Los bosques tropicales están expuestos a cambios ambientales sin precedentes, con enormes efectos en cadena. En la última década, el carbono que absorbe anualmente la selva amazónica ha disminuido casi un tercio.
Con 6 millones de km², la selva amazónica cubre una superficie 25 veces mayor que la del Reino Unido y se extiende por gran parte de nueve países. La región alberga una quinta parte de todas las especies de la Tierra, incluidos más de 15.000 tipos de árboles. Sus 300.000 millones de árboles almacenan el 20 % de todo el carbono de la biomasa terrestre y, cada año, hacen circular activamente 18.000 millones de toneladas de carbono, el doble de lo que emiten todos los combustibles fósiles que se queman en el mundo.
La cuenca del Amazonas también es una potencia hidrológica. El vapor de agua de la selva nutre la agricultura del sur, incluidos los cultivos para biocombustibles que impulsan muchos de los automóviles de Brasil y la soja que alimenta a un número cada vez mayor de personas (y vacas) en todo el planeta.
Por tanto, lo que le ocurra a la Amazonía importa al mundo. Como describimos en una investigación publicada en Nature, la dinámica de la biomasa de los bosques aparentemente intactos de la Amazonía lleva décadas cambiando, con importantes consecuencias.
¿Está el clima cambiando la Amazonía?
Hay dos narrativas contrapuestas sobre cómo deberían responder los bosques tropicales a los cambios globales. Por un lado, existe la posibilidad teórica (y algunas pruebas experimentales) de que más dióxido de carbono sea «bueno» para las plantas. El dióxido de carbono es el ingrediente químico clave de la fotosíntesis, así que una mayor cantidad debería propiciar un crecimiento más rápido y, por tanto, más oportunidades para que los árboles y los bosques en su conjunto almacenen carbono. De hecho, casi todos los modelos globales de vegetación predicen un crecimiento más rápido y, al menos durante un tiempo, un mayor almacenamiento de carbono.

La Amazonía es una parte importante del ciclo del carbono de la Tierra.
Peter Reid / Scottish Centre for Carbon Storage, CC BY
Frente a esto existe una expectativa opuesta, basada en los efectos físicos sobre el clima del mismo aumento del CO2 atmosférico. A medida que los trópicos sigan calentándose, la respiración de las plantas y los microbios del suelo debería aumentar más rápido que la fotosíntesis, lo que significa que se bombea más carbono a la atmósfera del que captura el «sumidero». Las estaciones más extremas también supondrán más sequías, que ralentizarán el crecimiento y, a veces, incluso matarán árboles.
¿Qué proceso prevalecerá?
El trabajo que hemos dirigido adopta un enfoque sencillo. Junto con numerosos colegas, seguimos a lo largo del tiempo el comportamiento de árboles individuales en parcelas permanentes distribuidas por las selvas tropicales de toda Sudamérica. En colaboración con cientos de socios de la red RAINFOR, este estudio detallado del ecosistema amazónico está en marcha desde la década de 1980 y permite evaluar como nunca antes cómo han cambiado los bosques tropicales en las últimas tres décadas.
Investigadores estudiaron árboles en toda la Amazonía.
RAINFOR, CC BY-NC-SA
Nuestro análisis —basado en trabajos realizados en 321 parcelas, durante 30 años y en ocho países, con la participación de casi 500 personas— confirma, ante todo, resultados anteriores. La selva amazónica ha actuado como una vasta esponja de carbono atmosférico. Es decir, los árboles han crecido más rápido de lo que han muerto.
La diferencia —el «sumidero»— ha contribuido a frenar modestamente el ritmo del cambio climático al absorber dos mil millones de toneladas adicionales de dióxido de carbono cada año. Este carbono extra ha ido a parar a bosques aparentemente maduros, ecosistemas que, según la ecología clásica, deberían encontrarse en equilibrio dinámico y, por tanto, ser casi neutros en carbono.
Árboles que viven a toda velocidad
Sin embargo, también encontramos un aumento prolongado y sostenido de la tasa de mortalidad de árboles en bosques amazónicos que no han sido alterados por impactos humanos directos. Las tasas de mortalidad de los árboles se han disparado más de un tercio desde mediados de la década de 1980, mientras que las tasas de crecimiento se han estancado en la última década. Esto ha tenido un impacto significativo en la capacidad de la Amazonía para absorber carbono.
Es casi seguro que las sequías recientes y las temperaturas inusualmente altas en la Amazonía explican parte de esta «puesta al día» de la mortalidad. Una gran sequía en 2005 mató a millones de árboles. Sin embargo, los datos muestran que el aumento de la mortalidad arbórea comenzó mucho antes. Puede que algún otro mecanismo, no relacionado con el clima, esté matando a los árboles amazónicos.
La respuesta más sencilla es que el crecimiento más rápido, compatible con una estimulación por el CO2, está haciendo que los árboles también mueran más rápido. A medida que el carbono adicional recorre el sistema, los árboles no solo crecen más deprisa, sino que también maduran antes. En resumen, viven más rápido y, por tanto, mueren más jóvenes.
Así, 30 años de meticuloso seguimiento de la Amazonía han revelado un panorama complejo y cambiante. Las predicciones de un aumento continuo del almacenamiento de carbono en los bosques tropicales podrían ser demasiado optimistas: estos modelos sencillamente no captan el importante efecto que el crecimiento más rápido tiene sobre la mortalidad.
A medida que se ha acelerado el ciclo de crecimiento de la selva amazónica, el carbono la atraviesa con mayor rapidez. Una consecuencia del aumento de la mortalidad debería ser un incremento de la cantidad de necromasa —madera muerta— en el suelo del bosque. Aunque no hemos medido estos cambios directamente, nuestro modelo sugiere que la cantidad de madera muerta en la Amazonía ha aumentado un 30 % (más de 3.000 millones de toneladas de carbono) desde la década de 1980. La mayor parte de esta materia en descomposición acabará regresando a la atmósfera, más pronto que tarde.
La tierra absorbe más de una cuarta parte de las emisiones actuales a través de su sumidero, compuesto principalmente por bosques. Pero un elemento clave parece estar llegando a su límite. Esto nos recuerda que el subsidio de la naturaleza probablemente tiene una duración estrictamente limitada y que será necesario reducir aún más las emisiones para estabilizar el clima.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde sus puntos de vista.
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Autores: Oliver Phillips es profesor de Ecología Tropical en la Universidad de Leeds. Roel Brienen es investigador NERC en la Universidad de Leeds.
Imagen: Vista desde el Observatorio de la Torre Alta del Amazonas (ATTO), en Sao Sebastiao do Uatuma, en el centro de la selva amazónica, en el estado de Amazonas, el 10 de enero de 2015. REUTERS/Bruno Kelly.



