Con poca atención y escasa cobertura informativa, ya ha comenzado la temporada de incendios de 2019. Los bomberos ya están conteniendo fuegos en varios estados, entre ellos Colorado, Florida y Oklahoma, y las previsiones estacionalesindican que es probable que se produzcan importantes incendios forestales en algunas zonas de Alaska, Hawái y la costa oeste.
Aunque la gestión de los bosques y el desarrollo humano han aumentado la incidencia y el riesgo de incendios forestales, el cambio climático ha agravado la tendencia a que se produzcan grandes incendios y ha contribuido a que se alargue la temporada de incendios, en algunos casos, convirtiendo los incendios forestales en un fenómeno que se produce durante todo el año. En el oeste de Estados Unidos, el cambio climático es uno de los principales factores detrás de la casi duplicación de la superficie quemada que hemos experimentado en los últimos 35 años, y ha contribuido a un aumento de la frecuencia y la intensidad de los incendios, además de alargar la temporada de incendios en algunas regiones.
Los incendios también agravan simultáneamente el impacto del cambio climático al liberar enormes cantidades de dióxido de carbono y otros gases que provocan el calentamiento global en nuestra atmósfera.
A medida que empieza a desarrollarse el primer episodio de esta nueva temporada de incendios, tenemos una nueva oportunidad y la obligación de abordar los vínculos entre los incendios forestales, el cambio climático y la actividad humana, y de tomar medidas para romper este círculo vicioso.
El cambio climático agrava los incendios
El cambio climático está preparando los ecosistemas del oeste y el sureste de Estados Unidos y de Alaska para arder, mientras que fenómenos climáticos extremos como la sequía, el aumento de las temperaturas y los huracanes intensifican el riesgo y la propagación de los incendios forestales.
La sequía es un fenómeno natural. Sin embargo, ahora existe un mayor riesgo de sequías más calurosas. El aumento de las temperaturas seca los suelos y los árboles. La sequía implica que entra menos agua en el ecosistema, mientras que el aumento de las temperaturas hace que el agua salga más rápidamente. A medida que suben las temperaturas, las plantas pierden más agua por unidad de dióxido de carbono, lo que agrava las condiciones ya secas y peligrosas que provoca la sequía.
Al entrar menos agua en el ecosistema, las plantas sufren estrés hídrico, que puede acabar con un gran número de ellas si persisten las condiciones de sequía. En casos extremos, la propia sequía puede matar árboles. Las plantas pierden agua durante la fotosíntesis, el proceso mediante el cual usan la luz solar y el dióxido de carbono para producir alimento. Para captar dióxido de carbono, abren sus poros (también llamados estomas), y en ese proceso se evapora el agua.
(Esto es tan importante para las plantas que algunas han desarrollado procesos especiales para evitar esta pérdida de agua. En el desierto, muchas plantas solo intercambian gases por la noche, cuando las temperaturas son más bajas y el riesgo de perder agua es mínimo). #CAMLife #DatoParaLaSobremesa
Por eso, durante periodos de estrés hídrico extremo, como las sequías, cierran esos mismos poros para conservar el agua que les queda. Sin embargo, como no pueden realizar la fotosíntesis con los estomas cerrados, consumen sus reservas de carbono y literalmente mueren de hambre; a esto se le llama inanición de carbono.
El fallo hidráulico es otra forma en que la sequía puede provocar la muerte de las plantas: se forman burbujas de aire en el xilema (el tejido vegetal que transporta el agua), que bloquean su circulación y hacen que la planta muera. Cuando las sequías duran más y son más intensas, aumenta el riesgo de fallo hidráulico.
Por otra parte, los árboles también pueden morir por complicaciones asociadas a la sequía, como una plaga de insectos que un árbol sano normalmente podría resistir. El cambio climático ha agravado los efectos negativos de los insectos, como en el caso del escarabajo descortezador de California. Las bajas temperaturas han regulado históricamente las poblaciones de estos insectos, pero, a medida que el cambio climático sigue reduciendo el rango de temperaturas que experimenta cada ecosistema, esas bajas temperaturas ya no se producen. Además, estos insectos crecen y se reproducen más rápido con temperaturas más cálidas, lo que puede favorecer aún más su propagación. Aunque estos brotes y la consiguiente muerte de árboles están cambiando la composición y la estructura generales del ecosistema, también pueden provocar una acumulación de material seco que sirve de yesca en los bosques. Por eso, cabe esperar que los bosques del oeste y el sureste del país y de Alaska sigan llenos de material reseco, listo para arder.
Los huracanes pueden aumentar la carga de combustible en las zonas donde tocan tierra
Cuando los huracanes tocan tierra, los vientos violentos pueden derribar enormes cantidades de madera. Aunque es poco frecuente que los huracanes toquen tierra, estos desastres naturales derriban grandes cantidades de madera que pueden convertirse fácilmente en combustible para los incendios forestales. En 1989, el huracán Hugo dañó aproximadamente 4,39 millones de acres de terreno forestal solo en Carolina del Sur y generó una preocupación generalizada por el mayor riesgo de incendios debido al aumento de la carga de combustible y a la mayor velocidad del viento. El mes pasado vimos un fenómeno similar en Florida, donde los árboles derribados por el huracán Michael agravaron un pequeño incendio de restos vegetales y dificultaron la labor de los bomberos mientras intentaban acceder al lugar y contener las llamas. Sin embargo, este año el riesgo no se limita a Florida y amenaza grandes zonas del sureste de Estados Unidos.
Los incendios agravan el cambio climático
Por otro lado, la quema de árboles, biomasa muerta y suelo libera enormes pulsos de carbono
a la atmósfera. El carbono entra en un ecosistema cuando las plantas extraen dióxido de carbono de la atmósfera y lo incorporan a sus tejidos. Con el tiempo, ese carbono se integra en el suelo, el mayor depósito terrestre de carbono, a través de las raíces de las plantas y de la descomposición de las plantas muertas. Estos procesos llevan tiempo y la acumulación de carbono es gradual. Sin embargo, cuando un incendio arrasa la zona, todo ese carbono literalmente se convierte en humo.
En zonas ricas en carbono, como los bosques boreales, la tundra ártica y las turberas, el impacto de los incendios en el cambio climático se intensifica aún más. El carbono de estos ecosistemas representa alrededor del 50 % del carbono orgánico del suelo a escala mundial o el doble de lo que hay actualmente en la atmósfera en forma de CO2. Estos ecosistemas han acumulado carbono en sus suelos durante MILENIOS, y un solo incendio puede devastar estas reservas.
Además, los incendios liberan carbono negro en forma de partículas, que puede amplificar los efectos del cambio climático de dos maneras. En suspensión en la atmósfera, las partículas atrapan el calor e intensifican el calentamiento de la superficie terrestre. Cuando esas mismas partículas se dispersan y se depositan sobre superficies heladas o nevadas, pueden reducir la reflectividad y derretir el hielo en lugares como Groenlandia, lo que calienta aún más el planeta.
Nosotros agravamos ambos problemas
Nuestra prolongada y creciente adicción a los combustibles fósiles agrava el cambio climático, que a su vez contribuye a los incendios forestales catastróficos. Las continuas emisiones de gases que provocan el calentamiento global a la atmósfera han causado muchas de las complicaciones climáticas descritas anteriormente. Como resultado, seguimos agravando un problema que nosotros mismos hemos creado.
Además de los combustibles fósiles, los seres humanos han agravado los incendios forestales al suprimir la mayoría de ellos, adentrarse en zonas silvestres, y simplemente provocar los incendios nosotros mismos. Durante décadas, la supresión total de incendios ha sido la principal estrategia del Gobierno federal de Estados Unidos en casi todos los terrenos contiguos del país, pese a los conocimientos y las prácticas indígenas que precedieron a esta política. A diferencia de las viviendas, los restaurantes y los negocios, nuestros bosques nacionales han evolucionado con los incendios y los necesitan para la germinación de las semillas, la reducción de la competencia y el mantenimiento general del ecosistema. La ausencia de incendios hace que el material (ramas, troncos y arbustos del sotobosque) que normalmente se consumiría en incendios recurrentes se haya acumulado con el tiempo en estos bosques, creando condiciones con abundante combustible que propician estos incendios forestales devastadores. Esta supresión también ha aumentado la densidad de los bosques, lo que genera una mayor competencia por los recursos (especialmente durante las sequías) y permite que los incendios se propaguen con más facilidad por el bosque.
Romper el ciclo
Este círculo vicioso de retroalimentación, en el que el calentamiento provoca incendios, los incendios provocan calentamiento y así sucesivamente, continuará si no se interviene de manera específica y basada en la ciencia .
Para romper el ciclo desde el frente climático, DEBEMOS reducir nuestras emisiones totales de gases que provocan el calentamiento global. Esto puede lograrse por distintas vías, entre ellas reducir nuestra dependencia de los combustibles fósiles y pasar a fuentes de energía más limpias. También podemos extraer carbono de la atmósfera y proteger las grandes reservas de carbono que ya existen. Sea cual sea el mecanismo, para abordar la actual crisis de incendios forestales y protegernos de futuros desastres también debemos hacer frente al cambio climático y a las emisiones de gases que provocan el calentamiento global.
Para romper el ciclo desde el frente de los incendios, debemos incorporar la información de la ciencia del fuego a una política proactiva de gestión de incendios. Los estudios demuestran que las quemas prescritas, la reducción de la carga de combustible, el restablecimiento de los intervalos históricos entre incendios (la frecuencia con la que se produce un incendio en un ecosistema), la reducción de la expansión hacia la interfaz urbano-forestal y la planificación preventiva estratégica pueden reducir la prevalencia y la intensidad de los megaincendios que hemos visto en los últimos años. A escala local y regional, los tratamientos de combustible y las quemas prescritas pueden ser una estrategia eficaz para reducir el riesgo de incendios forestales.
Aunque la ciencia ha revelado cómo podemos resolver nuestra situación actual, tardamos en actuar. Los demócratas, los republicanos y coaliciones bipartidistas del Senado han redactado proyectos de ley para abordar el problema de los incendios forestales en nuestro país en los últimos 3 años, pero ninguno se ha convertido en ley. En marzo de 2018, avanzamos con un presupuesto que incluía una importante reestructuración de los fondos destinados a combatir los incendios forestales, incluido un fondo de emergencia para incendios forestales. Sin embargo, la propuesta presupuestaria más reciente del presidente Trump recorta los fondos para actividades forestales en el Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) y el Departamento del Interior (DOI), lo que sugiere que quizá no se mantenga el progreso logrado en 2018.
Las quemas prescritas, en las que los gestores provocan y supervisan incendios intencionadamente con fines ecológicos, ya se utilizan como herramienta en todo el país para reducir la carga de combustible y reproducir los intervalos naturales entre incendios. Los riesgos de esta estrategia, como que el fuego se propague fuera de control y el aumento de la contaminación atmosférica, suelen disuadir a quienes toman decisiones de recurrir a esta opción de gestión. Aunque casi el 99 % de las quemas prescritas se llevan a cabo con éxito, las que se descontrolan suelen ser las que acaparan nuestra atención, como el incendio de Cerro Grande en 2000. Como alternativa, la retirada manual del combustible (aclareo mecánico) puede reducir la intensidad de la quema y la velocidad de propagación del fuego, al tiempo que preserva la integridad ecológica del ecosistema. En situaciones en las que no es viable recurrir a quemas prescritas, como después del huracán Hugo, otras estrategias, como la creación de cortafuegos y el aumento estratégico de la capacidad de extinción pueden reducir con mayor eficacia los riesgos de incendios forestales catastróficos.
A pesar del sombrío panorama actual y del peligro que representan los incendios forestales, contamos con los conocimientos y las habilidades necesarios para romper este círculo vicioso. 2019 parece un momento tan bueno como cualquier otro para empezar.


