Hace más de 150 años, el geólogo sir William Dawson realizó un hallazgo asombroso en los acantilados de Joggins, a lo largo de las costas de la bahía de Fundy, en Nueva Escocia. Entre los restos litificados de un gigantesco helecho arborescente se encontraban los huesos de un pequeño animal de 310 millones de años.
Este animal no se parecía a ningún otro conocido hasta entonces. Pudo aventurarse donde ningún animal vertebrado (con columna vertebral) se había aventurado antes, hasta el interior de los bosques de licopsidos, lejos de la orilla del agua. Todo ello fue posible gracias a una innovación evolutiva: el huevo amniótico.
Aunque los animales ya habían salido previamente a tierra firme en el Devónico, período anterior, los animales con huevo amniótico —como los reptiles, las aves y, sí, incluso los mamíferos actuales— no necesitan regresar al agua para reproducirse, como todavía hacen los anfibios actuales. El huevo amniótico es un estanque autónomo, donde se almacenan el embrión y todo su alimento y sus desechos, rodeados por una cáscara protectora y resistente a la desecación.

Este nuevo tipo de animal, al que Dawson pondría el nombre de Hylonomus lyelli, sigue siendo el amniota más antiguo del registro fósil. Desde entonces, se han añadido a la lista de hallazgos de los acantilados de Joggins, en la bahía de Fundy, otros muchos animales, algunos extraños y otros familiares. Entre ellos se encuentran microsaurios, temnospóndilos y Dendrerpeton acadianum.
En 2008, los acantilados fósiles de Joggins fueron declarados Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Y los acantilados no han dejado de revelar sus secretos: cada colosal ciclo de mareas erosiona y expone más de el antiguo ecosistema que en su día prosperó en su ubicación, entonces ecuatorial.
Registros de helechos antiguos
El descubrimiento inicial de la importancia paleontológica de Joggins tuvo lugar en 1842, cuando el geólogo británico sir Charles Lyell viajó a Nueva Escocia. Diez años después, Lyell y el geólogo local sir William Dawson estudiaron juntos los estratos de los acantilados, de 310 millones de años. En los acantilados había troncos de árboles gigantes, congelados en el tiempo. Sin embargo, estos árboles no se parecen a los de los bosques actuales. Se trataba más bien de helechos gigantes antiguos que habrían alcanzado entre 20 y 30 metros por encima del suelo del bosque.
Estos helechos son los que hacen de Joggins un lugar especialmente crucial para entender la evolución temprana de los tetrápodos. Esto se debe a que, cuando morían, su médula blanda se pudría, dejando tras de sí su corteza exterior firme y un interior hueco. Es en estos troncos huecos donde los restos de animales quedaron atrapados y protegidos durante más de 300 millones de años, y donde los encontramos hoy.
Nuevos descubrimientos
No voy a mentir: los hallazgos fósiles significativos en Joggins son escasos. Pero es el potencial sin igual del próximo gran descubrimiento lo que me hace volver al yacimiento año tras año. Y quizá ahora tengamos la mejor oportunidad de encontrarlo.
Tras un esfuerzo colaborativo agotador de 15 años entre el Museo de Nueva Escocia, Universidad Saint Mary’s, el geólogo de Nueva Escocia John Calder, el Instituto Fósil de Joggins y Brian Hebert, nativo de Joggins, se ha reunido una nueva colección de árboles fosilíferos gigantes —la mayor reunida desde el descubrimiento del yacimiento— que ahora está lista para nuevas miradas.

En los próximos años, una preparación manual meticulosa revelará, uno a uno, diminutos huesos nuevos. Lo que hace tan especial al material recién descubierto es que procede de estratos más bajos de la sección de Joggins que cualquier material anterior. Los fósiles que contiene se convertirán en los registros más antiguos de animales que reconocemos como miembros de grupos que hoy siguen vivos —anfibios, reptiles y mamíferos— y de muchos que ya están extintos. Veremos por primera vez cómo eran estos pioneros y cuántos tipos distintos había en esta fase temprana de la evolución de los tetrápodos.
Evolución de los tetrápodos
Estos animales nos enseñarán muchas cosas nuevas sobre una de las fases más importantes de la evolución de los tetrápodos: el establecimiento de las primeras comunidades terrestres de vertebrados. Analizaremos su anatomía y, mediante comparaciones con animales vivos, conoceremos lo que pudieron estar haciendo cuando estaban vivos.
Por ejemplo, podemos examinar el estado de sus dientes para saber qué podían comer. Con la explosión de plantas terrestres de la época, podemos ver cuánto tardaron los animales en volverse herbívoros, y en qué medida sus estrategias podrían ser similares o, alternativamente, completamente distintas de las de los herbívoros actuales.
También podemos examinar sus huesos para saber qué tipo de actividades realizaban en estos nuevos entornos. Vemos indicios, en yacimientos del Carbonífero algo más recientes, de que los animales ya habían comenzado a diversificarse ecológicamente. Vemos los primeros animales excavadores y algunos posiblemente arborícolas (animales que pasan la mayor parte de su vida en los árboles).
¿Hacían ya estas cosas los animales de Joggins? Si es así, aprenderíamos que los animales tardaron relativamente poco tiempo en aprovechar los muchos aspectos de su nuevo entorno. Si no, parecerá que estos pioneros tardaron algún tiempo en afianzarse en el ámbito terrestre.
En conjunto, estos hallazgos y nuevos análisis revisarán nuestra comprensión del período Carbonífero. Ya no lo consideraremos un pantano aburrido y estancado, poblado por criaturas no especializadas.
Surge ahora una nueva imagen: la de un entorno dinámico que se llenó rápidamente de animales con muchas adaptaciones y capacidades nuevas.





