Los bosques han estado eliminando dióxido de carbono de la atmósfera y almacenando carbono durante más de 300 millones de años. Cuando talamos o quemamos árboles y alteramos los suelos forestales, liberamos a la atmósfera ese carbono almacenado. Desde el inicio de la Revolución Industrial, un tercio de todas las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera causadas por las actividades humanas ha provenido de la deforestación.
Para ralentizar el cambio climático, debemos reducir rápidamente las emisiones mundiales de los combustibles fósiles, los biocombustibles, la deforestación y los suelos de humedales y agrícolas. También debemos acelerar la eliminación del dióxido de carbono que ya está en la atmósfera.
En un nuevo informe publicado por la organización sin fines de lucro Dogwood Alliance, mi coautora Danna Smith y yo mostramos que tenemos una gran oportunidad para avanzar en la lucha contra el cambio climático restaurando los bosques y suelos degradados de Estados Unidos. Si reducimos la tala y los usos insostenibles de la madera, podemos aumentar la tasa a la que nuestros bosques eliminan dióxido de carbono de la atmósfera y garantizar que permanezca almacenado en bosques saludables.
Un recurso infravalorado
En la conferencia sobre el clima de París de 2015, Estados Unidos y otras 196 naciones acordaron combatir el cambio climático reduciendo sus emisiones de gases de efecto invernadero. El Acuerdo de París reconoce que los bosques desempeñan un papel importante para alcanzar los objetivos climáticos al eliminar dióxido de carbono de la atmósfera y almacenar carbono en los árboles y los suelos. Sin embargo, el acuerdo solo pide medidas para proteger y restaurar los bosques tropicales.
Estos bosques son claramente importantes. Almacenan tal cantidad de carbono que, si fueran un país, sus emisiones derivadas de la tala y la deforestación los situarían como la tercera fuente más grande del mundo, por detrás de China y Estados Unidos.
Pero estas actividades también están teniendo un impacto grave y poco reconocido en Estados Unidos. El crecimiento neto anual de los bosques estadounidenses elimina de la atmósfera una cantidad de dióxido de carbono equivalente a entre el 11 y el 13 por ciento de nuestras emisiones de combustibles fósiles. Esto representa solo cerca de la mitad de la absorción media de carbono de los bosques de todo el mundo. En otras palabras, en relación con nuestras emisiones de combustibles fósiles, los bosques de Estados Unidos son mucho menos eficaces para capturar y almacenar carbono que los bosques del mundo en su conjunto.
La tala es el principal factor que explica esta brecha. En Estados Unidos talamos árboles a un ritmo que ha reducido en un 42 por ciento el potencial de almacenamiento de carbono de sus bosques. Imágenes satelitales recientes muestran que el sureste de Estados Unidos tiene la tasa de alteración forestal más alta del mundo.
Impactos ambientales de la industria de pellets de madera en el sureste de Estados Unidos.
La sobreexplotación reduce el almacenamiento de carbono
Cuando los colonos europeos llegaron a principios del siglo XVII, los bosques cubrían gran parte de las zonas oriental y septentrional de América del Norte. A finales del siglo XIX, se había talado entre el 85 y el 90 por ciento de estos bosques. Solo alrededor del 1 por ciento de los bosques primarios originales que permanecen intactos subsiste en los 48 estados contiguos. El rebrote cubre ahora el 62 por ciento de las zonas que originalmente estaban arboladas, y las plantaciones comerciales de árboles cubren un 8 por ciento adicional.
Las plantaciones de árboles crecen rápidamente, pero se talan con frecuencia, retienen muy poco carbono en el suelo y se cosechan más a menudo. Como resultado, almacenan menos carbono que los bosques naturales.
Y seguimos talando nuestros bosques a un ritmo considerable. Según estudios recientes, la explotación maderera en los bosques de Estados Unidos actualmente libera más dióxido de carbono cada año que las emisiones de combustibles fósiles de los sectores residencial y comercial combinados.
Esta explotación sostiene una gran industria de productos de madera y papel. Estados Unidos produce alrededor del 28 por ciento de la pulpa de madera y el 17 por ciento de la madera en rollo del mundo —más que cualquier otro país—. También es el principal productor de pellets y astillas de madera para el creciente sector de la bioenergía forestal (la quema de madera en diversas formas para producir energía), tanto en el país como en el extranjero.
La energía de la madera no es baja en carbono
La bioenergía forestal se considera ampliamente una fuente de combustible renovable, porque pueden crecer árboles nuevos —aunque lentamente— para reemplazar los que se consumen. Pero no es una fuente de energía baja en carbono. La bioenergía produce aproximadamente tanto carbono como el carbón por unidad de calor liberado. Quemar madera en centrales eléctricas para generar electricidad suele ser un 50 por ciento más intensivo en carbono que la generación con carbón por unidad de electricidad producida.
Sin embargo, sus defensores sostienen que la bioenergía forestal es neutra en carbono porque el crecimiento de árboles nuevos, en algún lugar y ahora o en el futuro, elimina dióxido de carbono de la atmósfera y «compensa» las emisiones de carbono cuando se queman biocombustibles. Aunque el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático ha afirmado claramente que la bioenergía es tan intensiva en carbono como los combustibles fósiles, la Unión Europea y muchos estados de Estados Unidos clasifican la biomasa como una fuente de energía sin emisiones de carbono, al igual que la energía eólica y solar.
Hoy, el 60 por ciento de la energía renovable de la Unión Europea proviene de la bioenergía. Cabe destacar que el Reino Unido está poniendo fin al uso del carbón para generar electricidad, pero lo está reemplazando por pellets de madera importados del sureste de Estados Unidos.
Como es evidente, no tiene sentido económico importar ocho millones de toneladas de pellets de madera al año a través del océano Atlántico. Sin embargo, el gobierno británico ha concedido más de 1.000 millones de dólares en subvenciones anuales a las empresas de servicios públicos para cubrir los costes de producción y transporte de los pellets.
Además, según las reglas de contabilidad climática, las emisiones de la quema de madera para obtener energía se contabilizan como procedentes del cambio de uso del suelo, es decir, de la tala de árboles. Esto significa que el Reino Unido está trasladando a Estados Unidos las emisiones de carbono de sus centrales eléctricas de biomasa. Y la industria estadounidense de productos forestales y las empresas eléctricas británicas se benefician de actividades que tienen graves efectos perjudiciales para el clima de la Tierra.
El valor de los bosques en pie
Los bosques proporcionan mucho más que productos forestales o almacenamiento de carbono. Previenen inundaciones y proporcionan filtración natural del agua potable, sustentan la vida silvestre, atenúan las temperaturas extremas locales y ofrecen un reservorio de conocimientos científicos, valores culturales y oportunidades recreativas.
Para incorporar los bosques a nuestra estrategia climática, necesitamos un sistema de contabilidad del carbono que refleje con precisión los flujos de carbono entre la biosfera y la atmósfera. Las emisiones de la bioenergía deberían contabilizarse como procedentes de la producción de energía, y no como un cambio de uso del suelo.
También debemos gestionar nuestros sistemas forestales con una base ecológica sólida, en lugar de tratarlos como un negocio orientado al crecimiento económico, y valorar los múltiples servicios ecosistémicos que ofrecen los bosques. Una forma de hacerlo sería pagar a los propietarios de tierras por mantener los bosques en pie, en vez de subvencionar únicamente la tala para obtener madera, fibra o combustible. No podemos talar y quemar para alcanzar un futuro climático estable y bajo en carbono.






