El agua para las personas o para la naturaleza es una falsa disyuntiva. Debemos pensar a mayor escala para proteger el agua del mundo

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Cuando se tomó la primera fotografía de la Tierra desde el Apolo 17 en 1972, pocos podían comprender el impacto cultural que tendría. La canica azul, esta singular esfera flotando en el espacio profundo, fue el símbolo perfecto de la fragilidad de nuestro medio ambiente y de la propia existencia de la humanidad.

Por desgracia, esa existencia no ha hecho más que volverse más frágil. Desde la década de 1990, la sociedad humana ha comenzado a traspasar límites planetarios de gran importancia —líneas ambientales que no deben cruzarse, por así decirlo, desde el cambio climático hasta la contaminación— que representan un nuevo paradigma en nuestra relación con el planeta del que dependemos.

Aunque a menudo se entienden como problemas «ambientales», estos cambios también amenazan el desarrollo y el bienestar humano, pues la seguridad alimentaria e hídrica es cada vez más incierta y, con el cambio climático, las tormentas y otros desastres naturales se intensifican. Cada vez está más claro que es imposible separar las preocupaciones ambientales del progreso mundial y que abordar ambos requerirá ampliar nuestras soluciones.

Esto resulta quizá más evidente en el caso del agua. El agua es esencial para beber, el saneamiento y la producción de alimentos y energía. Sustenta toda actividad económica. Sin embargo, el crecimiento de la población y la escasez de recursos hídricos entran cada vez más en conflicto, sobre todo a medida que se desestabilizan aún más el clima y los ciclos hidrológicos. Esto ha tenido efectos profundos y alarmantes: entre 2013 y 2015, más de 22 millones de personas fueron desplazadas por inundaciones y casi 30 millones por tormentas. Nuestra lucha contra el ciclo hidrológico ha provocado tantos desplazamientos internos como refugiados han generado los conflictos.

Las consecuencias para el medio ambiente también son graves: en las últimas cuatro décadas hemos perdido más de tres cuartas partes de todas las especies que dependen de los sistemas de agua dulce, ya que estos ecosistemas se han degradado por el desarrollo y los sistemas fluviales se han sobreexplotado para la agricultura o se han fragmentado con presas.

Ante problemas de esta magnitud, es comprensible que algunas comunidades observen nuestros recursos hídricos finitos y concluyan que proteger los ecosistemas es menos importante que garantizar agua para el uso humano. Pero «agua para las personas o agua para la naturaleza» es una falsa disyuntiva: la solución a la seguridad hídrica exige pensar mucho, mucho más a lo grande.

La fotografía La canica azul, tomada por Harrison Schmitt o Ron Evans, miembros de la tripulación del Apolo 17Image: NASA

De hecho, cuando pasamos de pensar a escala comunitaria a hacerlo a escala de sistema, por ejemplo, considerando una cuenca fluvial entera, queda claro que la seguridad hídrica y la integridad ecológica están directamente relacionadas. La tala rasa de bosques para la agricultura, por ejemplo, es obviamente un problema ambiental, pero también puede causar estragos en los sistemas de abastecimiento de agua, ya que los sedimentos y fertilizantes arrastrados terminan en las fuentes municipales de agua. Si ampliamos la perspectiva más allá del nivel municipal y observamos toda la cuenca hidrográfica, resulta evidente que invertir en bosques saludables que filtren el agua y cambiar las prácticas de uso agrícola del suelo para reducir la escorrentía de nutrientes son las formas más eficientes de garantizar caudales de agua limpios y fiables.

La idea de que las soluciones adecuadas para un proyecto individual quizá deban ser distintas cuando se aplican a gran escala no es nueva en la literatura sobre desarrollo. En los últimos 30 años, la comunidad mundial dedicada al desarrollo ha reconocido que la mejor respuesta a menudo no es simplemente la suma de muchas soluciones pequeñas; lograr un impacto real a escala exige pensar de otra manera.

La salud mundial ofrece un ejemplo: los profesionales de la salud han pasado de diseñar respuestas exclusivamente a escala comunitaria a participar en la distribución de medicamentos a poblaciones enteras y facilitar la creación de sistemas nacionales de salud.

Cada uno de estos pasos ha supuesto transformar el modelo en el que se introducen las soluciones: desde desplegar personal médico en la comunidad y distribuir vacunas de manera fiable mediante la producción, las cadenas de suministro y la gestión de enfermedades, hasta crear instituciones capaces de prestar atención primaria como sistema. En cada etapa han cambiado los indicadores de éxito, que han pasado de medir acciones a medir resultados, y los profesionales de la salud han ampliado sus herramientas para incluir, además de los mecanismos comunitarios, los del mercado y los cambios de políticas.

Del mismo modo, la escala de los desafíos que afrontamos en materia de seguridad hídrica y otros problemas ambientales determina que las soluciones también deban abordarse desde cierta escala. La seguridad hídrica sostenible no es compleja simplemente porque desconozcamos la respuesta. Es compleja porque llevarla a la práctica exige abordar problemas a una escala que no solo implica proyectos comunitarios, sino también cambios en las políticas y en el comportamiento de determinados sectores, actores del mercado e instituciones.

La infraestructura fluvial ofrece un ejemplo. La energía hidroeléctrica es una fuente importante de electricidad con bajas emisiones de carbono para muchos países, pero el desarrollo de centrales hidroeléctricas y presas multipropósito está destruyendo la conectividad fluvial —un atributo ecológico clave— a un ritmo sin precedentes. Desde el punto de vista de una comunidad, la única pregunta podría ser si los beneficios de una presa concreta superan sus costos, financieros o de otro tipo. Pero la perspectiva comunitaria es incompleta: una investigación de The Nature Conservancy demuestra que el desempeño de una presa está relacionado con el de todas las demás presas de ese río y con el funcionamiento del propio río.

De hecho, cuando los gobiernos y las empresas colaboran con científicos para elegir la ubicación y desarrollar presas teniendo en cuenta la ecología de un río, es posible mantener una mayor conectividad en toda la cuenca. Esto favorece poblaciones de peces más saludables y a las decenas de millones de personas que dependen de ellas, al tiempo que limita la sedimentación y otros riesgos para las presas, reduce los costos y mejora su desempeño con el tiempo. Tener en cuenta la ecología fluvial al construir nueva infraestructura beneficia a todos, pero esto solo se hace evidente cuando abordamos el problema desde la escala adecuada.

Los mercados de agua ofrecen otro ejemplo de cómo distintos sectores pueden desbloquear soluciones hídricas ampliables. Actualmente, más del 70% de los recursos de agua dulce del mundo se destinan a la agricultura, pero cuando las ciudades y otros usuarios pueden arrendar o comprar derechos de agua a los agricultores, estos tienen un incentivo para mejorar su eficiencia hídrica. Además, los grupos ambientalistas también pueden comprar agua para restablecer los caudales ambientales, lo que a su vez mantiene a largo plazo la salud de los ecosistemas regionales de los que dependen muchos agricultores.


Quince años después de que la fotografía La canica azul pasara a formar parte de nuestro imaginario visual, Gro Harlem Brundtland, ex primera ministra de Noruega y primera presidenta de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, escribió estas palabras en el informe de la comisión, Nuestro futuro común:

«El medio ambiente no existe como una esfera separada de las acciones, las ambiciones y las necesidades humanas, y los intentos de defenderlo al margen de las preocupaciones humanas han dado a la propia palabra medio ambiente una connotación de ingenuidad en algunos círculos políticos. Algunos también han reducido la palabra “desarrollo” a un enfoque muy limitado, en la línea de “lo que deben hacer los países pobres para enriquecerse”... Pero el “medio ambiente” es donde todos vivimos, y el “desarrollo” es lo que todos hacemos para mejorar nuestra situación en ese hogar. Ambos son inseparables».

Las palabras de Brundtland plantean un desafío, pero también una oportunidad que debemos aprovechar hoy. A pesar de la magnitud de los desafíos que afrontamos, las pruebas científicas demuestran que podemos proteger el medio ambiente e impulsar el desarrollo si consideramos los desafíos y las soluciones a una escala mucho mayor. Si queremos garantizar la seguridad hídrica para satisfacer las necesidades de un planeta en crecimiento, ahora más que nunca debemos prestar atención a sus palabras.

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