Por qué debemos abolir las subvenciones a los combustibles fósiles

Por qué debemos abolir las subvenciones a los combustibles fósiles
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Las oportunidades que tendrá el mundo para hacer frente al cambio climático se están reduciendo. Una de ellas llega con la cumbre del G-20 de esta semana en Brisbane, Australia, donde los líderes de las economías avanzadas y de los principales mercados emergentes del mundo pueden mostrar una intención seria recortando las subvenciones a los combustibles fósiles que alimentan el calentamiento global.

Hace cinco años, el G-20 se comprometió a eliminar gradualmente las «subvenciones ineficientes a los combustibles fósiles» como parte de una estrategia más amplia para combatir el cambio climático. Sin embargo, las subvenciones han seguido creciendo. En todo el mundo se destinan unos 600.000 millones de dólares a apoyar la energía intensiva en carbono, frente a tan solo 90.000 millones de dólares para la energía limpia.

Eso no tiene sentido. Las subvenciones a los combustibles fósiles animan a los inversores a destinar recursos a los combustibles que están impulsando el cambio climático. Generan la terrible contaminación local que asola ciudades de China y la India. Y la mayor parte de los beneficios de las subvenciones va a parar a la clase media, no a los pobres.

Las subvenciones destinadas a descubrir y explotar nuevas reservas de combustibles fósiles se cuentan entre las más derrochadoras y perjudiciales. Junto con el resto de la comunidad internacional, los gobiernos del G-20 se han comprometido a limitar el calentamiento global a menos de 2 ºC por encima del nivel preindustrial del planeta. Según la Agencia Internacional de la Energía, no se puede explotar más de un tercio de las reservas conocidas si se quiere alcanzar este objetivo.

Entonces, ¿por qué destinar fondos públicos a descubrir más carbono que no puede quemarse? Es una pregunta que los contribuyentes del G-20 quizá quieran plantear a sus líderes políticos.

El Overseas Development Institute y Oil Change International han realizado la primera auditoría financiera de las subvenciones que los países del G-20 asignan específicamente a descubrir nuevas reservas de combustibles fósiles. El informe, publicado esta semana, identifica unos 88.000 millones de dólares de apoyo financiero público, canalizado mediante una variedad de exenciones fiscales, gastos de empresas estatales y transferencias a través de instituciones financieras como el Banco Mundial.

Todos los países del G-20 participan en la fiesta de las subvenciones a la exploración. El gobierno anfitrión de la cumbre de Brisbane gasta unos 3.000 millones de dólares al año. Estados Unidos ha duplicado la financiación de la exploración de combustibles fósiles —hasta más de 5.000 millones de dólares— desde 2009. El Reino Unido aporta alrededor de 1.200 millones de dólares, principalmente en forma de exenciones fiscales para la exploración petrolera del mar del Norte, lo que genera transferencias extraordinarias para empresas como Total y Chevron.

Las empresas energéticas estatales de Brasil, China y la India están a la vanguardia de la exploración de alto contenido de carbono. Gazprom, de Rusia, recibe exenciones fiscales para apoyar inversiones en zonas árticas ecológicamente frágiles.

Las subvenciones a la exploración de combustibles fósiles son el punto donde la política del efecto invernadero se encuentra con la economía del manicomio. Consideremos, primero, los efectos sobre el cambio climático. Si se explotan las reservas actuales de combustibles fósiles, nos enfrentaremos a un calentamiento global potencialmente catastrófico de 4 ºC a lo largo del siglo XXI. Los gobiernos están usando dinero público para descubrir nuevas reservas que, si se explotan, llevarán al mundo aún más rápido al desastre climático.

El argumento económico a favor de las subvenciones a la exploración es débil y cada vez lo es más. Se está usando dinero público para aumentar las ganancias privadas y rescatar a una industria en declive. En conjunto, los gobiernos del G-20 gastan el doble en exploración que las 20 mayores empresas energéticas privadas. En otras palabras, ponen el dinero de los contribuyentes donde las empresas comerciales temen aventurarse. Con la caída de los precios del petróleo, el carbón y el gas, y el aumento del costo de los nuevos descubrimientos, gran parte de la exploración de combustibles fósiles no es viable comercialmente.

No se reconoce lo suficiente el daño más amplio asociado a las subvenciones a los combustibles fósiles. Si queremos mantenernos por debajo del umbral de 2 ºC, los gobiernos deberían fijar un precio alto y creciente al carbono, vinculado a objetivos de reducción de emisiones. Como ha demostrado la Comisión Global sobre Economía y Clima, el desplome de los costos de las energías renovables ha creado nuevas oportunidades para evitar un cambio climático peligroso sin sacrificar el crecimiento económico.

De hecho, varios grandes fondos de pensiones e inversores institucionales están retirando sus inversiones de las empresas de combustibles fósiles. Pero la falta de señales creíbles sobre el precio del carbono, junto con los incentivos perversos creados por las subvenciones a los combustibles fósiles, sigue frenando las inversiones y tecnologías necesarias para impulsar una transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono.

En ningún lugar resulta esto más evidente que en la Unión Europea. Los líderes políticos han fijado el ambicioso objetivo de reducir las emisiones de CO2 en un 40 % para 2030. Sin embargo, los precios fijados por el régimen de comercio de derechos de emisión de la UE, el mayor del mundo, languidecen en torno a los 7 dólares por tonelada, mientras el carbón (subvencionado) vuelve a ganar terreno. Sin duda, ha llegado la hora de que los líderes de la UE armonicen los objetivos climáticos con los precios del carbono y recorten las subvenciones al carbono.

Es fácil ser cínico respecto a la cumbre del G-20 en Brisbane. El gobierno anfitrión ha estado desmantelando activamente la legislación destinada a hacer frente al cambio climático. De hecho, las autoridades australianas han intentado excluir por completo el tema de la agenda. Además, el propio G-20 carece de credibilidad: lo que antes se consideraba un taller para un nuevo sistema de gobernanza económica mundial hoy se ve ampliamente como un foro de debate cada vez más irrelevante.

Sin embargo, en lo que respecta al cambio climático, no podemos permitirnos el lujo del cinismo. Una actuación decisiva del G-20 ayudaría a impulsar la cooperación internacional antes de las negociaciones clave que conducirán a la cumbre climática de las Naciones Unidas del próximo año en París. Cumplir el compromiso de eliminar gradualmente las subvenciones a los combustibles fósiles también ayudaría a restaurar la reputación del propio G-20. Un acuerdo para eliminar el apoyo financiero a la exploración sería un paso importante en la dirección correcta y, además, ahorraría dinero a los contribuyentes.

Publicado en colaboración con Project Syndicate

Autor: Kevin Watkins es director ejecutivo del Overseas Development Institute (ODI), un destacado centro de estudios del Reino Unido sobre desarrollo internacional y asuntos humanitarios.

Imagen: El sol se ve detrás del humo que sale de la chimenea de una planta de calefacción en Taiyuan, provincia de Shanxi, el 9 de diciembre de 2013. REUTERS.

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