La humilde bolsa de plástico nos acompaña desde 1965, cuando un equipo de diseñadores e ingenieros suecos tuvo la idea de crear un envase práctico. Poco más de 50 años después, se calcula que se usan hasta 4 billones de bolsas de plástico al año.
Se acumulan rápidamente y permanecerán contaminando el planeta durante cientos de años, porque no son biodegradables.
¿Está a punto de cambiar eso?
Investigadores de Chile han creado una bolsa que tiene el mismo aspecto y funcionamiento que cualquier otra bolsa de plástico, pero con un par de diferencias importantes. Esta bolsa no está hecha de plástico y, a diferencia de las bolsas de plástico convencionales, se disuelve en agua sin dejar residuos tóxicos.
Como ocurre con muchos grandes descubrimientos, la bolsa soluble no era lo que sus creadores tenían en mente al principio. Los dos hombres que están detrás de SoluBag, Roberto Astete y Cristian Olivares, trabajaban en experimentos con detergentes biodegradables. Pero cuando crearon una fórmula que, al usar un derivado de la piedra caliza en lugar de subproductos del petróleo, transformaba la estructura del plástico de indestructible a soluble, se dieron cuenta de que habían encontrado algo importante.
En agosto, Chile se convirtió en el primer país de Sudamérica en prohibir por completo el uso de bolsas de plástico, sumándose a otros países, como Ruanda y Jamaica, que han tomado medidas contra la contaminación por plástico.
El material que han creado puede utilizarse para fabricar alternativas a una amplia gama de artículos de plástico; las bolsas son su primer objetivo. Mientras que una bolsa de plástico tradicional tarda más de 150 años en degradarse, la SoluBag puede desecharse sin peligro en agua en apenas unos minutos.
Tan segura que Astete hizo una demostración: puso una bolsa en un frasco con agua, removió hasta que se disolvió y luego bebió parte del agua. Recuerda a un avance de un equipo de Indonesia que, en mayo de este año, inventó una bolsa de plástico alternativa hecha de yuca. Estos avances podrían ser especialmente importantes en la lucha contra la contaminación marina.
El plástico que acaba en el mar empieza a fragmentarse debido a la erosión de las olas y a otros efectos ambientales, como la acción de las bacterias. Muchos productos de plástico se tratan con sustancias químicas adicionales para prolongar su vida útil: por ejemplo, para hacerlos resistentes a los rayos UV, dotarlos de propiedades antimicrobianas o hacerlos ignífugos. Estos aditivos químicos pueden filtrarse al medio ambiente, además del problema que supone que la fauna marina ingiera partículas de microplástico, que luego entran en la cadena alimentaria mundial.
Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, es probable que cada kilómetro cuadrado de mar contenga más de 60.000 partículas de microplástico, y en algunas partes del mundo esa cifra es considerablemente mayor. Por su parte, la Red del Día de la Tierra calcula que «el 32 % de los 78 millones de toneladas de envases de plástico que se producen cada año se deja llegar a nuestros océanos».
Por tanto, cualquier medida que limite la cantidad de plástico desechado que llega a los ríos y océanos es positiva. Cuanto más probable sea que algo se biodegrade por completo, menos probable será que se convierta en un peligro.
Según Astete y Olivares, el único residuo de la SoluBag es carbono. Su bolsa convencional se disuelve en agua fría. También tienen una versión reutilizable con forro de tela que se disuelve en agua caliente. Y no hay que preocuparse por lo que podría pasar si te sorprende la lluvia mientras la usas: los creadores afirman que el nuevo material puede fabricarse para que reaccione únicamente al agua caliente.







