originalmente en Eco-Business.
Adoptar estructuras empresariales alternativas que valoran el capital ambiental y social junto con los beneficios parecía radical hace dos décadas, pero ahora es un movimiento generalizado.
Se estima que hay 10 millones de empresas sociales en todo el mundo, que generan alrededor de 2 billones de dólares en ingresos cada año y emplean a casi 200 millones de personas, según el informe State of Social Enterprise de la Fundación Schwab sobre el estado de las empresas sociales.
El número de Empresas B ha alcanzado las 9.500 empresas en 102 países, mientras se asigna más capital que nunca a los rendimientos sociales y ambientales, y se estima que el mercado mundial de inversión de impacto alcanzó en 2024 los 1,571 billones de dólares.
Para hacernos una idea de cómo estas tendencias podrían evolucionar hasta convertirse en mercados sofisticados integrados en la economía general, podemos observar lo que ocurre en Corea del Sur, pionera en este ámbito.
También pueden extraerse lecciones de China, que acogió la Reunión Anual de los Nuevos Campeones 2025 del Foro Económico Mundial bajo el lema «Emprendimiento para una nueva era».
El lema refleja la necesidad de soluciones innovadoras para revitalizar la cooperación y el crecimiento, y abordar los desafíos globales en un contexto de rápido cambio tecnológico.
Ya se trate de tecnología, nuevos modelos de negocio o enfoques innovadores para la sostenibilidad, los emprendedores e innovadores sociales ofrecen vías para impulsar un crecimiento económico más inclusivo y afrontar nuestros mayores desafíos.
Corea del Sur: un modelo de progreso
El Gobierno y el sector privado de Corea del Sur han dado un giro decisivo para apoyar a las pequeñas y medianas empresas (pymes), las empresas emergentes y los proveedores de soluciones comunitarias, con el fin de diversificar la economía y reducir su dependencia de las grandes empresas.
Desde incubadoras y programas de asesoramiento hasta políticas habilitadoras, el apoyo también se orienta en gran medida a fortalecer el ecosistema de innovación social con fines de lucro. De hecho, es el único país del mundo que cuenta con una agencia especializada en empresas sociales y una cartera de proyectos respaldada por inversores.
En la actualidad, la República de Corea ocupa el sexto puesto en el Índice Mundial de Innovación (2024), y destaca en investigación y desarrollo, infraestructura y producción de alta tecnología.
La región ofrece un modelo importante que demuestra cómo pueden integrarse las empresas sociales en la economía general y qué beneficios aporta.
Tomemos, por ejemplo, el programa del país Crédito para el Progreso Social, lanzado en 2015 por SK Group en colaboración con el Centro de Estudios para la Mejora del Valor Social. La iniciativa vincula los incentivos financieros a resultados cuantificables y ha generado más de 360 millones de dólares en valor social verificado.
Mientras tanto, más de 400 empresas sociales han recibido recompensas por valor de más de 52 millones de dólares, además de una mayor legitimidad.
El enfoque de China hacia la innovación social impulsado por la tecnología
En otras partes de Asia, China ofrece un modelo distinto. En Corea del Sur, la innovación social ha surgido a través de una amplia red de pymes y empresas emergentes respaldadas por el sector empresarial. En China, los principios de la innovación social también han arraigado en grandes empresas consolidadas.
Pensemos en la empresa tecnológica Tencent. En 2021, creó la organización de Valor Social Sostenible (SSV, por sus siglas en inglés), un motor interno que aprovecha sus capacidades tecnológicas y empresariales para generar valor social. Su aplicación de mensajería, Weixin en China continental y WeChat en otros lugares, conecta a más de mil millones de personas y ahora también se ha convertido en una plataforma para impulsar un auténtico bien social.
Por ejemplo, ha facilitado las donaciones benéficas y permite que los usuarios aporten tan solo un céntimo con unos pocos toques. La plataforma también genera confianza mediante comentarios en tiempo real, lo que hace que las donaciones sean más accesibles, transparentes y eficaces.
Durante la última década, los usuarios han aportado alrededor de 4.900 millones de dólares en la plataforma para apoyar más de 137.000 proyectos benéficos, y esto ha coincidido con un aumento de cuatro veces en la proporción de personas que donan en el país.
La capacidad de comunicación en tiempo real de la aplicación también ha demostrado ser valiosa en emergencias sanitarias, al permitir una intervención rápida.
SSV ha colaborado con hospitales locales y líneas de ayuda de emergencia para crear una sólida red de rescate que permite a los profesionales sanitarios orientar por videollamada a las personas presentes y moviliza a voluntarios capacitados para coordinar las operaciones de rescate. Este sistema ha elevado del 2 % al 17 % las tasas de supervivencia de paros cardíacos extrahospitalarios en ciudades piloto.
Repensar la sostenibilidad mediante el emprendimiento social
La confianza en los marcos ambientales, sociales y de gobernanza está disminuyendo y, ante la marcada caída de los compromisos de desarrollo global, necesitamos urgentemente nuevos enfoques para crear economías que permitan a las sociedades prosperar en armonía con la naturaleza.
La disminución de la inversión en desarrollo internacional, en particular los recortes de USAID, está impulsando una reducción prevista de un tercio respecto del máximo de las contribuciones de ayuda registrado en 2023. Esto ha dejado claras las limitaciones de impulsar el progreso mundial únicamente mediante la financiación pública. Tampoco podemos confiar en la filantropía privada o empresarial para cubrir el déficit de financiación: el 45 % de las organizaciones filantrópicas expresa preocupación por su sostenibilidad financiera a largo plazo.
Necesitamos replantear radicalmente las estructuras y lograr que las personas influyentes comprendan el valor de las empresas sociales como herramienta importante para el desarrollo. Estas empresas adoptan un enfoque impulsado por el mercado sin comprometer el bienestar de las personas ni del planeta. Están dirigidas localmente, son autosostenibles y crean empleos y soluciones que pueden ampliarse para lograr un impacto global.
¿Qué viene ahora?
Los paradigmas tradicionales del desarrollo se enfrentan a un nuevo orden mundial. La innovación social y el emprendimiento ofrecen vías alternativas, y Corea del Sur y China han demostrado cómo pueden integrarse en la economía general y aprovechar los mecanismos del mercado.
Las empresas tradicionales y las empresas sociales no tienen por qué ser distintas. De hecho, la sinergia es cada vez más evidente y ya están convergiendo hacia lo que suele denominarse en Asia Oriental «empresas inclusivas».
La idea es que las organizaciones pueden ser comercialmente viables y, al mismo tiempo, promover objetivos ambientales y sociales, lo que contribuye a institucionalizar el desarrollo sostenible a largo plazo.
Este es un futuro del emprendimiento del que todos podemos beneficiarnos, tanto en términos económicos como en la creación de sociedades mejores.

