¿Qué especies debemos salvar de la extinción?

¿Qué especies debemos salvar de la extinción?
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Cada vez hay más consenso en que nos encaminamos hacia un sexto evento de extinción masiva. Se reclama intensificar los esfuerzos para detener la acelerada pérdida de plantas y animales. Pero ¿realmente necesitamos proteger de la extinción global a todas las especies?

En la última década, los ecólogos han sustituido cada vez más el valor de la biodiversidad —la diversidad de plantas, animales y bacterias— por el concepto de «diversidad funcional». La mejor manera de entender este concepto es compararlo con un equivalente familiar y llamativo: nuestras ciudades.

Nuestra decisión de vivir en asentamientos permanentes es una historia de éxito fundamental para el auge de la civilización humana. Se basa en la división de tareas y la especialización profesional, que proporcionan de forma cohesionada servicios a la comunidad.

La alimentación, la salud, la seguridad y la construcción están entre los pilares vitales de las ciudades. Sin embargo, todas estas profesiones son intrínsecamente diversas y, sin esa diversidad, la comunidad pronto se derrumbaría.

En el mundo natural, los ecosistemas como los bosques, los lagos o los desiertos son como ciudades. Su persistencia depende de las funciones que proporcionan los organismos que los habitan, del mismo modo que dependemos de la tienda de comestibles de la esquina y de nuestro médico de atención primaria.

La ciudad coralina

En esta analogía, los ecosistemas excepcionalmente diversos, como los arrecifes de coral, equivalen a bulliciosos centros metropolitanos como Nueva York, Londres o Sídney.

La extraordinaria cantidad de organismos conlleva una plétora de funciones. Los corales construyen estructuras y espacios habitables, algunos peces prestan servicios diligentes de limpieza, los grandes depredadores controlan las poblaciones de presas y algunas especies limpian el arrecife de algas para proteger el crecimiento y la renovación del coral.

Esta última función, desempeñada principalmente por peces herbívoros o que comen algas, es importante para los arrecifes de coral. Los peces herbívoros son como jardineros humanos que mantienen la belleza y la salud de los corales constructores de arrecifes. Por consiguiente, se hacen grandes esfuerzos para vigilar las comunidades de herbívoros en los arrecifes de coral.

Pero ¿son realmente estos peces un grupo homogéneo de organismos que presta el mismo servicio? En absoluto.

Hace aproximadamente una década, los investigadores comenzaron a clasificar los peces herbívoros de arrecife en grupos funcionales según sus hábitos alimentarios; esta es hoy la caracterización habitual de las comunidades de herbívoros.

Por desgracia, esta caracterización general parece insuficiente. Del mismo modo que los jardineros con cortacéspedes y los paisajistas con cortasetos realizan trabajos fundamentalmente distintos, las especies de peces herbívoros de arrecife contribuyen al arrecife de maneras que van más allá de lo que recoge la clasificación tradicional.

Estas diferencias se ilustran, aunque no se agotan, con los siguientes aspectos:

  1. qué comen

  2. cómo lo comen

  3. de dónde lo obtienen.

La primera diferencia, qué comen los peces, tiene un efecto evidente en las presas objetivo. Es posible que solo una especie de pez consuma una determinada alga. Si esta especie disminuye debido a la influencia humana, las algas que suele consumir prosperarán y podrían proliferar en exceso en el arrecife.

Tomemos como ejemplo típico al pez unicornio, Naso unicornis (arriba). A menudo es el único consumidor de algas pardas carnosas y, por tanto, se encarga de mantenerlas bajo control. Por desgracia, esta especie también se pesca intensamente en muchas zonas del mundo (por ahora, la Gran Barrera de Coral es una excepción), lo que amenaza los ecosistemas al perderse la función que desempeña.

La segunda característica, cómo se alimentan los herbívoros, se explica mejor con el pez loro jorobado gigante, Bolbometopon muricatum (abajo). Esta especie se alimenta de varias especies de algas y corales, pero, debido a su extraordinario tamaño y a la anatomía de su mandíbula, es la única especie que erosiona los arrecifes de manera significativa mediante su actividad alimentaria.

En esencia, esta especie crea espacio para que se establezcan nuevos organismos al arrancar del arrecife bocados del tamaño de una pelota de golf. Pese a su importancia crucial para los sistemas arrecifales, por su forma particular de alimentarse, se explota intensamente en muchos países en desarrollo.

La tercera medida, dónde se alimentan los herbívoros, se ejemplifica con un grupo de peces que se alimenta en huecos y grietas de los arrecifes de coral.

Aunque la mayoría de los peces herbívoros prefieren las superficies planas y abiertas, algunos peces conejo (familia Siganidae) (abajo) buscan algas en superficies ocultas, como las grietas.

Puede que sean las únicas especies que controlan el crecimiento de algas en esas fisuras y grietas, un hábitat que representa un refugio para los corales recién asentados. Esta diferencia en su estrategia alimentaria se ha pasado por alto durante mucho tiempo, pero podría ser un proceso funcional importante para los corales juveniles.

Dado el potencial de diferenciación que ilustran solo tres casos, no cuesta imaginar que muchas especies desempeñen funciones únicas en los arrecifes de coral.

Con esto en mente, reiteremos las preguntas planteadas al principio. ¿Cuál es el verdadero valor de la biodiversidad? ¿Realmente necesitamos a todas las distintas criaturas que pueblan nuestro mundo?

Entonces, ¿qué podemos hacer?

La respuesta es que, como mínimo, necesitamos aquellas especies que desempeñan funciones únicas. Además, estas especies deben estar presentes en cantidades suficientemente grandes a escala local, algo que a menudo no se corresponde con el riesgo de extinción global.

En otras palabras, la erradicación local, consciente o inconsciente, de una sola especie —que quizá no corra riesgo de extinción global y, por tanto, no esté protegida frente a las amenazas locales— puede provocar la degradación de todo un sistema.

En este contexto, la humanidad tiene dos opciones. En primer lugar, podemos optar por la prudencia e intentar proteger todas las especies, a escala global y local, para reducir el riesgo de eliminar accidentalmente componentes importantes de los ecosistemas. Aunque esto garantizaría que todas las funciones ecosistémicas cruciales estuvieran adecuadamente cubiertas, resulta costoso y bastante poco realista.

En segundo lugar, podemos asumir el riesgo e intentar identificar y proteger únicamente las funciones ecológicas importantes y a las especies que principalmente las desempeñan, las piezas más cruciales del complejo rompecabezas que es nuestro mundo natural. Esto exigirá intensificar los esfuerzos de investigación para estudiar los estrechos vínculos entre biodiversidad y función ecosistémica, pero conlleva el riesgo de pasar por alto funciones de importancia menos evidente.

Las consecuencias dramáticas de tal descuido se observan en el colapso de algunos ecosistemas, como los arrecifes de coral del Caribe, donde la explotación de los peces herbívoros y la pérdida de erizos de mar han provocado un cambio de sistemas dominados por corales a lechos de algas.

Por desgracia, a escala mundial, a menudo no cumplimos ninguna de estas dos opciones, pues afectamos ecosistemas enteros mediante desarrollos a gran escala.

Daños colaterales

En Australia, por ejemplo, aunque los pescadores rara vez buscan peces herbívoros y estos no corren ningún riesgo de extinción global, seguimos afectando colateralmente a la Gran Barrera de Coral mediante actividades como el dragado o la extracción de grandes depredadores, como tiburones y meros, sin conocer las posibles consecuencias para los organismos que habitan el arrecife ni para las funciones que desempeñan.

¿De verdad queremos poner en peligro el futuro de las ciudades coralinas naturales que ofrece nuestro planeta? ¿Y arriesgaríamos con la misma ligereza la degradación de nuestros grandes centros culturales, como Nueva York, París, Londres o Sídney? No lo creo.

Por tanto, es evidente que debemos intensificar nuestros esfuerzos de investigación sobre el papel de la diversidad funcional en los arrecifes de coral y en otros ecosistemas del mundo, para identificar los procesos críticos que no debemos alterar.

Sin este conocimiento, nuestras acciones e interferencias en el mundo natural no son más que un tanteo a ciegas en un campo minado de consecuencias gravísimas e irreversibles.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Simon J. Brandl es candidato a doctorado en ecología de arrecifes de coral en James Cook University.

Imagen: Una tortuga verde gigante descansa en un arrecife de coral en un lugar de buceo cerca de la isla de Sipadan, en el mar de Célebes, al este de Borneo, el 7 de noviembre de 2005. REUTERS/Peter Andrews.

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