Estamos acabando con el resto de la vida en la Tierra mil veces más rápido que la tasa natural de extinción, y llenamos ese vacío de biodiversidad con la producción de alimentos y otras actividades humanas. La mitad de la superficie habitable de la Tierra se ha transformado para alimentarnos. Los antiguos bosques y praderas que enriquecían esos suelos han desaparecido. Si pesáramos hoy todos los mamíferos terrestres del mundo, solo el 4 % serían salvajes; el resto serían animales de ganado y seres humanos. En el último siglo también hemos agotado la vida en los océanos: ha desaparecido el 90 % de los peces grandes, incluidos tiburones, atunes y bacalaos.
Si seguimos así, pronto los únicos animales grandes que queden en el planeta seremos nosotros, nuestros animales domesticados para alimentarnos y nuestras mascotas, mientras que las mayores comunidades vegetales ya no serán bosques, humedales ni praderas, sino monocultivos que recuerdan al Medio Oeste estadounidense. Algunas personas sueñan con «terraformar» Marte; sin embargo, estamos «marteformando» la Tierra.
¿Es buena idea convertir el planeta en una mercancía y sustituir lo salvaje por lo domesticado? ¿Podemos vivir sin espacios naturales? ¿Por qué debería importarnos?
El oxígeno que respiramos, el agua que bebemos y los alimentos que comemos dependen de otras formas de vida. Sin las demás especies del planeta, no habría prosperidad ni economía; no estaríamos nosotros. No solo hemos dado por sentadas todas esas especies y los bienes y servicios que obtenemos de ellas, sino que también hemos destruido sus hogares y familias, a un costo enorme para ellas y para nosotros.
Como llevan una generación diciéndonos científicos como E. O. Wilson, necesitamos que la mitad del planeta permanezca en estado natural, con ecosistemas funcionales que sigan aportando lo necesario para nosotros. Por ejemplo, no podemos alcanzar el objetivo del Acuerdo de París sobre el clima (no superar los 2 °C de aumento de la temperatura atmosférica respecto de los niveles preindustriales) sin ecosistemas intactos —nuestros bosques, praderas y hábitats oceánicos— que absorban gran parte de la contaminación de carbono que expulsamos a la atmósfera. Las áreas protegidas con una biodiversidad floreciente no solo van de la mano de la mitigación del cambio climático, sino que también son necesarias para corregir nuestras devastadoras tendencias. La naturaleza es nuestra mayor amiga y aliada, no nuestra enemiga.

Cada vez hay más consenso entre científicos y grupos conservacionistas sobre la necesidad de proteger el 30 % del planeta de una manera más formal y cuantificable para 2030, antes de perderlo. Algunos países líderes ya han cumplido con su parte, como Bután (el 70 % del país está cubierto de bosques), Chile (casi la mitad de sus aguas marinas están protegidas), Palaos (el 80 % de sus aguas marinas están protegidas) y el Reino Unido (casi la mitad de sus aguas marinas están protegidas). Estos líderes sobre el terreno y en el gobierno saben que la ecología impulsa la economía, y que intentar fabricar lo que la naturaleza nos ofrece gratis costaría mucho más. Mientras tanto, tecnologías de vanguardia, como la observación por satélite, nos permiten vigilar las actividades en la Tierra como nunca antes.
Sin embargo, una pregunta que nos plantean a menudo es cómo podemos proteger más bosques y océanos cuando la población humana sigue creciendo. ¡Tendremos que alimentar a 10.000 millones de personas! Pero los estudios muestran que nuestra huella agrícola actual ya puede alimentar a 10.000 millones de personas. Simplemente desperdiciamos un tercio de esos alimentos a lo largo de la cadena de suministro, del campo a la mesa. Podemos alimentar a la población humana con cambios en la dieta (comer menos carne roja y más vegetales); reformas de los subsidios a la pesca y la agricultura; y una agricultura regenerativa más inteligente y menos derrochadora, que contribuya a formar suelo en vez de dejar que se pierda cada vez que llueve.
Nuestras organizaciones, National Geographic Society y Dynamic Planet se han asociado con la Wyss Campaign for Nature y otros socios clave de todo el mundo, incluidos los Young Global Leaders del Foro Económico Mundial, en una campaña de dos años para contribuir a que proteger el 30 % para 2030 se convierta en uno de los principales objetivos del Convenio sobre la Diversidad Biológica de las Naciones Unidas. China acogerá en octubre de 2020 una reunión clave sobre cuánto espacio estamos dispuestos a dejar al resto de la vida en el planeta.

Los ecosistemas saludables —en áreas protegidas o gestionados tradicionalmente por comunidades locales y pueblos indígenas— también son fundamentales para nuestra economía de muchas maneras. Por ejemplo, los desastres naturales causados por la degradación de los ecosistemas y el cambio climático ya le cuestan al mundo más de 300.000 millones de dólares al año y se prevé que esa cifra aumente. En una conferencia de hace unos años, oímos decir a un ejecutivo de una de las principales compañías de seguros que un aumento de 2 °C no se puede asegurar y que uno de 3 °C no permite invertir.
Pero la naturaleza tiene más valor que el meramente instrumental. Aunque seas una de las personas que, como la mitad de la población mundial, vive en una ciudad, si has estado en el océano, en un bosque o junto a un lago, conoces la sensación de estar intrínsecamente conectado con el resto de la vida de nuestro planeta. Nos renueva, nos calma, nos entretiene y nos inspira. ¿No es maravilloso que haya millones de otras formas de vida por descubrir? Puede que no nos den las gracias por mantenerlas aquí y permitirles cumplir su función, pero nosotros sí podemos darles las gracias, porque sin ellas no estaríamos aquí.





