Este artículo está adaptado de un discurso inaugural pronunciado ante los ministros de Océanos y Medio Ambiente del G7 en Halifax, Canadá, el 20 de septiembre de 2018.
Luchar por el océano es uno de los mayores desafíos que definen nuestra época.
Nuestra relación con el océano está en una encrucijada. La humanidad tiene una opción clara: seguir como siempre, con un deterioro continuo del océano que perjudicará todos los ámbitos del desarrollo y el bienestar humanos; o introducir cambios profundos en nuestro comportamiento, nuestras prioridades y nuestras inversiones para equilibrar la protección del océano con nuestros objetivos socioeconómicos.
En verdad, es cuestión de hundirse o nadar.
Hay tres razones principales por las que estamos en un punto de inflexión, y tres medidas muy factibles que pueden encaminarnos a asegurar un océano sano y productivo que sustente economías prósperas y sostenibles.
Para empezar, el momento de cambiar es ahora porque la explotación humana del océano está causando daños inmensos y, en algunos casos, irreversibles. Un tercio de las poblaciones de peces se captura de forma insostenible; estamos ahogando nuestros mares en plástico y escorrentía agrícola, y nuestras emisiones de carbono provocan un calentamiento y una acidificación sin precedentes. La situación es crítica.

En segundo lugar, gracias a los extraordinarios avances científicos y tecnológicos, ahora sabemos qué daños estamos causando y comprendemos cada vez mejor hasta qué punto dependemos del océano, no solo para obtener alimentos, transporte y recreación, sino también como el mayor sumidero de carbono del mundo, que nos protege de los efectos del cambio climático al absorber el 30% de nuestro carbono y el 90% del calor que producimos.
La ignorancia o la excusa de que existen prioridades más apremiantes ya no son válidas.
En tercer lugar, el interés por el océano se ha disparado entre los gobiernos, las empresas y el público en general. Hace apenas cinco años, cuando se presentaron las recomendaciones de la Comisión Mundial sobre los Océanos, uno de sus objetivos era crear un Objetivo de Desarrollo Sostenible para el océano. Ahora parece imposible que esto alguna vez se pusiera en duda. Contamos con un enviado de la ONU para los océanos, conferencias de la ONU sobre los océanos y un lugar destacado en importantes encuentros como el G7.
También contamos con Friends of Ocean Action, iniciativa reunida por el Foro Económico Mundial, el Enviado Especial para los Océanos y la viceprimera ministra de Suecia para acelerar soluciones en apoyo del ODS 14; y con el Panel de Alto Nivel para una Economía Oceánica Sostenible, que reúne a 12 jefes de gobierno comprometidos con desarrollar, catalizar y apoyar soluciones para la salud y la prosperidad del océano en materia de políticas, gobernanza, tecnología y financiación.
El G7 y estos otros organismos pueden marcar la diferencia y ayudar a convertir esta triple oportunidad en una nueva era de acción por los océanos.
El océano está más abierto que nunca a la actividad económica, pero necesitamos que los líderes y los gobiernos tomen decisiones audaces que conduzcan a la salud y la prosperidad del océano.
Debemos aprovechar la oportunidad de construir una economía azul sostenible y desarrollar soluciones azules innovadoras para los grandes desafíos del mundo: el cambio climático, la seguridad alimentaria, las energías renovables y la seguridad regional.
Entonces, ¿cómo llegamos a ese objetivo?
Hay tres medidas inmediatas y factibles que nos encaminarán correctamente. Primero, impulsar y aplicar la ciencia marina, y compartirla con los Estados menos desarrollados; segundo, poner fin a la pesca ilegal; y tercero, ampliar la protección a zonas oceánicas vulnerables y fundamentales.
El océano es un ecosistema sumamente complejo, basado en innumerables interacciones e interdependencias. Es imperativo que las intervenciones para restaurar y maximizar el valor del océano se basen en la mejor ciencia disponible y que esta se ponga a disposición de quienes toman decisiones en todas partes.
Por suerte, vivimos en una era de descubrimientos en la ciencia marina. Las nuevas tecnologías y métodos permiten a los científicos explorar lugares antes inaccesibles. Nuevos estudios revelan más sobre los vínculos entre el océano y nuestro clima, y sobre cuánto dependemos de los recursos y servicios oceánicos para nuestra propia supervivencia.
Sin embargo, estudiar el océano es una actividad costosa y exclusiva, y gran parte de él —especialmente las zonas más remotas y profundas— sigue estando poco investigada. Solo se ha estudiado a fondo alrededor del 5% del océano, y aún existen enormes lagunas de conocimiento e incertidumbres sobre desafíos emergentes como la acidificación, el deshielo polar y el impacto de los microplásticos.
También hay lagunas fundamentales en nuestros conocimientos socioeconómicos que pueden dificultar una toma de decisiones eficaz. En particular, hay una falta crónica de información sobre el papel de las mujeres en el sector pesquero, donde su trabajo suele pasar inadvertido, quedar marginado e invisibilizado, aunque se calcula que las mujeres representan el 50% de quienes trabajan en la pesca en todo el mundo. Debemos recopilar datos desglosados por género para respaldar políticas que protejan a esta fuerza laboral esencial.
El G7 puede colaborar para dar un fuerte impulso a esta era de descubrimientos oceánicos. Esta es la próxima gran frontera del conocimiento humano y debe abordarse con espíritu de colaboración: debemos coordinar, no duplicar esfuerzos.
Aumentemos los compromisos con la investigación marina, lideremos iniciativas multinacionales y creemos centros de ciencia e innovación oceánicas que atraigan a los mejores expertos de todo el mundo.
El G7 puede marcar una diferencia mundial al incentivar, ampliar y mejorar la disponibilidad de ciencia y datos marinos para la toma de decisiones prácticas, y al compartir sus beneficios. Las inversiones públicas y privadas en investigaciones que ayuden a resolver los desafíos oceánicos generarán beneficios durante mucho tiempo, pero requieren inversión ahora.
La lucha contra la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (INDNR) —el segundo ámbito en que el G7 puede desempeñar un papel decisivo— es un ejemplo claro de cómo la combinación de ciencia, tecnología y cooperación internacional es clave para el éxito.
Es bien sabido que la pesca ilegal constituye una amenaza mundial para la seguridad alimentaria y la pesca artesanal, y que nos roba 26 millones de toneladas de pescado de nuestros mares y 23.500 millones de dólares de nuestras economías.
A la mayoría de quienes pescan ilegalmente les importa tan poco el medio marino como las personas que trabajan para ellos. Son frecuentes las denuncias de violaciones de los derechos humanos y los vínculos con el crimen organizado. Debemos movilizar la fuerza conjunta de los gobiernos del mundo y las instituciones multilaterales para erradicar este flagelo.
Contamos con las herramientas para acabar con la pesca ilegal. En 2016 entró en vigor el Acuerdo sobre medidas del Estado rector del puerto de la FAO, un tratado internacional vinculante destinado a impedir que quienes pescan ilegalmente accedan a puertos y mercados. Los avances científicos y tecnológicos permiten rastrear y vigilar las embarcaciones en tiempo real. Cada vez más minoristas de productos del mar se suman a la iniciativa. Ahora necesitamos la voluntad política conjunta para completar la tarea, y los Estados más ricos e influyentes del mundo pueden liderar el camino.
Todos los Estados deben ratificar y aplicar rigurosamente el Acuerdo sobre medidas del Estado rector del puerto. También debemos dar ejemplo haciendo cumplir normas nacionales estrictas de trazabilidad de los productos del mar y crear alianzas con países en desarrollo para acelerar la transferencia de tecnologías de vigilancia de embarcaciones a las regiones donde el riesgo de pesca INDNR es mayor.
Este es un problema transfronterizo que requiere soluciones de código abierto.
La pesca INDNR no tiene cabida en nuestros océanos, nuestros puertos ni nuestros platos.
En tercer lugar, y quizá con mayor urgencia, debemos proteger las zonas más vulnerables y valiosas de nuestros océanos para permitir que la biodiversidad se recupere y desarrolle resiliencia.
Durante décadas, los científicos han pedido que las áreas marinas protegidas cubran al menos el 20% del océano. El mundo avanzó a mitad de camino con la Meta de Aichi para la Diversidad Biológica, que fijó como objetivo proteger el 10% para 2020. Sin embargo, a solo dos años del plazo, apenas el 7% del océano está protegido.
Aún estamos a tiempo de cumplir la Meta de Aichi para 2020 y dar una señal inequívoca de que el mundo se toma en serio la protección de nuestros océanos.
Los Estados del G7 controlan vastas zonas oceánicas dentro de sus zonas económicas exclusivas y ejercen una enorme influencia en organismos regionales, incluso en la Antártida y el Ártico.
Más allá de las aguas territoriales de los países, la alta mar permanece en un estado de total desprotección y anarquía, lo que expone nuestro mayor patrimonio natural a una explotación sin control. Pero también aquí tenemos una inmensa oportunidad de cambio.
Los Estados acaban de iniciar negociaciones formales para un nuevo Tratado de Alta Mar, que prevé incluir acuerdos sobre cómo proteger y compartir la riqueza del lecho marino, y crear mecanismos para establecer áreas marinas protegidas en alta mar.
Se están investigando organismos y sustancias de las profundidades marinas para tratar el cáncer, la fibrosis quística y la enfermedad de Alzheimer, y podrían incluso ofrecer una solución a la crisis mundial de resistencia a los antibióticos.
El nuevo tratado es esencial para poder explorar estos recursos aún misteriosos y garantizar que sus beneficios se compartan equitativamente entre la comunidad mundial.
Los países del G7 deberían defender un Tratado de Alta Mar sólido y promover activamente que se acuerde antes del plazo de 2020. No debemos desperdiciar la oportunidad de proteger la mitad del planeta.
Los próximos dos años prometen ser un punto de inflexión para la recuperación de los océanos, si elevamos nuestras ambiciones y tomamos las decisiones acertadas. Con estos tres pasos —avanzar en la ciencia y la solidaridad, eliminar la pesca INDNR y ampliar la protección oceánica—, el G7 puede aprovechar su fuerza conjunta para impulsar un cambio positivo a escala planetaria, con efectos muy concretos para las personas.
Muchos de quienes trabajamos en el ámbito oceánico ya sentimos los vientos que llenan las velas del cambio y esperamos con entusiasmo que se movilicen acciones, políticas y alianzas más concretas en favor de un océano sano y próspero.





