Desde la década de 1950 hasta la de 1990, las armas nucleares se consideraban la mayor amenaza para la vida humana en el planeta. Jonathan Schell, cuyo libro El destino de la Tierra (1998) quizá fue el que mejor plasmó para el público general el peligro y el temor que suscitaban esas armas, se refirió a la vida después de un holocausto nuclear como una «república de insectos y hierba».
Hoy el mundo se enfrenta a otra amenaza global, creada por nosotros mismos: el cambio climático. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático ha documentado los impactos posiblemente catastróficos de un calentamiento sin control. Este noviembre, países de todo el mundo se reunirán en París para intentar desarrollar un acuerdo climático global más allá de 2020.
La amenaza de una guerra nuclear se redujo sustancialmente gracias a varios acuerdos estratégicos de control de armas que tuvieron éxito en las décadas de 1970 y 1980.
¿Qué pueden decirnos, si es que algo, estos acuerdos exitosos, concebidos para abordar una amenaza global, sobre los acuerdos sobre el cambio climático y su éxito?
Breve historia de los tratados nucleares
El 26 de mayo de 1972, Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron dos tratados estratégicos de control de armas: el Acuerdo provisional sobre ciertas medidas relativas a la limitación de las armas ofensivas estratégicas (el «Acuerdo provisional») y el Tratado sobre misiles antibalísticos (ABM), como parte de las negociaciones en curso para limitar las armas nucleares.
En el Acuerdo provisional, ambas superpotencias acordaron por primera vez limitar el número de armas nucleares ofensivas que podían desplegar, mientras que el tratado sobre misiles limitó el número de armas defensivas. Esto fue igual de importante y se basó en el reconocimiento de que la vulnerabilidad mutua podía generar estabilidad estratégica.
Un segundo acuerdo entre Estados Unidos y la Unión Soviética, firmado en 1987, eliminó los misiles balísticos y de crucero convencionales y nucleares lanzados desde tierra con un alcance de entre 500 y 5.500 km.
A finales de julio de 1991, Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START). Las negociaciones duraron nueve años y, por primera vez, se exigió reducir las ojivas desplegadas en armas estratégicas ofensivas. El tratado estipulaba que Estados Unidos redujera en aproximadamente un 38% sus ojivas de misiles balísticos y que la Unión Soviética redujera en un 48% sus misiles, hasta alcanzar niveles iguales.
START II se firmó en 1993 y START III en 2002. El acuerdo START más reciente se firmó en 2011. Desde la cumbre de Reykjvic de 1986, en la que se sentaron las bases de START, los arsenales nucleares de Rusia y Estados Unidos se han reducido en dos tercios.
¿Por qué funcionaron?
Todos estos acuerdos se diseñaron para abordar una amenaza global: la guerra nuclear y un posible holocausto nuclear. Había un peligro claro e inminente, que se manifestó durante décadas. Además, el público lo comprendía cada vez más (y con facilidad).
El peligro podía verse: misiles en desfiles, misiles sometidos a pruebas, misiles desplegados. El temor, especialmente en Europa, era casi visceral. Los acuerdos contaban con el apoyo público.
Los libros y las películas también desempeñaron un papel. Películas como El día después (1983) y Testament (1983), y libros enormemente populares como El destino de la Tierra (1988), de Jonathan Schell, y Envidia de misiles (1986), de Helen Caldicott, alimentaron la demanda pública de medidas.
Las manifestaciones públicas contra las armas nucleares se convirtieron en momentos decisivos a escala mundial.
Los acuerdos no eran multilaterales: involucraban a un pequeño número de partes. Los aspectos técnicos solían ser difíciles, pero estaban claros los parámetros de lo que había que negociar. También estaba claro el objetivo: reducir las armas nucleares o establecer una estrategia para que no se utilizaran.
Por supuesto, existen acuerdos multilaterales exitosos sobre armas nucleares; por ejemplo, el Tratado de No Proliferación (TNP), del que son parte 189 Estados. Sin embargo, cabe señalar que la mera existencia del tratado no puede impedir la proliferación de armas nucleares, su conservación ni, por supuesto, el deseo de obtenerlas; de ahí el gran número de Estados parte.
¿Podría funcionar para el clima?
Estos tratados de control de armas demuestran que un pequeño número de países puede llegar a acuerdos sobre asuntos que afectan al futuro del planeta. También muestran que ayuda que el peligro sea claro e inminente y que el público comprenda y reconozca claramente los problemas.
Bill McKibben, activista y fundador de 350.org, ha dicho que, tanto en la crisis nuclear como en la del cambio climático, citando a Schell: «el peligro que corren nuestra especie y las demás especies de la Tierra añade una dimensión que nunca antes habíamos visto».
Quizá los acuerdos climáticos entre un pequeño número de Estados parte podrían ser la solución, en lugar de un pacto global.
La fallecida premio Nobel de Economía, Elinor Ostrom propone una solución a muchos niveles:
[l]a probabilidad de desarrollar un sistema eficaz, eficiente y justo para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que pueda ponerse en marcha rápidamente a escala mundial parece muy baja. Dada la gravedad de la amenaza, limitarse a esperar que estos problemas se resuelvan a escala mundial, sin probar políticas a múltiples escalas porque no cuentan con una escala global, no es una postura razonable.
Un ejemplo reciente es el acuerdo climático de 2014 entre Estados Unidos y China, en el que Estados Unidos se compromete (sin obligación legal) a reducir las emisiones hasta un 28% con respecto a los niveles de 2005 para 2025. China aspira a detener el crecimiento de sus emisiones antes de 2030. China y Estados Unidos representan el 42% de las emisiones globales.
Si los cuatro mayores emisores llegaran a un acuerdo —China (28%), Estados Unidos (14%), la UE (10%) e India (7%), junto con Rusia y Brasil—, abarcaría alrededor del 70% de las emisiones mundiales.
Sin embargo, para gran parte del público, a diferencia de la amenaza de una guerra nuclear, la amenaza del cambio climático no es visceral; esto bien podría explicar la falta de avances en la conclusión de acuerdos sobre el cambio climático jurídicamente vinculantes.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
Mantente al día con Forum:Agenda: suscríbete a nuestro boletín semanal.
Autor: David Hodgkinson es profesor asociado de la Facultad de Derecho de la University of Western Australia. Rebecca Johnston es profesora adjunta de la Facultad de Derecho de la University of Notre Dame Australia.
Imagen: Fragmentos de hielo se desprenden de uno de los lados del glaciar Perito Moreno en un proceso de ruptura inesperada durante los meses de invierno del hemisferio sur, cerca de la ciudad de El Calafate, en la provincia patagónica de Santa Cruz, al sur de Argentina, el 7 de julio de 2008. REUTERS.


