La contaminación atmosférica perjudica nuestra salud mental

A woman wearing a mask walks on a heavy haze day during winter in Beijing January 29, 2013. Beijing's air pollution returns to 'hazardous' levels, two weeks after record readings of small particles in the air sparked a public outcry. REUTERS/Jason Lee (CHINA - Tags: ENVIRONMENT SOCIETY TPX IMAGES OF THE DAY)
Psychological distress rises with the levels of fine particulate matter in the air we breathe.Image: REUTERS/Jason Lee
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Un nuevo estudio muestra que cuanto mayor es el nivel de partículas en el aire, más indicios hay de malestar psicológico.

«Esto está marcando realmente una nueva trayectoria en torno a los efectos de la contaminación atmosférica sobre la salud», afirma Anjum Hajat, profesora adjunta de Epidemiología en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Washington.

«Los efectos de la contaminación atmosférica sobre la salud cardiovascular y las enfermedades pulmonares, como el asma, están bien establecidos, pero la salud cerebral es un campo de investigación más reciente», afirma Hajat.

La calidad del aire y la calidad de vida

El lugar donde vive una persona puede marcar una gran diferencia en su salud y calidad de vida. Los científicos han identificado «determinantes sociales» del bienestar físico y mental, como la disponibilidad de alimentos saludables en las tiendas de comestibles locales, el acceso a la naturaleza o la seguridad del vecindario.

Anteriormente, los investigadores habían encontrado una asociación entre la contaminación atmosférica y los cambios de comportamiento —como pasar menos tiempo al aire libre o llevar una vida más sedentaria— que pueden relacionarse con el malestar psicológico o el aislamiento social.

El nuevo estudio buscó una conexión directa entre el aire tóxico y la salud mental. Se basó en unos 6.000 participantes de un estudio longitudinal nacional más amplio, el Panel Study of Income Dynamics. Luego, los investigadores combinaron una base de datos sobre contaminación atmosférica con registros correspondientes a los vecindarios de cada uno de los 6.000 participantes de la encuesta.

El equipo se centró en las mediciones de partículas finas, una sustancia producida por los motores de los automóviles, las chimeneas y las estufas de leña, así como por las centrales eléctricas alimentadas con carbón o gas natural.

Las personas pueden inhalar fácilmente partículas finas (partículas de menos de 2,5 micrómetros de diámetro), que pasan al torrente sanguíneo. Se considera que las partículas finas entrañan más riesgo que las partículas de mayor tamaño. (Para hacerse una idea de lo pequeñas que son, basta considerar que un cabello humano tiene un diámetro medio de 70 micrómetros).

Según la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, la norma de seguridad vigente para las partículas finas es de 12 microgramos por metro cúbico. Entre 1999 y 2011, el período que examinaron los investigadores, los participantes de la encuesta vivían en vecindarios donde la concentración de partículas finas oscilaba entre 2,16 y 24,23 microgramos por metro cúbico, con un promedio de 11,34.

Los investigadores evaluaron sentimientos de tristeza, nerviosismo, desesperanza y otros similares mediante preguntas de la encuesta pertinentes para el estudio, y puntuaron las respuestas con una escala que crearon para medir el malestar psicológico.

Los investigadores descubrieron que el riesgo de malestar psicológico aumentaba junto con la cantidad de partículas finas en el aire. Por ejemplo, en zonas con altos niveles de contaminación (21 microgramos por metro cúbico), las puntuaciones de malestar psicológico eran un 17 % más altas que en zonas con bajos niveles de contaminación (5 microgramos por metro cúbico).

Otro hallazgo: cada aumento de 5 microgramos por metro cúbico en la contaminación tenía el mismo efecto que perder 1,5 años de educación.

Un análisis de las cifras

Los investigadores controlaron otros factores físicos, conductuales y socioeconómicos que pueden influir en la salud mental, como las enfermedades crónicas, el desempleo y el consumo excesivo de alcohol.

Sin embargo, surgieron algunos patrones que merecen estudiarse más, explica la autora principal, Victoria Sass, estudiante de posgrado del departamento de Sociología.

Al desglosar los datos por raza y género, los hombres negros y las mujeres blancas mostraron la correlación más significativa entre la contaminación atmosférica y el malestar psicológico: por ejemplo, en zonas con altos niveles de contaminación, el nivel de malestar entre los hombres negros era un 34 % mayor que entre los hombres blancos y un 55 % mayor que entre los hombres latinos. Entre las mujeres blancas se observó una tendencia clara: el malestar aumentaba considerablemente —un 39 %— a medida que los niveles de contaminación pasaban de bajos a altos.

La razón precisa por la que la contaminación atmosférica afecta a la salud mental, especialmente en ciertos grupos de población, quedaba fuera del alcance del estudio, afirma Sass. Pero por eso mismo es importante seguir investigando.

«Nuestra sociedad está segregada y estratificada, lo que impone una carga innecesaria a algunos grupos», afirma Sass. «Incluso los niveles moderados pueden ser perjudiciales para la salud».

Sin embargo, los seres humanos pueden mitigar la contaminación atmosférica, afirma Hajat, y esta ha ido disminuyendo en Estados Unidos. Es un problema de salud con una solución clara y viable.

Pero para seguir regulando la calidad del aire hace falta voluntad política, añade Sass.

«No deberíamos pensar que este problema ya está resuelto», afirma. «Hay mucho que decir a favor de contar con directrices federales que se apliquen rigurosamente y se actualicen de forma continua. La capacidad de las comunidades para disponer de aire limpio se verá afectada si la regulación se vuelve más laxa».

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